Capítulo 13: Esto está mal

3501 Words
Sofía  —No tengo cáncer —rompí el silencio en el auto. Declan me observó de reojo mientras se relajaba un poco en su asiento—, pero tengo una enfermedad autoinmune —informé. Un par de días después del cumpleaños de Memphis comencé a sentirme un poco rara. Tenía dolores de cabeza con frecuencia que por las noches me impedían conciliar el sueño con facilidad haciendo que me sintiera más cansada y distraída de lo normal. Intercambiando el mínimo de palabras con Memphis cada mañana y pasando las clases sin hablar con nadie, ni siquiera con Rita. Atribuí que aquellas molestias eran un efecto secundario del medicamento que tomaba para mantener mi enfermedad controlada. Sin embargo, una mañana frente al espejo noté algo diferente. Mis ojos estaban enrojecidos, como si hubiera pasado toda la noche llorando. Uno de ellos se miraba más pequeño que el otro, estaba inflamado. Fue en ese momento que me di cuenta algo andaba mal, había recaído. No necesitaba levantar mi parpado superior para saber que debajo había un pequeño nódulo que me provocaba los dolores de cabeza por forzar la vista. Hace un par de meses mientras pasaba por el proceso de salirme de casa, entrar a la universidad y encontrar la manera de subsistir sin mis padres, también me habían diagnosticado con una de esas enfermedades autoinmunes raras que nadie conoce. Y después de una infinidad de estudios y exámenes de sangre los doctores llegaron a la conclusión de que el pequeño fallo en mi sistema se llamaba: escleritis nodular. Una enfermedad que me enrojecía e inflamaba los ojos e incluso en ocasiones me reducía la vista. Por suerte me habían diagnosticado a tiempo y no había pasado a mayores, tomaba medicamentos fuertes una vez por semana, en el proceso el doctor me había advertido dos cosas: la primera era que por nada del mundo podía quedar embarazada, no bajo ese tratamiento. Y la segunda, que si volvía a presentar los síntomas acudiera a él sin titubear, porque era señal de que el medicamento o la dosis no estaba haciendo el efecto que debía. Lo que no esperaba, para alguien con pavor a las agujas era que me tuvieran que canalizar en ese momento. No me había dado la opción de volver al día siguiente, ni me había dado tiempo de prepárame y mentalizarme para el proceso. Sólo me había dado la opción de llamar a un familiar que me acompañara o me recogiera al terminar la infusión. Salí de su consultorio más asustada que preocupada por llamar a alguien. ¿A quién llamaría? ¿A mis padres? Primero muerta antes que volverles a hablar. ¿Memphis? Estaba con Yannick en quien sabe dónde y volvía al día siguiente. ¿Rita? No la quería preocupar. Para mi suerte y sorpresa, Declan estaba en el hospital, en el momento exacto para ayudarme y agradecí que fuera él y no otra persona. —¿Y eso es grave? —preguntó aun con tono preocupado. —No he querido preguntar demasiado sobre ella, ni me he atrevido a buscar información porque… me da miedo —confesé agachando la mirada—. Pero estoy segura de que en este momento no hay nada de que preocuparse. —¿Qué te hace estar tan segura de eso? Sofía, no puedes estar tan desinformada… Aquella preocupación hizo que mi estómago diera un pequeño salto. Nunca nadie se había preocupado tanto por mí pero su reacción me parecía un poco exagerada y traté de explicarle mi perspectiva. —Declan, se lo que necesito saber y nada más. No veo la necesidad de agobiarme o preocuparme con posibles consecuencias. No quiero vivir asustada —Era la primera vez que me atrevía a hablar de mi enfermedad en voz alta con alguien que conocía y se sentía bien. Se sentía como quitarse un peso de encima—. A demás, si fuera algo de que preocuparse el doctor ya me lo hubiera dicho. —Tienes razón —murmuró con una sonrisa torcida—. Pero, prométeme que me mantendrás informado de cualquier cambio y si necesitas compañía no dudes en pedírmelo. —Gracias, Declan. Lo tendré en cuenta —agradecí— pero