Stefanía.
Días después...
— ¿En serio hablaste con María Elena? — pregunté a Leah quién estaba embobada hablando de la hija menor de una figura pública que está en nuestra clase de Economía.
— No mentiría sobre eso. Fue con el imbécil de Nick, ¿sabes? —
— Si, quién no sabe de ese idiota, está mal, lo que me parece de mal gusto es que sea su novio—
— No podrás creer jamás que pensé igual. El asunto es que fue a la tienda y también a la biblioteca. Jamás había visto unos labios así Stefanía— decía mirando al techo.
Leah era mi amiga desde niña, nuestras madres murieron cuando éramos muy jóvenes y decidimos estudiar en la NYU, siendo así una de nuestras metas personales más importantes. Vivimos juntas, compartimos muchísimo y siempre confiaría en ella sin importar nada.
— Ten cuidado Leah. Recuerda que es una Watson y es de una familia muy poderosa; aunque estoy segura que solo serán amigas, en ella no hay un gramo de lesbianismo—
— Evidentemente dañas todo con esos comentarios tan negativos, pero si querida amiga, en lo último tienes razón— dijo resignada. — Ahora bien, qué molestia la del profesor de economía contigo, no lo entiendo, es un idiota Stef—
— Lo es, pero no tengo tiempo para aguantar sus idioteces—
— Me parece perfecto—
No podía decirle a mi amiga que me había besado con el profesor, tampoco que ese hombre había fortalecido en mí... unas ganas incesantes de follar. Debía esperar y ver qué pasaría ahora que ha pasado todo eso.
Al día siguiente, en clases noté que llegaba tarde y que su mirada no se posó en mí.
“Tranquila, que no puede mirarte descaradamente ni comerte la boca frente a los alumnos” me repetí eso como mantra en nuestras dos horas de clases. Ese tiempo fue eterno pero me encantaba tomarme momentos para mirar descaradamente su figura tan varonil.
Leah conversaba con María Elena amigablemente a lo lejos pero podía ver el babeo antinatural que mi amiga tenía por esa chica.
Al salir, se unieron a mi.
— María Elena, conoce a mi amiga Stefanía—
Ella amigablemente me dio la mano y sonrió.
— ¿Irán a desayunar?— pregunté mientras veía que el profesor Mark me miraba.
— Si, ¿Vendrás con nosotras?— preguntó curiosa Leah.
— No puedo, debo ir a la biblioteca, me toca trabajo hoy — dije esto mirando al profesor quien inmediatamente captó la indirecta y sonrió.
Abracé a mi amiga y a su nueva amiga/conquista y me marché. Cuando iba caminando, pasó por mí lado.
— Filosofía— susurró cerca de mí.
Iba pensando qué querría decir eso y luego de unos segundos supe que en esa área estaría esperándome.
Miss Jacke al verme me saludó con euforia.
— Hoy no tienes un área específica, solo irás supervisando que todo esté orden, ¿Está bien?—
Asentí y fui al baño por el uniforme. Cuando salí, me fui al área de filosofía tan rápido como pude. Al estar allí no lo ví y pensé que se cansaría de esperar.
— Todo deseo estancado es un veneno— susurró en mi oído esa frase que si ya estaba loca, me encontraba desquiciada.
— ¿Siente usted su veneno o el mío? — pregunté mientras volteaba para tenerlo de frente.
— Siento el mío, pero el suyo Srta. Klumps tengo la certeza de experimentarlo pronto—
Reí y él también lo hizo.
— ¿Le gusta André Maurois o solo es coincidencia? —
— Es coincidencia, así como usted lo es— y se acercó un poco más. — No puedo tardar mucho, debo asistir a una reunión muy importante pero quería invitarla a cenar, fuera de la ciudad por supuesto— dijo por lo bajo mirando a los lados.
Me acerqué más y besé la comisura de sus labios.
