CAPÍTULO DOS (DESPERTANDO DEL COMA)

3200 Words
Desperté y una luz cegadora hizo que cerrara los ojos de inmediato, no sabía por qué, pero me costaba acostumbrarme a ella, por lo que, debía cerrar mis ojos apenas los abría. Era extrañísimo, porque debido a mi miedo a la oscuridad, siempre dejaba una luz tenue en mi habitación, en cambio, esta era una luz cegadora. Pensé que, tal vez, había sido Sevians quien había encendido las luces para no dejarme en la oscuridad, porque sabía cuánto yo le temía. Intenté levantar mi mano para cubrir un poco mis ojos, pero no respondió. ¡Demonios! De seguro me había dormido en una muy mala posición y se había adormecido un poco, así que, intenté con la otra, pero nuevamente, nada pasó. No supe cuánto tiempo estuve así, pero, cuando logré acostumbrar mis ojos a la luz, me encontré en un lugar desconocido. Esta no era mi habitación. Intenté levantarme, pero mis piernas no reaccionaron y, cuando intenté mirarlas, me di cuenta de que yo estaba entubada, porque un montón de tubos salían de mi nariz y de mi boca, y ni siquiera me había fijado en ello. Intenté gritar, pero me fue imposible. Nerviosa rompí en llanto y comencé a desesperarme. Intenté respirar, pero me fue imposible debido a los tubos que bajaban por mi tráquea. Mi cuerpo quería expulsar todo aquello que era artificial y comencé a sufrir arcadas. Un sonido ensordecedor, inundó la habitación, haciendo que personas vestidas de doctores entraran a toda prisa al lugar en donde me encontraba. —Hola, Artemisa. Soy Alice y soy tu doctora. Necesito que te calmes, todo estará bien —dijo ella con voz dulce y no sabía por qué, pero su voz me tranquilizó por completo. Me explicó, con voz calmada, que me iban a quitar todos los tubos que salían de mi boca y de la nariz y procedió despacio. Me fue explicando paso a paso lo que estaba haciendo, cosa que me tranquilizó mucho más, pero, aun así, no quitó lo traumático de ver salir todo eso de dentro de mí. El ardor en la garganta fue espantoso, por lo que, solo quería a mi madre conmigo, a mi lado. Intenté hablar para llamarla, pero me fue imposible, cosa que me aterró por completo. —Estuviste entubada un tiempo considerable, así que, ve despacio. Te va a doler por unas horas y pronto podrás hablar, te lo prometo —dijo ella calmándome. Estaba aterrada, por lo que, tomó mi mano y, aunque la sentía, no podía moverla. Se quedó ahí, conmigo por un rato y después se disculpó, cuando la llamaron por los altavoces, solicitando su presencia en el área de urgencias. Nadie me explicó nada, no se me dijo que había sucedido, solo que estaba en un hospital y que mis padres ya estaban viniendo. Me desesperaba no poder hablar y no poder moverme. Yo no recordaba haber tenido ningún accidente, así que, la idea de haberme roto el cuello o cualquier parte de la columna, que me impidiera poder caminar o mover, estaba descartada. Pero entonces ¿por qué yo no podía moverme? Y ni siquiera podía preguntar nada, porque la voz no me salía, solo había dolor ahí. Mamá llegó hecha un mar de lágrimas y papá me abrazó desconsolado. Esta era la primera vez que él me abrazaba por voluntad propia, así que, ignorando mis nervios le sonreí, diciéndole con una voz extremadamente baja que su abrazo me había encantado. Él me llenó de besos en las mejillas y mamá me abrazó, mientras me decía lo mucho que me amaba. Sonreí emocionada, porque al fin había podido decir algo y, aunque mamá me regañó para que dejara de hablar, no le hice caso. Ese rato sin poder decir palabra alguna había sido desesperante y no pensaba volver a callarme nunca más. —Los dos están muy raritos —dije molestándolos. Ellos se miraron y asintieron al mismo tiempo. Los había visto hacer eso muchas veces. Lo hacían, como si se comunicaran telepáticamente para estar de acuerdo en una decisión. Esos minutos que los observé, ellos se veían completamente diferentes, no lo sé, pero los veía viejos y cansados. Tal vez, era yo que desvariaba, pero así los veía. —Cariño —dijo mi madre —, estuviste en coma —la miré confundida. —¿En coma? ¿Por cuántas horas y por qué? —Debido a tu resfriado, tuviste una infección en el sistema nervioso central, así que, los médicos tuvieron que inducirte el coma. —¡Joder! Con razón me sentía tan mal. ¿Sabes por qué no puedo moverme? —ellos negaron y la doctora entró sonriente. —Te