ese es trabajo de Memphis. Sonreí internamente, satisfecha de como apretaba su mandíbula y los nudillos de su mano se volvían blancos sobre el volante. Esperaba que no hubiera próxima vez, porque eso significaba volver al hospital y no quería volver. Y si debía volver, Memphis no me acompañaría. Solo lo había hecho para molestar a Declan o más bien verlo celoso unos segundos. —¿Tienes hambre? —preguntó cambiando de tema— Podemos parar a comer algo si quieres. —Tengo demasiado antojo de comida china —dije con emoción. El medicamento no me había quitado el apetito, al contrario, me había abierto un agujero que podría comerme una vaca antera. Asintió y se dirigió al restaurante de comida china más cercano. En una pequeña plaza, donde también había la opción de comer comida mexicana o sushi. Las personas en el restaurante vivían en su propio mundo ignorando por completo que había entrado un futbolista medianamente famoso, porque si comparabas, Memphis era tres veces más famoso que Declan. El lugar era amplio y concurrido. En cinco minutos ahí esperando mesa ya habían entrado y salido varias personas. La decoración característica, dragones, esferas y calendario chino predominaban en todo el establecimiento. A nuestro lado una familia esperaba junto a nosotros con su hija tirando monedas al estanque lleno de peces Koi. No era el restaurante más exclusivo pero no cualquiera podría permitirse una comida ahí. Después de unos minutos Declan y yo éramos los únicos esperando nuestra mesa, y mientras platicábamos sobre cuál era nuestro platillo favorito. Alguien a mi espalda habló. —Así que con este hombre andabas de puta y por eso te fuiste de casa… La sangre se me fue a los pies y mi cuerpo se heló al escuchar aquella asquerosa voz. Me giré lentamente para encontrarme con Rodrigo de brazos cruzados. Mi hermano era la tercera persona, después de mis padres que menos me agradaba volver a ver. —¿Qué haces aquí? —hablé tajante. Este restaurante estaba por mucho, lejos de la ciudad donde vivíamos. —Negocios —respondió orgulloso inflando el pecho. Me mordí la lengua para no soltar una carcajada ante sus palabras. No quería llamar la atención de los comensales con mi risa escandalosa. —¡Ay, por favor! ¡No me hagas reír! ¿Desde cuándo haces negocios? Si ni la escuela terminaste —Me burlé alzando una ceja. No había motivos para ser amable con alguien que nunca había mostrado ni un poco de respeto hacía mí. Alguien que solo me molestaba, rompía mis dibujos o los arruinaba por simple placer. Alguien que hacía lo que fuera por dejarme en ridículo frente a cualquier persona. La genética nos hacía parientes, pero la historia nos hacia desconocidos. Algo en mi interior quería ponerlo en su lugar, borrarle aquella sonrisa socarrona de una y hacerlo quedar en ridículo frente a toda esta gente, en forma de venganza. Hacerlo probar un poco de su propia medicina por fin, pero mi sentido común, me decía todo lo contrario. Las personas con las que ahora me relacionaba me lo impedían, Declan a mi lado o Memphis. Mi novio por contrato me mataría si mi nombre salía en el encabezado de alguna revista por haberle arrancado los pelos a mi hermano. Así que inhalé y exhalé profundo preparándome para escuchar las estupideces que pudieran salir de su asquerosa boca. —¿Crees qué eres mejor que yo? Aún sigues siendo una interesada o ¿por qué crees que andas con éste? —señaló a Declan e instintivamente coloqué mi mano sobre su estómago para que no se metiera— Porque no puedes pagar la vida de lujo que tenías… —El interesado y egoísta siempre fuiste tú o se te olvidó la vez que me tiraste de las escaleras porque no querías que papá me diera un auto —Le recordé una de las mil maldades que me había hecho y que por suerte solo había terminado en unas piernas y brazos llenos de moretones—. No tengo porque darte explicaciones, ya no eres parte de mi vida… —Sé más de tu vida de lo que te imaginas… Dio un paso adelante