— Acepto... “Debo encontrar una verdad que sea verdad para mí”— y me separé.
— ¿Acaba usted de citar a Søren Kierkegaard?— preguntó asombrado mientras me iba.
Volteé. —Así es— respondí.
— A las 6 sabrá de mí— y se marchó.
Pasé mucho tiempo pensando por breves momentos de ocio en “fuera de la ciudad”. Esa frase no salía de mí.
—¿Cómo sería eso posible cuando estamos un poco lejos?—
— ¿Qué está lejos?— preguntó Leah.
Rayos... pensé.
— Hablé en voz alta, no me di cuenta— me quedé un rato callada después de decir eso. — Hoy saldré... ehmmm , iré algo lejos, pero aún no me hagas preguntas Leah—
—¿Disculpa? Cómo no voy a hacerte preguntas? —
— Después te cuento, ¿Si? —
En ese instante no me respondió. Se quedó como confundida y solo levantó las manos en señal de rendición.
Las horas iban pasando y no sabía nada de él. La hora acordada había pasado hace dos horas y aún creía que podía tan siquiera avisar y decir: “Ya no quiero” o simplemente citar a algún filósofo para mandarme a la mierda, pero era tan vil, que prefirió dejarme plantada.
Casi a la media noche, escuché a Leah volver, revisé mi celular y no había nada más que correos con revisiones. En mi pecho había un desorden emocional y como si fuera poco, al día siguiente era el cumpleaños de mi madre. Pensar en su muerte me llenó de un dolor. Por años necesité el calor de sus manos cuando algo en mi faltaba, su comprensión y permiso cuando mi padre no me permitiera salir de compras o simplemente un beso en la frente cuando me rompieran el corazón como sucedía en este momento.
El amanecer llegó y me di cuenta que estuve horas despierta deseando tener 6 años. y queriendo escapar. En la cocina estaba Leah y al verme, corrió a abrazarme. Solo ella entendía mi dolor, Leah sabía que hoy sería un difícil para mí y lo que necesitaba era despejar mi mente.
— Iremos a la universidad primero, ¡Arréglate!— decía Leah, seguro tenía un plan.
Al llegar a la universidad, Leah fue por los libros y me dejó en espera, situación que odio. Luego de unos minutos, a lo lejos vi al profesor Mark. Él por su parte se paralizó y al momento en que decidió andar, como acto de protección, me fui muy rápido a la cafetería sabiendo que allí no intentaría nada.
Muy rápido me senté con unos amigos y él solo me miró de lejos con las manos en los bolsillos y su rostro tenso. Con sus ojos atravesaba cada parte de mí, pero no le di el privilegio de poner mis sentimientos al borde del abismo. Estaba segura que deseaba tenerme a solas pero ya era suficiente.
— Listo. ¡Vámonos compañera de tragos y aventuras!—decía mi amiga tomándome del brazo. El profesor no quitaba sus ojos de mí, hasta que me perdió de vista.
Cuando llegamos, era un parque de diversiones, lo cual era extraño ya que Leah no era de esas.
— ¿Recuerdas esa rueda gigante donde nos llevó tu madre aquella vez que casi pierdo un diente?— asentí llorando. — Teníamos 9 años y mi madre tenía una año de muerta— Leah comenzó a llorar.
— Tú estuviste para mí y lloraste conmigo hasta el amanecer cada día de mi vida sin saber que tu también atravesarías esa terrible experiencia dos años después— decía limpiando sus lágrimas. — Solo quiero decirte que estoy contigo, que nunca permitiré que te hagan daño, siempre estaré al pendiente de ti, no porque eres mi amiga sino porque eres mi hermana —
Abracé a mi amiga tanto y lloramos juntas como esa vez cuando éramos solo niñas.
Los juegos en ese parque fueron disfrutados por nosotras y la alegría de tener a Leah en mi vida era lo que necesitaba después de tanto.
Continuará...