La tarde fue amable con nosotros. Paul, pese a sus bromas, se comportó, y su madre… bueno, se limitó a observar, dejando que el momento fluyera. Los niños rieron, la comida llenó el aire con ese aroma que se clava en los recuerdos, y por un par de horas, todo parecía en calma. Tranquilo. Como si el mundo allá afuera no existiera. Ya en casa, el silencio se vuelve un compañero que no juzga. Valery acomoda a los pequeños en la habitación, susurrándoles cosas que sólo ella sabe decir. Yo salgo al jardín, buscando un respiro. Me dejo caer en el sofá de madera bajo el alero, mi mirada fija en el cielo que empieza a llenarse de naranjas y lavandas. El viento es suave. Casi agradecido. Me paso una mano por la nuca, luego la dejo caer sobre mi muslo. Pienso en Las Magnolias, ese mundo que crece
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