Camino a casa no podía dejar de pensar en todo lo ocurrido durante la cena. Las indirectas de ambas madres hacia sus hijos por volverlas abuela eran sofocantes, pero a la vez divertido. Así era como se sentía formar parte de una familia unida. Lo que no era divertido era sentir la mirada penetrante de Declan sobre mí cada que Claire mencionaba que Zoe necesitaba un primito con quien jugar, sin mencionar el momento en el que Laura hizo notorio la marca sobre mi cuello.
Fue en ese momento en el que me di cuenta de que Declan no amaba a Laura, no había manera que alguien se pusiera celoso teniendo a su pareja sentada a su lado. Memphis notó el cambio de humor de su amigo e inmediatamente cambió su actitud hacía mí, de vez en cuando frotaba mi espalda y besaba mi hombro provocándolo. Sus pequeños actos me tomaban por sorpresa que no podía evitar estremecerme y sentir como se me erizaba hasta el último cabello.
El día más caótico de mi vida estaba llegando a su fin, solo faltaba la larga noche junto al futbolista y podría declararme ganadora. Mientras me desmaquillaba en el baño de la habitación lista para irme a dormir recordé que no me había tomado mi medicamento. Así que aproveché que mi compañero de cuarto se encontraba ocupado para inyectarme la nueva dosis que el doctor me había recetado un par de días atrás. Aun no quería que Memphis se enterará de mi enfermedad, mi cuerpo y mi mente estaban agotados como para lidiar con la fatiga de tener que seguir dando explicaciones.
Tomé la cosmetiquera de puntos negros en la que había guardado el medicamento junto con las jeringas y los productos de esterilización. Tan pronto destapé el bote de alcohol para humedecer el algodón el estómago se me revolvió, la sensación de asco y las ganas de querer vomitar incrementaban con cada segundo que pasaba. Los ejercicios de respiración no disminuían las náuseas. No era la primera vez que hacía esto sola, sin embargo, el recuerdo y el olor fuerte del alcohol me teletransportaban a los días en el hospital.
—¿Te drogas? —preguntó una voz bastante familiar.
—¿Qué? ¡No! —exclamé asustada con la jeringa en la mano.
Memphis se encontraba recargado sobre el marco de la puerta con el torso desnudo y un par de shorts grises que colgaban sobre sus caderas. Si no fuera porque en ese momento mis nauseas eran mayores me atrevería a decir que se me caía la baba por él. No era el hombre más musculoso que conocía, pero si el del cuerpo más atlético. Mis ojos bailaban desde su clavícula hasta sus redondos hombros, la línea de sus pectorales que bajaba al abdomen donde los cuadritos eran ligeramente notorios pero que si los contraía hacían su aparición.
—Entonces, ¿por qué la jeringa y todo el kit de primeros auxilios? —alzó la ceja.
—Es droga controlada y supervisada por doctores responsables y expertos en la materia —justifiqué continuando con mi medicamento, pero me observaba esperando una mejor explicación—. Es para controlar una enfermedad autoinmune.
Su rostro se transformó. La sonrisa burlona desapareció volviéndose más seria. Cuando se trataba de cosas de salud Memphis no jugaba, mucho menos hacía bromas al respecto.
—¿Es grave? —preguntó entrando al baño y parándose frente a mí.
—No… por el momento—respondí tranquila tratando de no preocuparlo. No estaba mintiendo, pero tampoco estaba siendo honesta—. Mientras cumpla con el tratamiento todo estará bien. No me voy a morir si eso es lo que piensas… —informé con una sonrisa tratando de aligerar el momento.
Negó mientras aparecía una sonrisa torcida en su rostro, poco convencido.
—¿Por qué no me dijiste nada? Sabes que te puedo agregar a mi seguro médico y que te atiendan mejores doctores sin tener que pagar.
Tomé una de sus manos reconfortándolo, no había motivo para preocuparse por algo que no estábamos seguros. No había razón para vivir con incertidumbre.
