Tenía que ser sincera conmigo misma y admitir que haber escuchado todas esas cosas de Sevians y Aurora, me habían roto un poco. No supe, ni siquiera, por qué había pensado que sería una buena idea escuchar lo feliz que eran. Por lo que, cuando volvimos a la empresa, me encerré en mi oficina a llorar, mientras le pedía a dios poder olvidarme de todo esto y que ya no me doliera. Todo esto había sido tan injusto para mí, que no entendía, por qué se suponía, que yo estaba pagando para vivir lo que estaba viviendo. Rachel me llamó un par de horas después, pero no le contesté, porque, definitivamente, no estaba de humor para nada. Y una media hora después, la tenía tocando al puerta de mi oficina con dos cafés. —Cafés de emergencia en esta emboscada que te estoy haciendo —dijo con una sonrisa.