intentando intimidarme. —No te atrevas a dar otro paso… —interrumpió Declan colocando una mano en su pecho. Rodrigo lo observó con desprecio. Si había algo que mi hermano odiaba era que le dijeran que debía hacer, mientras que Declan tenía fama de tener poca paciencia cuando lo provocaban. Debía tranquilizar las aguas antes de que se salieran de control, en especial cuando Rodrigo era experto provocando gente. —Declan —murmuré tomándolo del brazo. —Tanto tiempo y aun no puedes defenderte sola —Se burló observando a mi acompañante y luego a mí—. No me importa que hagas de tu miserable vida, por mi que te mueras de hambre haciendo tus dibujitos… Pero cuando eso pase, ni se te ocurra volver pidiendo ayuda porque te saldrá muy caro. El pecho de Declan subía y bajaba agitado, tranquilizando la lucha interna que tenía por no partirle la cara al hombre más despreciable del mundo. Podía entender su sentimiento, yo también me sentía igual. Impotente. Sin embargo, su educación predominó sobre su mal temperamento. —Sólo los cobardes se atreven a amenazar, porque saben que la tienen de perder. Así que la próxima vez que quieras amenazar a alguien asegúrate que sea alguien de tu nivel —advirtió Declan. Me tomó de la mano y salimos del restaurante apresurados. Dejando a un Rodrigo sin palabras y honestamente a mí también. —Okay, sé que me pediste no hacer ninguna pregunta, pero exijo que me expliques ¿¡Qué está pasando!? —Me abrió la puerta del auto— ¿Por qué tu hermano te amenazó? ¿Te fuiste de casa para estar con Memphis? Qué tienes ¿quince?... —Porque se quiere quedar con el dinero… —murmuré subiéndome al auto. Estaba molesta porque aquel encuentro me había quitado el apetito y no solo eso, no pude disfrutar de una buena comida y compañía. Aun meses después de haber cortado todo vínculo con mi familia se las seguían ingeniando para seguirme arruinando la vida. —Lo que me estás diciendo no tiene sentido —Frunció el ceño mientras se abrochaba el cinturón de seguridad—. Respóndeme, ¿te fuiste de casa para estar con Memphis? ¡Qué clase de amor prohibido es ese! —¡El único amor prohibido aquí somos tú y yo! —confesé inconsciente. Sentí mis mejillas arder de la vergüenza, mi corazón acelerarse y antes de que Declan pudiera decir algo me disculpé—: Lo siento. ¿Cómo había sido tan torpe? Hubiera preferido mil veces confesarle que mi relación con Memphis era mentira, antes de decir aquella confesión. Mi excusa era que estaba confundida, habían sido demasiadas emociones en un solo día y me sentía vulnerable. Declan no sentía siquiera lo mismo que yo sentía por él y lo nuestro no podía ser. Debía deshacerme de la fantasía que me había creado con él. Debía pensar que su preocupación y amabilidad hacía mí eran solamente porque era la novia de su mejor amigo y no por otra razón. Estaba confundiendo amabilidad con interés. Así era como las personas terminaban con el corazón roto la mayor parte del tiempo, por confundir sentimientos y eso es lo que me estaba pasando. El pequeño salto que daba mi corazón cada que lo miraba, la paz que me transmitía el simple echo de estar a su lado y las mariposas revoloteando en mi estomago eran solo producto de mi imaginación. Pero eso no disminuía el dolor, no quitaba el hecho de que Declan era prohibido, ¿por qué de todos los chicos en el mundo me tuve que fijar en él? ¿Por qué Declan y no Memphis? A ninguno lo conocía lo suficiente, era demasiad pronto, pero mi corazón se inclinaba por el ojiazul con novia, en lugar del problemático castaño que solo me daba dolores de cabeza. —Sofía… —murmuró. —Llévame a casa —interrumpí seca. No necesitaba escuchar cómo me rechazaba, el sufrimiento interno con el que estaba viviendo en eso momento era suficiente. El trayecto fue silencioso e incómodo. Ninguno de los dos se atrevía a hablar a pesar de que sentía su mirada sobre mi cada que nos deteníamos en un semáforo en rojo. No veía el momento de llegar a casa y sacar