—Porque ya has hecho mucho por mí. Yo sé que tienes muchas preguntas —informé—. Ambos hemos sido muy poco sinceros el uno con el otro, y la verdad es que no me gusta hablar mucho de mi enfermedad, sobre todo porque no tengo todas las respuestas a tus preguntas. Claro que acepto mi condición y que no cuidarla me podría causar problemas de visita o incluso perderla; pero es algo de lo que no me quiero preocupar y por lo tanto tú tampoco deberías —expliqué reconfortándolo.
No sé qué reacción esperaba de Memphis, sin embargo, con toda la calma del mundo asintió asimilando mis palabras. Pero eso no dejaba de mostrar que algo muy en el fondo no le convencía, y es que si algo lo caracterizaba era, preocuparse por las personas que lo rodeaban, por muy insignificante que fuera siempre quería ayudarlos.
—¿Necesitas ayuda? Puedo hacerlo yo… Si quieres. —habló finalmente, rozando con sus fríos y áspero dedos mi abdomen. La piel se me erizó ante el pequeño roce. — La próxima vez que tengas cita en el médico dime, tal vez te pueda acompañar —informó.
Negué despacio con la cabeza y antes de que pudiera decir algo, me quitó la pequeña jeringa de insulina y comenzó a alistar todo. La concentración de su rostro y la manera en la que preparaba todo demostraban que no era la primera vez que hacía algo así.
—¿Dónde aprendiste? —logré preguntar antes de que desinfectara el área con alcohol, y aunque el trabajo ya no lo iba a hacer yo, la sensación de nauseas seguía creciendo.
—¿El qué?
—A inyectar. No parece que sea tu primera vez.
—Cuando tenía dieciséis llegué a un punto en el que no sabía si me ofrecerían un contrato para continuar en la academia del Chelsea y poder llegar a jugar profesionalmente Así que tomé un curso de enfermería. Necesitaba tener un plan B, por si el camino del fútbol profesional no funcionaba —explicó—. Soy la clase de personas que le gusta tener un respaldo por si algo no funciona.
Asentí concentrada en sus palabras, a pesar de haber dominado mi pánico a las agujas había ocasiones en las que el monstruo se escapaba de su jaula. Y aunque traté de concentrarme en otra cosa que no fuera la aguja atravesando mi piel, ni las pequeñas punzadas de dolor conforme el líquido entraba y hacía su efecto, no pude evitar quejarme.
—¿Por eso me contactaste? —pregunté a penas audible— porque tu primer plan no estaba funcionando.
—Tal vez —admitió, retirando la aguja y provocando que apretara los labios de dolor— ¿Te duele?
Abrí los ojos y solté la respiración que no sabía estaba conteniendo. Antes de hablar me recargué sobre el lavabo, recobrando la respiración y dejando que el dolor disminuyera antes de volver a hablar.
—No —murmuré apenas audible— menos mal el camino del futbol si funcionó, porque definitivamente te hubieran corrido de tu segunda opción —bromeé, para no admitir que en realidad tenía buena mano y que el dolor que había sentido era mínimo comparado con las enfermeras del hospital.
—Siempre tengo otros métodos para hacer sentir mejor a mis pacientes —respondió, con tono seductor mientras se arrodillaba frente mí. De inmediato, me puse nerviosa e inconsciente apreté las piernas. ¿Qué estaba haciendo? —Un beso siempre mejora las cosas —murmuró frente a mí aún descubierto abdomen.
La comprometedora posición del momento me impedía pensar con claridad. Mi mente imaginaba la cantidad de cosas que Memphis podía hacer y en ninguna de las opciones era algo inocente. Me costaba respirar con normalidad, un calor sofocante e incontrolable se apoderó de mí y las piernas me temblaron cunado sentí sus suaves y cálidos labios besar el área que había inyectado hace unos minutos. Provocando que algo dentro de mí se activara; el deseo por él. Deseaba con todo mi ser que continuara besando mi abdomen para que después bajara a donde más quería, sin embargo, sentí una pequeña decepción cuando se puso de pie.
