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VEN Y ARRUINA MI MATRIMONIO

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Blurb

Emily tiene un matrimonio que se derrumba luego de 5 años de peleas y conflictos... y él aparece para arruinarlo completamente. Mientras su matrimonio se desgasta a manos de su egoísta esposo, su jefe le demuestra que el matrimonio y el amor están llenos de mitos.

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EL AMOR NO ES SUFICIENTE PARA QUE UN MATRIMONIO FUNCIONE
Casarse… es una estafa. Me había casado demasiado joven, apenas a los veinte años; antes de ello, había investigado sobre lo que es el matrimonio, y creído ciegamente en una montaña de mitos acerca de lo que debe ser una pareja casada. Pero ahora que habían transcurrido 5 años, el primer mito era desmentido de una forma cruda y dolorosa. El amor NO es suficiente para que un matrimonio funcione. —Divorciémonos. Lo dije con la boca seca y la garganta contraída. El divorcio había sido una idea que me había tragado varias veces, durante discusiones intensas, problemas y breves separaciones; y todo porque tenía la esperanza de que mi matrimonio cambiará y superaremos esa “fase” pronto. Me había negado por años a decirla, pero ahora al fin salía de mi boca, como una solución definitiva al tormento donde vivíamos. —¿Qué dices? Deslicé la solicitud de divorcio en la mesa, entre ambos. Mi esposo bajó la mirada y le dio un breve vistazo, luego alzó una ceja y emitió una burla por lo bajo. —Veo que vas en serio, Emily. Tragué saliva y asentí. Mi cuerpo estaba en completa tensión. —Es lo mejor para los dos… —¿Ya no me amas? Dudé. ¿Aún amaba a mi marido? ¿Las discusiones constantes no habían desgastado todavía mis sentimientos? —¿Tú aún me amas? —le pregunté a mi vez—. No creo que nuestros sentimientos sean los mismos del principio… —¿Y eso es malo? Llevamos 5 años casados, el matrimonio mata el amor, lo vuelve rutina. Con la mano tomó la solicitud e hizo una pelota con ella, luego se levantó y rodeó la mesa para alcanzarme. Antes de poder ponerme en alerta o alejarme, sus dedos atraparon mis mejillas y las apretó con demasiada fuerza. Me quejé, viendo como cerraba la mandíbula y su rostro se volvía hostil. —¿Cómo tienes el descaro de pedirme el divorcio después de todo lo que he hecho por ti, Emily? —sus dedos temblaron, apretando con mayor fuerza mi cara. Y su voz pasó de un siseo contenido a una exclamación de rabia pura— ¡¿Cómo puedes pedirme separarnos luego de ser yo quién siempre da más en este matrimonio?! Mi corazón tembló de miedo; una reacción que siempre me causaba cuando se ponía así. Al principio era diferente, pero poco a poco había comenzado a mostrar ese comportamiento, esos arranques de ira y esa agresividad. Y ahora me aterraba. —Joel, cálmate… —¡¿Cómo carajos te atreves a pedirme algo como eso cuando te he soportado y aceptado que no cumplas tu deber dentro de esta relación?! Mi expresión se llenó de dolor, y mis ojos de lágrimas. Pero en lugar de detenerse, sonrió con burla y siguió hiriéndome. —Durante estos 5 años, no has podido darme una familia, Emily. Ni siquiera una hija. Todos mis compañeros de trabajo ya son padres, festejan los cumpleaños de sus hijos y hacen viajes familiares. ¿Y yo qué? ¿Qué digo cuando me preguntan para cuándo tendré a mis hijos y participaré en esas reuniones de fin de semana de las que solo me queda escuchar? Tomé su muñeca con una mano temblorosa, pero no tuve fuerzas para alejarlo. —Para colmo, me he hecho cargo de la mayoría de los gastos de la casa, porque tu puesto en tu trabajo es miserable, y solo estás estancada allí, sirviendo en recepción. Mis labios temblaron. Sentí el sabor salado de mis lágrimas en la boca. —Sin contar, claro, que por años he costeado el tratamiento de tu madre contra su enfermedad. Sabes que el cáncer de estómago es mortal, y que ninguna operación o costoso medicamento la salvará, ¿y aún así no lo aceptas? ¡Me has hecho gastar una montaña de dinero en ella, en un gasto sin sentido, una pérdida de dinero! Sus gritos me hicieron temblar, pero mientras más miraba su cara, sin pizca de compasión por mí; como sí fuese un extraño el que me lastimaba y no mi esposo, vino una repentina explosión de odio. —¿Y por qué no simplemente me dejas? —como pude alejé su agarré de mi cara y retrocedí limpiándome las lágrimas—. No puedo darte un bebé, gastas en mi mamá dinero que no quieres, ¿y aún te niegas a soltarme? ¡Solo firma el maldito divorcio y déjame en paz! Mi voz hizo eco por la casa, su casa, y seguro los vecinos me oirían. Pero no me importó, mi voz siguió saliendo en un grito roto, pero fuerte. —¡Prometiste que nunca me echarías en cara tu ayuda, pero eres un maldito mentiroso! ¡Juraste que jamás me humillarías ni me tratarías como si fuese menos! Creí que vendría por mí y me haría lamentar haberle gritado, pero mi esposo solo me miró con una cara que reprimía una intensa ira. Y yo bajé los hombros, mirándolo con silencioso dolor. —Cuando nos casamos, ¿no prometiste ser bueno conmigo? Cuando mi mamá enfermó, ¿no dijiste que juntos afrontaríamos su enfermedad, porque ella era como tu propia madre? Cuando comencé a trabajar, ¿no dijiste que debería dejarlo y dedicarme solamente al hogar, para estar siempre para ti? Miré el papel arrugado en el suelo con ojos vidriosos por las lágrimas que apenas podía contener. —Si ya no me soportas y me ves a mi y a mis problemas como una carga, ¿por qué no firmas y le das fin a todo esto? Alcé la cara, para toparme con un rostro que ya no conocía en absoluto. —Estoy formando mi propia empresa, buscando inversionistas, Emily —me explicó con poca paciencia—. ¿Cómo crees que me vería para todos sí de repente me divorcio de la mujer que ha estado a mi lado por 5 años? Aunque ganes una miseria, aunque tu madre sea una carga en mis hombros, no puedo separarme en este momento. Anda, Emily, finjamos un poco más. Avanzó hacía mí y recuperó la solicitud de divorcio del suelo. Me la puso en las manos y me palmeó el hombro mientras pasaba por mi lado, directo a la puerta. —Nos vemos por la noche, cielo. Ve al trabajo y pon buena cara. Y no vuelvas a tocar ese tema tan ridículo. La próxima vez, de verdad lo lamentarás. No me moví, solo respingue un poco cuando azotó la puerta al salir. Me quedé parada un largo rato, pensando, recuperándome, y finalmente me limpié la cara y, tomando mi bolso, salí al trabajo también. En la oficina guardé mis problemas solo para mí y puse una cara completamente diferente. Sonreí y fui amable con todos, incluso con mi jefe que estaba a punto de jubilarse y dejarme sin puesto. —Tú siempre tienes buen ánimo, Emily —me dijo después de firmar un puñado de documentos para mí Asentí sonriendo y miré hacía la ventana. —Hoy es un día bonito. Él también miró al exterior; al cielo claro y limpio. Durante la noche había llovido y ahora había un delicioso olor a humedad en el aire. —¿Ya has pensado en qué harás cuando me jubile? —me preguntó, y mi pecho se contrajo en silencio—. Estoy a nada de irme, después de 40 años trabajando aquí. Incluso compré una casa en los suburbios para estar con mis nietos. Mantuve mi sonrisa y me encogí de hombros. —Aún no lo sé, señor. Buscaré