aquel sentimiento, aquella frustración de la mejor manera que podía hacer: llorando. Poder liberar aquel nudo en la garganta que se me estaba formando. La noche cayó en nuestro trayecto y me sentí más tranquila. Me gustaba la noche porque podías esconder muchas cosas sin problema, podías llorar en tu habitación y nadie se daría cuenta, podías pensar tranquilamente sin los ruidos de la ciudad distrayéndote y lo mejor de todo era que las mejores ideas siempre llegaban cuando uno planeaba descansar. Solo que esta vez no quería pensar, sino esconderme. Finalmente, Declan se detuvo frente a una oscura casa, producto de que no había nadie en ella. Todas las luces estaban apagadas, y me regañé internamente por no haber dejado una lampara encendida por lo menos. Me gustaba la casa, pero me aterraba entrar a un lugar oscuro. No era lo mismo apagar la luz e irme a mi habitación que encenderla para entrar a una casa que aún no conocía del todo. Tenía una mente muy activa y siempre imaginaba lo peor, volviéndome paranoica por cosas innecesarias. —¿Vas a estar bien? —preguntó Declan un par de minutos al ver que no me bajaba del auto y solo observaba la casa desde la ventana. Como pude asentí y coloqué la mano en la manija— Vamos, te acompaño a la entrada. Se bajó del auto y me siguió a la entrada. Busqué entre mis cosas las llaves para abrir mientras sentía su mirada sobre mí seguro preguntándose por qué no ponía la contraseña para abrir. Fácil, porque el dueño había decidido no dármela. Abrí la puerta con miedo. Todo estaba demasiado oscuro que era casi imposible poder ver el interior. El sonido de nuestras respiraciones y el silencio de la noche me erizaba los vellos del cuerpo. Lo peor en todo esto era que no recordaba dónde estaba el interruptor de la luz. Inhalé profundo y tomé valor para hacer algo tan sencillo. Entré a tientas hasta topar con una pared sin tropezar y cuando creí que había encontrado el interruptor la luz se encendió. Solté un pequeño grito y me llevé la mano al pecho al encontrar a Declan frente a mí. —¡Me quieres matar de un infarto! —reclamé tratando de tranquilizar mi ritmo cardiaco, pero al ver que nuestros cuerpos estaban demasiado cerca me fue imposible poder normalizarla. Soltó una pequeña risa. —Lo siento, pero parecía que estabas en una misión imposible… Observé aquellos ojos azules como el cielo, era imposible no mirarlos y sentirte atraída. Tracé un camino desde sus ojos hasta sus pequeños pero carnosos labios. La fina barba que cubría sus mejillas y su perfecta mandíbula. Tenerlo cerca era una tentación, pero también se había vuelto en mi zona de confort, en mi burbuja en la que nadie me podría hacer daño mientras estuviéramos juntos. Porque Declan era lo que siempre deseé. Un hombre caballeroso y respetuoso, alguien que me quisiera y no le diera miedo demostrar su amor. Aunque conmigo no sería así, porque era un hombre que en letras grandes y con luces neón tenía escrito: prohibido. Y aun así no me importó y acorté la distancia que nos separaba. Uní nuestros labios tomándolo por sorpresa en un beso no correspondido. Declan no se movió ni un milímetro, sus labios tiesos y fríos como estatua. Decepcionada por no sentirme correspondida de la manera que pensaba me separé de él. —Lo siento… —dije en voz baja. Mis mejillas ardían como volcán en erupción. Jamás me había sentido tan avergonzada como en ese momento. Es que no aprendía. No me había quedado claro hace rato cuando en pocas palabras confesé mi amor, que ahora tenía que hacer una imprudencia como besarlo para comprobarlo. Sin decir más me di media vuelta dispuesta a acompañarlo a la puerta y terminar con esto, pero una fuerte mano me detuvo. Me giré confundida y antes de que pudiera protestar. Declan presionó sus labios con los míos en un beso apasionado que no pude evitar sonreír entre besos. Estaba pasando, lo que tanto anhelaba entre sueños, estaba pasando. Al fin podía sentir sus dulces y