doy la bienvenida de vuelta, Artemisa —la miré confundida y pregunté por qué no podía mover mi cuerpo —. Eso es debido a todos los relajantes musculares que te aplicaron en el transcurso de todo este tiempo. —¿Cuánto tiempo estuve en coma? —volví a preguntar. Ella miró a mis padres y estos negaron, como dándole la orden de que no me lo dijeran. Repetí la pregunta y mi madre suspiró diciendo que eso ya no importaba. —Lo importantes es que ya estás aquí, cariño —dijo ella llenándome de besos. La doctora volvió a chequearme, revisando mi corazón, mi garganta, mis oídos, mis signos vitales y hasta mi vista. Le dijo a mis padres que todo estaba bien y que vendrían a revisarme cada hora. —¿Es necesario? —pregunté —¿Cuándo recuperaré la movilidad de mi cuerpo? —pregunté sin entender nada. La doctora volvió a mirar a mis padres y estos volvieron a negar. Así que, se despidió sin responder a mis preguntas. Enojada los miré y les exigí una respuesta. —¡Ahora no, Artemisa! —dijo mi padre con voz autoritaria. Rompí en llanto desesperada, porque era injusto que él me dijera eso, cuando era yo quien estaba en esas condiciones. Los dos se acercaron a mí y me abrazaron fuerte. —¿Dónde está Sevians? ¿Por qué no vino con ustedes? —pregunté entre sollozos. —Cariño, él no pudo venir. Está de viaje y no le quisimos decir nada. —¿De viaje? Pero si no teníamos viajes planificados. ¿Es un viaje de trabajo? —mi padre asintió. —Fue un viaje inesperado. Pero sabes que Sevians es uno de los mejores y por eso lo solicitaron para este proyecto. Sonreí orgullosa y solo así dejé de llorar, porque para mí, Sevians era una de las personas más maravillosas de este mundo y saber que lo habían solicitado para un proyecto, me hacía sentir aún más orgullosa de él. Un rato después, me fueron a buscar para chequeos médicos de rutina, así los llamaban ellos. Me hicieron resonancias, me sacaron sangre y otros estudios que ni siquiera podía pronunciar. Cuando estuve de vuelta en la habitación, mis padres discutían en voz baja, pero se callaron, cuando yo entré. —¿Cuándo puedo ir a casa? —pregunté a la doctora antes de que se fuera. —Queremos tenerte en conservación unos días, Artemisa. Aún tenemos muchos estudios que realizar —suspiré frustrada y la doctora pidió hablar a solas con mis padres. Solo papá la siguió y mamá se quedó conmigo —. ¿Me vas a decir cuánto tiempo estuve en coma? —Unos días, cariño —dijo lo bastante nerviosa. —Puedes explicarme ¿cómo pasó esto? —entre sollozos me contó que yo había tenido una fiebre muy alta. —Empezaste a desvariar y a vomitar. Agradecemos que Sevians estuviese contigo, de lo contrario, pudo ser peor. Así que, él te cargó y te trajimos al hospital en donde, luego de un estudio, nos informaron que tenías meningitis y después de una convulsión, te indujeron el coma. —¿Meningitis? —pregunté confundida —¿Qué es eso? —Es una inflamación de los tejidos que rodean el cerebro y la médula espinal. —¿Y todo eso me sucedió por un resfriado? —Un resfriado descuidado, al que no prestaste atención —dijo rompiendo en llanto. Me sentí realmente avergonzada. —Lo siento, mamá. Lo siento por hacerte pasar por todo esto. Estuve una semana en el hospital entre chequeos y estudios. Durante toda esa semana, mi cuerpo siguió sin responder a mis órdenes. Estaba muy frustrada, pero la doctora siguió sin darme ninguna respuesta, solo me decía que debía hacer terapias. Mis padres me dijeron que esto era un efecto secundario del coma. —Debes estar tranquila, cariño —dijo mi madre —. La doctora nos dijo que, con rehabilitación, pronto podrás recuperar la movilidad de tu cuerpo. Todos esos días pregunté por Sevians y mi padre me contaba que estaba bien y que estaba avanzando en su trabajo a la perfección. Pedí que lo llamaran y poder hablar con él, pero mi padre me convenció de que no lo hiciera. —Lo mejor, cariño, es que te recuperes y, cuando estés bien, lo llamaremos. Te conozco tanto para saber que no quieres que Sevians te vea sin poder moverte. Asentí dándole la razón, porque estaba hecha un desastre y no quería que Sevians me viera así. Y, aunque lo eché de menos a cada segundo, fui fuerte y no lo llamé. También pregunté por Aurora y por qué no había venido a verme, pero mi padre me dijo que había empezado a trabajar para él y que lo estaba haciendo bien. —No quiero