otro trabajo… —¿Puedo recomendarte para otro puesto? —me detuvo, apuntándome con su pluma—. Alguien muy querido busca una asistente para su nuevo puesto. Será aquí mismo. ¿Te gustaría? Con una explosión de fuegos artificiales estallando en mi estómago, apenas pude reprimir la explosión de alegría. Sonreí ampliamente, apretando las carpetas contra mi pecho. Un nuevo puesto quizás significará más dinero. —Si, señor, me gustaría mucho —dije, con toda la emoción apenas contenida. Y solo días después llegó a mi correo la nueva oferta laboral, una promoción, un ascenso a asistente para un alto ejecutivo, y con un sueldo que nunca hubiese imaginado ganar. Ni siquiera revisé los datos de la persona para la que trabajaría, solo me fijé en la cantidad que me pagaría. Con un sueldo así, yo podría costear todos los gastos de mi mamá e incluso dentro de algunos meses podría comprarme un coche propio para ya no viajar en metro. Con emoción llegué a casa y ni siquiera me importó el malhumor de mi marido. Esta vez, después de la cena, deslicé sobre la mesa un papel muy diferente al del divorcio. —¿Qué es esto? Desdobló la hoja y la leyó. Sus ojos se abrieron al final. —¿Un ascenso? — me miró y sonrió—. Es increíble, este dinero podemos invertirlo en mi empresa y crecer más rápido. Se dejó caer contra el respaldo de la silla, sin notar como mi sonrisa orgullosa se esfumaba. —Será mi dinero… —Un matrimonio lo comparte todo —me cortó en seco—. ¿No es tu turno de ayudarme a prosperar? ¿Debo recordarte que estoy estancado porque absorbo la mayor parte de los gastos aquí? Esa sensación de culpa llenó mi estomago de nuevo, como siempre. Desde la primera intervención de mi mamá, Joel se había hecho cargo de casi todo; al principio de buena gana, después con reproches. —Ve a la entrevista y da una buena impresión a tu nuevo jefe. Gánate ese puesto, Emily, es lo menos que puedes hacer por mí. Se levantó y yo me quedé en la mesa, mirando el papel con la misma cara con la que había mirado la solicitud de divorcio. El puesto ya era prácticamente mío, la entrevista sería solo una formalidad, ¿pero el dinero que ganará iría a las manos de mi marido? ¿Tendría un nuevo puesto en el trabajo, pero no mejores beneficios? El día de la entrevista me vestí con formalidad; blusa blanca y falda negra de oficinista, zapatos de tacón y el único collar de piedras Swarovski que Joel me había obsequiado el día de nuestra boda. Con el estómago vuelto un nudo por los nervios, esperé en una sala de juntas en el piso más alto del edificio; reservado para ejecutivos de alto nivel y para el nuevo director general que tomaría la compañía después del reciente retiro de su padre. Por 15 tormentosos minutos tamborileé los dedos en la caoba de la mesa y repasé los valores de la empresa y mis logros como loca una y otra vez, en murmullos bajos y constantes. Estaba tan ensimismada en las preguntas que podrían hacerme, que pasé por alto cuando la puerta se abrió y alguien me llamó por mi apellido de casada. No me di cuenta de la nueva presencia hasta que una mano grande, adornada con un lujoso reloj Rolex tomó mi muñeca y detuvo en seco mis movimientos nerviosos. Cuando alcé la cara, vi directo a los ojos más extraños e impresionantes que había visto en mi vida. Dos tonalidades muy diferentes en el mismo iris: dorado y gris convergiendo en la misma mirada. —¿Es usted Emily Carter? —La voz gruesa y segura traspasó mis sentidos. Y fue tarde, cuando trasladé mis ojos al resto de su rostro, descubrí que el resto de él era aún más impresionante.

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