adictivos labios sobre los míos una vez más. Coloqué mi mano sobre su mejilla e intensifiqué el beso. El movimiento de nuestros labios ahora era acompañado por el juego de nuestras lenguas. El frío entumecedor a nuestro alrededor se convirtió en un calor abrumador. Era impresionante como una simple persona podía cambiar tu humor, tus sentimientos y nublarte el sentido común. En ese momento no me importaba nada. Éramos él y yo; yo y él, y nadie más. Llevó una de sus manos a mi trasero y lo estrujó haciéndome soltar un pequeño e inconsciente gemido. Estábamos llegando al punto en el que no había marcha atrás y yo deseaba en lo más profundo que esto no terminara. Así que llevé mi mano a la base de su cuello y lo atraje más hacia mí. Nuestras respiraciones se mezclaban y aliento nos faltaba, pero ambos éramos demasiado orgullosos para romper aquel momento, preferíamos desmayarnos por falta de aire que separarnos porque ambos sabíamos que si rompíamos ese beso se acababa todo. La ropa nos comenzaba a estorbar y la entrada de la casa nos quedaba chica. Declan introdujo una de sus manos bajo mi blusa provocando que me estremeciera ante el tacto de su fría mano. Subió lentamente desde mi abdomen, hasta mi cintura y después se detuvo en uno de mis pechos, estrujándolo y haciéndome soltar otro gemido. Bajo sus grandes manos mi cuerpo parecía aún más pequeño e indefenso. Aunque mareada y excitada me sentí decepcionada cuando se separó. Creí que se había arrepentido, pero solo lo había hecho para tomarme por las piernas y levantarme. Instintivamente rodeé mis piernas sobre su pequeña cintura y volví a unir nuestros labios sedienta de él. —¿Dónde está tu habitación? —preguntó entre besos. —Subiendo a la izquierda —respondí de espaldas a la escalera, mientras que con cuidado de no tropezar nos llevaba al segundo piso. Abrió la puerta como pudo y sin encender la luz me recostó sobre la cama. Las cortinas estaban abiertas dejando entrar la tenue luz del único testigo de esa noche: la luna llena. Declan no perdió tiempo y me bajó los pantalones y la ropa interior dejándome completamente desnuda. Trazó un camino de besos desde mis labios a mis pechos, mi abdomen y después detenerse en mi entrepierna. Podía sentir su respiración chocar con mi piel, mientras mi pulso se aceleraba a la espera de su tacto. —Dec… —Traté de rogar. Solté la respiración que no sabía estaba conteniendo y me dejé llevar convirtiéndome en un concierto de gemidos y súplicas porque no se detuviera. Su lengua y su boca se movían a una velocidad inexplicable, haciendo vibrar cada parte de mi cuerpo. Pasé mis dedos entre su largo cabello y lo tiré ligeramente mientras sentía como el calor del clímax comenzaba a invadirme, pero Declan una vez más se separó. Lo fulminé con la mirada por haberme dejado en el borde. Se irguió frente a mí y con prisa se deshizo de su camiseta dejando al descubierto su pálido y perfecto torso, su abdomen ligeramente bien trabajado y cubierto por un par de vellos en el pecho. Sobre su cuello cubriendo la marca de la diferencia de color de piel, producto de horas bajo el sol, llevaba una delgada cadena color plata. Aquella imagen de torso desnudo, pantalones de mezclilla y la cadena lo hacían ver misterioso, y más deseable. Me urgía tenerlo entre mis piernas. Nuestras miradas se encontraron un par de segundos antes de que se deshiciera de sus pantalones lo más rápido que pudo y cuando se alineó entré mis piernas no pude evitar soltar un gemido cuando finalmente me penetró. —Esto… esto está mal… —habló en sus cinco segundos de cordura y culpabilidad. —¿Y por qué se siente tan bien? —respondí entre jadeos. Esto estaba tan mal, pero se sentía tan bien. Que me perdonará Dios y que me perdonará Laura por lo que le estaba haciendo. No se merecía que la engañáramos. Ninguna mujer lo merecía, pero no podía evitarlo. Su novio era simplemente, perfecto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD