Entre la Conciencia y el Corazón

1802 Words
Desperté con Tatiana plácidamente dormida sobre mi pecho, su carita reposando con ternura, como si perteneciera a mí. Con cautela para no perturbarla, decidí compartir mis sentimientos. En un susurro al oído, le confesé: —¿Sabes, Tatiana? En tu carita encuentro la esencia misma de la creación divina. Es un universo completo en sí misma. — Mis manos rozaron su carita una vez más, acariciando sus cejas, sus labios, hasta sentirme abrumado por su belleza, una perfección que empezaba a inquietarme. Aunque todo parecía sublime en esa amplia y hermosa cama, junto al amor de mi vida y rodeado de riqueza, ese libro rojo arrojaba una sombra de sangre sobre toda esa perfección. Me resultaba incomprensible, un misterio horroroso que me desconcertaba. “Maldito libro”, pensé con frustración. “¿Por qué tienen que aparecer estos libros rojos de mierda cuando finalmente reina la calma, la felicidad, la perfección?” Decidí levantarme, dirigirme al estudio y abrir el cajón del escritorio para tomar el libro. Lo examiné nuevamente, buscando respuestas en sus páginas, pero todo seguía siendo un enigma inexplicable. Lo dejé sobre la mesa y regresé a la habitación donde Tatiana continuaba durmiendo plácidamente. Me adentré en el baño, me sumergí bajo la ducha, donde el agua se convirtió en un torbellino de pensamientos que luchaban entre la vida y la fatalidad. Al salir, me vestí con ropa nueva y elegante, dejé un beso en la frente de Tatiana mientras seguía en su mundo de sueños, y agarré el libro antes de salir de casa. Un domingo radiante me trajo a la mente a mi querido amigo de antaño, Abrahán, aquel filósofo del bullicioso mercadillo. Estacioné el Jeep en una esquina animada del mercado, donde un joven luchando con adicciones y un canino desgastado se aproximaron desde un costado. —Doctor, ¿me podría dar una moneda? Tengo hambre —pidió. Extraje ochenta dólares de mi bolsillo mientras los ojos vidriosos y grises del joven y el perro anciano brillaron como las estrellas, observando con ansias el gesto. —Cuarenta para usted y cuarenta para el perro, cuidado con los cuarenta del perro. —Dije. —¡Cuidado! —No te preocupes, amigo, yo me hago cargo del alimento para el perro. —Ofreció amablemente. —Y tú asegúrate de llevarlo a un SPA para mascotas. —Insistí. —Y por cierto, es hora de que compres algo de ropa. Busca un empleo. —De acuerdo, hermano, está dicho. —Respondió sonriendo. — Me despedí del joven y el perro, luego busqué el puesto de libros, y allí estaba Abrahán, inmutable en su aspecto característico, tan radical, bohemio y sabio como siempre. —Abrahán, mi viejo amigo. —El filósofo volteó lentamente su rostro. —Malachi, ¿realmente eres tú? —El mismo que canta y baila. —Respondí con una sonrisa. —Por Epicuro, eso es un exceso de hedonismo —Exclamó, sorprendido por mi atuendo. —Llámalo “Éxito Simple”, hermano mío. ¿Cómo has estado? —Bien. Con lo que llevas puesto, podrías adquirir todos los libros y botellas de vino de este puesto. —Incluso podría comprarte el puesto de libros si quisieras. —Oh, Malachi, más vale que te apartes, estás bloqueando el sol. —Ambos reímos juntos. Después de una charla amigable en la que evocamos viejas épocas bohemias y compartimos una botella de vino, fijé mi mirada en Abrahán con solemnidad. Saqué el libro rojo que llevaba en mi cintura y se lo entregué. Abrahán lo sostuvo con cuidado, examinó el lomo detenidamente, acarició la portada con sus dedos y finalmente lo abrió, sumergiéndose en la primera página. —Está en latín. —Dijo en voz suave y profunda. —“Obscurum per obscurum”. —¿Qué significa? —Pregunté, sorprendido por su reacción. —Oscuro a través de lo oscuro. Es un libro que pertenece a una ciencia olvidada, quizás esotérica. Creo que está relacionado con las enseñanzas herméticas. Será necesario estudiarlo con detenimiento para descubrir su valor y significado. —Entonces, por favor, hazme ese favor, hermano. Anota mi número. —Le pedí. Me despedí y me marché. Al regresar a casa en busca de Tatiana, encontré la ausencia de ella y de las ropas y zapatos que había comprado para Leidy. Mi búsqueda de pistas resultó en vano: ni una nota, ni un mensaje de texto, ni siquiera un cabello. Me senté en la cama, abrumado por un sentimiento de vacío, debilidad y amor enfermizo. Decidí darme una ducha caliente y vestirme con ropa más sencilla: una camiseta negra de cinco dólares y unos jeans genéricos de veinte. Esta elección me brindó cierta sensación de calma. Tomé mi teléfono móvil y llamé a Carlos. —Hola, ¿qué tal? —dije al teléfono. —Malachi, ¿cómo estás, hermano? —preguntó Carlos. ¿Alguna novedad sobre el libro? —inquirió. —Lo entregué a un conocido que sabe del tema. Hasta ahora solo sé que está escrito en latín y parece ser un libro esotérico. —Veremos, tal vez sea solo una broma de mal gusto. —Quién sabe. —Respondí. —Por cierto, ¿dónde está Tatiana? —Pensé que estaba contigo… —dijo Carlos. —Lo estaba, pero se fue. —Expresé. —No te preocupes, seguro aparecerá. —De acuerdo, amigo, hablamos