AGUSTÍN Una sonrisa retorcida asoma en mis labios mientras contemplo la escena que tengo frente a mí. Esta noche ha tomado un giro peligroso. Nunca pensé tener en mi ático, en la mitad de mi sala, a la caprichosa que me atormenta en cada respiro ha cruzado la línea y ha entrado en mi guarida, caminando en el filo de un precipicio que no tiene vuelta atrás. Tiana Lander Davies. La niña mimada de uno de los hombres más temidos de Londres, y la hija de la mujer a la que, irónicamente, debo llamar “tía”. He estado obsesionado con esta mujer desde que éramos unos niños, pero siempre aprendía a controlar mis impulsos, tanto, que era ella la que siempre me perseguía mientras yo la ignoraba. Y aunque ella no lo sabe, esa inocente persecución que inició en su infancia no era más que el comienzo