Frente a mí con su metro ochenta de estatura tenía el hombre más egocéntrico que había conocido en mi vida observarme con intensidad. Aquellos ojos color miel reflejaban deseo, y no era el único, porque mi cuerpo aclamaba que me tocara. A nuestro alrededor la temperatura del baño comenzaba a incrementar al punto de sentir esa sensación de humedad después de tomar una ducha. La tensión s****l entre los dos era casi palpable, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso. E inconsciente en un acto de nervios me mordí el labio inferior, solo bastaron segundos para sentir sus dedos enredarse en mi cabello y con fuerza atraerme hacía él.
La sensación de sus labios sobre los míos, mientras nuestras lenguas mantenían una guerra por dominar a la otra, me estaban haciendo perder el poco control que me quedaba sobre mi cuerpo. Una pequeña y absurda parte de mí quería detenerlo, pero la parte menos racional lo aclamaba a gritos. Nada de lo que hacía en mi vida estaba bien, pero por primera vez estar con Memphis se sentía bien, se sentía correcto.
Colocó sus manos sobre mis caderas y me levantó en el aire haciendo que envolviera su torso con mis piernas. Solté un pequeño gemido en protesta cuando sus labios se separaron para comenzar a trazar un camino de pequeños besos desde mis labios a mi cuello.
—Déjame demostrarte que soy mejor que Declan… —murmuró, mordiendo y tirando ligeramente del lóbulo de mi oído.
—¿Celoso? —Me relamí los labios de manera provocativa, mientras enredaba mis dedos en la base de su cuello.
—Tal vez… —dijo entre besos— un poco… —volvió a hablar—Sí —admitió, llevándome a la habitación.
Mi corazón dio un pequeño salto de emoción al escuchar sus palabras. Memphis me atraía de una manera que no lograba describir, estar a su lado me provocaba una sensación de tranquilidad por muy ridículo que sonara. Sin mencionar la atracción física que ambos llevábamos conteniendo y que en ese momento era lo único que importaba.
En cuanto mi cuerpo tocó las sábanas de la gran cama, Memphis se deshizo de mi ropa dejándome como dios me trajo al mundo. Tomó posesivo mis labios una vez más, y continuó el recorrido, o más bien la tortura de sus labios pasando por el valle de mis pechos. Coloqué mis manos sobre sus hombros dándole un pequeño empujón y rogando con mis ojos que colocará su boca en otro lugar. Podía sentir la humedad entre mis piernas crecer con cada segundo que pasaba y aumentar mi agonía.
—Memphis… por favor —rogué acariciando su pene por encima del short y después liberándolo para estimularlo con mi mano. Estaba desesperada, no tenía tiempo para juegos. Mi vulva pedía a gritos que le dieran atención y no pude evitar soltar un gemido cuando su pene rozó mi entrada.
—Sabes que no debería estar haciendo esto la noche previa a un partido importante… —expresó con los ojos oscurecidos por el deseo mientras introducía la punta y luego la sacaba.
—Entonces, ¿por qué no te detienes? —jadeé.
—Porque no me puedo irme a dormir sabiendo que en mi cama gemías el nombre de Declan y no el mío.
—¿Entonces, que estas esperando? —Lo provoqué con la respiración entrecortada
Mis palabras tuvieron el efecto que esperaba. Sin decir una palabra más se introdujo y comenzó a mover sus caderas, su pene se ajustaba a la perfección, podía sentir como las paredes de mi v****a se contraían con cada uno de sus movimientos. Mientras silenciaba mis gemidos descontrolados con un beso apasionado.
Seguro podía vivir con este Memphis, con el Memphis competitivo y egocéntrico, que estaba dispuesto a demostrar que era mil veces mejor que los demás. Estaba demostrando una personalidad completamente diferente, pero que me gustaba y que podía vivir con ella sin ningún problema.