luego. —Colgué. “¿Qué puede hacer un hombre adinerado y enamorado? Aparentemente nada, porque un hombre enamorado está indefenso”. Reflexioné para mí mismo. Decidí buscar un escape temporal y abrí la aplicación de contenido para adultos en mi teléfono. Observé un video en el que una mujer latina, voluptuosa y de generoso busto, realizaba movimientos sugestivos. Traté de conectarme con la escena, pero fue en vano. No sentí ningún deseo, estaba emocionalmente apagado. Opté por llamar a un viejo amigo con el que solía salir. —Hola, ¿quién es? —dijo la voz al otro lado. —Alex, soy Malachi. ¿Cómo estás, hermano? —¿Malachi? ¡Claro que me acuerdo! ¿Qué tal estás? —Bien, amigo, enfrentando la vida. Escucha, tengo una casa increíble, ¿qué te parece si organizamos una gran fiesta? —La verdad es que estoy corto de dinero. —No te preocupes por eso. —¿En serio? ¿Has tenido buena suerte? —Digamos que sí. —Bueno, dame un tiempo para organizarlo. —Alex colgó. Dejé mi casa y me dirigí al mercado, donde me encontré con una impresionante morena detrás del mostrador. Con sus curvas tentadoras y una expresión de aburrimiento y desdén, era imposible no notarla. Entré y le guiñé un ojo, a lo que ella respondió con desprecio. Tomé un carrito de compras y me dirigí a la sección de licores. Agarré una botella de Jägermeister para mí y empecé a llenar el carrito con todo tipo de bebidas alcohólicas: whisky, vodka, ginebra, brandy, tequila, ron y aguardiente, tomando un par de cada una. —¡Hola! —Saludé a la morena, pero no recibí respuesta. —Planeo organizar una fiesta espectacular en mi casa. ¿Te gustaría unirte? —Tengo que trabajar. —Respondió con indiferencia. —¿Cuánto ganas al mes? —pregunté. —No es asunto tuyo. —Contestó. —¿Ves ese Jeep n***o estacionado afuera? Es mío. Te daré el doble de tu salario mensual. —¿Dónde vives? —Preguntó con desgana. —En El Poblado. —Dejé quinientos dólares en el mostrador. —Dame un minuto. —Dijo ella. —Voy a llamar a mi inútil supervisor. Puso su teléfono en altavoz. —¿Hola? —Respondió el supervisor. —Voy a renunciar a este trabajo miserable, encuentra a alguien más. —Anunció con determinación y colgó. Salí del mercado acompañado por la atractiva morena y nos acomodamos en el Jeep. Puse música de reguetón y descorché una botella de whisky, lo que provocó que la morena sonriera y elevara un poco su falda. Estacioné en una esquina del barrio Antioquia y llamé la atención de un joven toxicómano que merodeaba por allí, luciendo jeans excesivamente holgados y un corte de cabello distintivo. —Zarco. —Le saludé. —Se aproximó con cautela, mientras la morena danzaba con gracia al ritmo del reguetón. —Háblame, jefe. —Dijo el Zarco. —Zarquito, necesito cien gramos de Tusi. —Le encomendé. —¡Vaya, jefe! Eso es una cantidad considerable. —Saqué quinientos dólares y se los entregué. Tomé la pistola de la guantera y la coloqué en las piernas de la morena. —Escucha bien, Zarquito, hazlo bien y te recompensaré. —Advertí. El Zarco mostró una mezcla de temor y obediencia. —Cuenta con ello, jefe. —Afirmó. Esperamos, la morena continuó bebiendo mientras subía el volumen de la música. —¡Aquí estoy, jefe! —Anunció el Zarco. —Casi no me querían vender esa cantidad, pero finalmente accedieron. Sobraron cien. —Gracias, Zarquito. Quédate con el cambio. —Le indiqué. La morena expresó admiración. Puse en marcha el vehículo. Llegamos a la casa y la morena se mostraba impresionada por el lujo del lugar. Encendí el sistema de sonido JBL con mi teléfono y aumenté el volumen al máximo. La morena aplaudió emocionada. Le ofrecí un poco de Tusi y luego me dirigí a la habitación. Llamé a Alex. —¡Al habla! —Respondió de inmediato. —Amigo, cuéntame. —Escucha, necesito tu ubicación. Invité a un amigo y creo que te llevarás bien con él. —Está bien. —Colgué. Descendí y encontré a la morena preparando líneas de Tusi en la barra del bar. Empecé a organizar las botellas en la barra siguiendo un orden alfabético según la marca. El timbre sonó, señalando la llegada de Álex. —¡Malachi! Amigo mío. —Me saludó con un fuerte apretón de manos. —Mira lo que traje. ¿Qué te parecen? —Preguntó con entusiasmo. Opté por no opinar. Las chicas se parecían entre sí: cuatro de cabello n***o, una rubia, pechos prominentes, curvas pronunciadas y tatuajes minimalistas sin un claro propósito. —¿Eres Malachi? —Indagó la rubia, mientras la morena del mercado le dirigió una mirada de desprecio. —Sí, soy yo. —Respondí, con la atención momentáneamente fija en sus tetas. —¡Jasón! ¡Mira, es El Malachi! —Anunció Alex, presentándome a un moreno de impresionante estatura, rapado, tatuado, con una barba oscura y fornida, musculoso. —Es un placer conocerlo, señor Malachi. —Declaró el moreno, extendiendo su mano hacia mí. Acepté el saludo y compartimos un apretón de manos firme. —Bienvenidos, todos ustedes están en su casa. —Anuncié a los chicos y a las acompañantes. La emoción se apoderó de la atmósfera de inmediato, la fiesta se encendió con entusiasmo.
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