desconcentrarla, cariño. Le di la razón también a eso, porque sabía que, si Aurora se desconcentraba, no iba a poder terminar su trabajo. Así que, me quedé tranquila echándolos de menos. Cuando me dieron el alta, pasadas casi dos semanas, volví a casa notándola diferente, desde el color hasta todo lo que estaba dentro. Y las calles hasta llegar a casa, todas se veían extrañas. Quise pensar que, tal vez, era yo delirando por la medicación que debía tomar, la cual era un poco fuerte. Mi habitación estaba tal cual, como la había dejado. Nada estaba fuera de su lugar y todo olía exactamente igual que siempre. Esa última semana, había empezado la rehabilitación, pero hasta ahora, solo podía mover los dedos, cosa que me ayudaba, al menos, a poder mover el mando de la silla de ruedas en la que me pusieron. Esos padres viejos y cansados que yo había visto el día que desperté, habían desaparecido. Los dos estaban sonrientes todo el tiempo. Creía que, al haber estado en coma, les había quitado años de vida y al volver a despertar, esos años habían sido devueltos a ellos. Me sentí tan culpable por eso, que me prometí a mí misma, hacerles la vida más sencilla a los dos. Y, aunque siempre había sido bien portada, esperaba hacerlo mucho mejor. Papá ahora era don abrazos, me había dado cuenta de que esto del coma, le había afectado más de lo que yo creía, porque cada dos por tres me daba un abrazo y me llenaba de besos. Mamá, por su parte, se puso más intensa de lo que era con sus abrazos y besos, pero se obsesionó un poco con mi salud, tanto así, que habilitaron una parte de nuestra casa para mi rehabilitación, cosa que yo no necesitara salir de casa. Y, aunque salir de casa y tomar aire me hacía bien, era un poco complicado hacerlo con mi silla de ruedas. La rehabilitación empezó con una vez al día y a medida que recuperaba el control de mi cuerpo, aumentaba de dos veces al día, hasta tres. Pasados los tres meses pude caminar con andador y, aunque la rehabilitación había sido intensa, no me había quejado ni una sola vez, Lo hacía por mis padres y, porque quería darle una sorpresa a Sevians. Quería llegar a donde quiera que él estuviera y lanzarme a sus brazos diciéndole que había despertado y que estaba bien. A medida que podía valerme por mí misma, mi madre me iba dando más libertad y, aunque no le gustaba que saliera, yo tampoco lo hacía, porque no me sentía lista. Pero me aburría mucho, por lo que, estaba decidida a retomar mi educación, así que, una tarde en que me quedé sola, entré a la oficina que mi padre tenía en casa, la cual me prestaba, cuando yo necesitaba estudiar. La encontré diferente, los muebles ya no eran los mismos y mi computadora no estaba en ese lugar donde solía dejarla, así que, encendí la de él para encontrarme una foto de fondo que me dejó bastante confundida, en ella Aurora vestía con toga y birrete, tenía una amplia sonrisa, mientas sostenía un diploma abierto. Sevians, tenía un birrete en la cabeza, mi padre una toga y mi madre sostenía un diploma abierto también, el cual tenía mi nombre “Artemisa Vlachos” y en letras doradas decía “Arquitecta” Pero ¿de cuándo demonios era esa foto, si nuestra graduación estaba pautada para el quince de mayo? Tan solo pensar eso, mi vista se fue directo a la fecha de la computadora de mi padre. En ella decía claramente primero de marzo del dos mil veinticuatro. Me quise morir apenas la vi. Esto tenía que ser un jodido error, apenas era el año dos mil veinte y yo no tenía duda de ello. Desesperada rompí en llanto, esto no podía ser cierto. Tomé el teléfono de la oficina de mi padre y marqué el número de Sevians, pero me mandó al buzón enseguida, revelando aquel mensaje del contestador que había grabado hace años. “Hola, soy Sevians, en este momento no puedo contestarte, porque estoy ocupado”. En él se escuchaba mi voz decir “está ocupado conmigo, con su Artemisa, así que, espera”, seguida de la risa de los dos. Él había amado ese mensaje, por lo que, en todos nuestros años de relación, no quiso cambiarlo y seguía ahí mismo. Mi Sevians me seguía amando, mi Sevians me seguía esperando. Salí de la oficina de mi padre, para encontrarlos a los dos desesperados buscándome. Mi madre me reprendió por desaparecerme así y yo les grité a los dos. Esta era la primera vez en mi vida que yo gritaba. —¡Dejen de mentirme! —grité —¡Necesito la verdad ahora mismo! —dije furiosa. Ellos volvieron a mirarse y yo volví a gritar —¡No! ¡No se atrevan a mentirme una vez más! —Te diremos la verdad, pero necesitamos que te sientes, por favor —dijo mi padre con voz calmada. Mi madre, en cambio, era un manojo de nervios. Cuando estuve sentada, mi padre fue el que habló. —Estuviste en coma más de cuatro años. Rompí en llanto, porque en el fondo de mi corazón, esperaba que esa fecha estuviera mala y que todo fuera mentira. ¡Joder! que no es fácil que te digan, que has perdido cuatro años de tu vida por estar en un maldito coma y que el mundo no se detuvo, que todos habían seguido y que por eso veía todo tan diferente. Ahora entendía por qué a mi madre no le gustaba que saliera, porque tarde o temprano yo me iba a enterar de todo. Grité, lloré y maldije un millón de veces. Esto era injusto. Realmente lo era. —¿Dónde están Sevians y Aurora? —pregunté, cuando logré calmarme. Ellos volvieron a mirarse y yo volví a gritar que no se atrevieran a mentirme, o me iba a ir y ellos no volverían a verme. —Están recorriendo el mundo, cariño. Apenas dijo eso, me perdí en mi cabeza. Sevians y yo teníamos ese plan para nuestra luna de miel, cuando yo cumpliera treinta años. Nos casaríamos, recorreríamos el mundo y luego volveríamos para tener hijos. Me dolió en el alma saber que él estaba cumpliendo nuestros planes sin mí. ¡Pero carajo! si Aurora estaba con él, eso solo significaba una sola cosa. Miré a mi madre en busca de respuestas y ella solo asintió rompiéndome el corazón. —Ellos se casaron una semana antes que despertaras, mi vida —dijo ella rompiendo en llanto conmigo. Me puse las manos en la cabeza en señal de que no podía creerlo. ¿Cómo demonios mi Sevians se había casado con mi mejor amiga? Él no me había esperado como yo pensaba. Él se había cansado y ahora mismo estaba cumpliendo todos nuestros planes con ella. Ni siquiera me entraba en la cabeza cómo había pasado eso entre ellos dos. ¡¿Cómo demonios te casas con el amor de la vida de tu mejor amiga?! ¡¿Cómo demonios te casas con la mejor amiga del supuesto amor de tu vida?! Mi madre intentó explicarme que a ellos los había unido el dolor de mi ausencia, pero yo no quise escucharla. Tomé mi andadera y me fui de ahí. Simplemente, no podía escuchar más. Todo esto había sido muy injusto para mí, yo no había sido mala, había hecho todo bien en mi vida. Entonces ¿cómo me había pasado esto? Habían pasado más de cuatro años de mi vida y yo había estado en un maldito coma. Cuando llegué a mi habitación, entre la ira y el llanto, tiré todo al piso, como pude. Mis fotos con Sevians las hice pedazos al igual que mis fotos con Aurora. Me sentía muy traicionada. Y me deprimí, no quise comer y me eché a morir. ¿Cómo podía simplemente seguir, si había perdido a mi mejor amiga y a mi novio al mismo tiempo? ¿Cómo seguir, si había perdido cuatro años de mi vida y todo por lo que había luchado tanto tiempo? Cerré los ojos inventándome un mundo en donde esto no había pasado, en donde Sevians y yo viajábamos por el mundo en mi cumpleaños número treinta, así como lo habíamos planeado. Y ahí me quedé, en mi mundo feliz, en ese mundo que se suponía que fuera antes de esto. No supe cuánto tiempo pasó, solo que escuchaba a mi madre a lo lejos y ahora que lo recordaba, se sentía como, cuando estaba en coma, porque yo recordaba, recordaba escucharlos a lo lejos y querer despertar. Pero esta vez era diferente, yo no quería despertar, quería, simplemente, morirme. Mamá y papá me obligaron a comer y a abrir los ojos, amenazándome con que me llevarían a un psiquiátrico, pero eso ya no me importaba, yo ya no tenía razones para querer vivir. Pero ella dijo algo que me hizo entrar en razón. —¿No crees que fue suficiente cuatro años sin ti? Aún nos tienes a nosotros, que hemos estado aquí esperándote, rezando todos los días para verte abrir esos ojos. Ella tenía razón, aún los tenía a ellos, tenía a mi padre que ahora me daba abrazos todo el tiempo y había cambiado tanto. Así que, abrí los ojos y me levanté de esa cama retomando mi rehabilitación y según la recomendación de mi doctora, empecé terapia, porque asimilar que habían pasado más de cuatro años y yo había estado postrada en una maldita cama, definitivamente, sería difícil.
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