( Capítulo 5: La noche en que todo cambió Mientras estaba Rompiéndome en mil pedazos )

910 Words
Antonio, cada vez más callado y ausente, había cambiado su dinámica en casa. Salía temprano y regresaba tarde, siempre alegando una carga de trabajo abrumadora. Marian, como buena esposa, intentaba no molestarlo cuando estaba en casa, asegurándose de que descansara. Sus hijos habían regresado de sus vacaciones, y la normalidad volvió al hogar. Marian tenía tres hijos propios y tres más de Antonio que ella había criado con amor y entrega, aunque les enseñó a llamarla "tía" como un gesto de respeto hacia su madre biológica. Entre ellos, su mayor tesoro era Rolibel Sánchez, la única niña de la familia. Con su cabellera oscura, larga y ondulada, Loli era la consentida del hogar, querida y protegida por todos. Era viernes por la mañana, y el comedor estaba lleno de risas y conversaciones mientras Marian servía chocolate caliente y pan tostado. —Buenos días, mis amores. ¿Cómo amanecieron? —preguntó con alegría mientras colocaba las tazas en la mesa. —Bien, mami. Gracias. Ayer tuvimos un juego, ¿verdad, Danny? ¡Y quedamos campeones! —dijo Fran, uno de sus mayores, emocionado. Danny, el mayor, sonrió con orgullo. Aunque tres años mayor, lo cuidaba y encaminaba como buen hermano, compartiendo aventuras y travesuras. En casa, no había visitas ajenas, solo familiares, lo que fortalecía los lazos entre los niños. —¡Qué bueno! Perdón por no ir ayer, estuve muy ocupada. Pero prometo ir la próxima vez. Esta noche lo celebramos, ¿les parece? MacGregor, su segundo hijo, intervino: —Mami, pero hoy mi tía Rai viene a buscarnos. ¿No te acuerdas? Es la fiesta del gatito. MacGregor era el más parecido a Marian, tanto en carácter como en físico. Ella asintió mientras respondía: —Tienes razón, mi amor. Bueno, les dejaré todo listo para que se arreglen. Después nos veremos allá cuando salga del trabajo. —Ok, mami. Marian miró a Loli, su pequeña de ocho años, y le dijo con ternura: —Loli, apenas salgas de clase, llámame para enviarte a arreglar el cabello. Después te llevamos a la fiesta. —Ok, tía. Marian siempre se había asegurado de criar a Danny, Antonio Jr. y Rolibel con el mismo amor que a sus hijos biológicos, pero también les inculcó el respeto por su madre biológica, por lo que ellos la llamaban "tía". Este detalle no disminuía el amor que ella sentía por ellos. Mientras todos desayunaban, Antonio apareció en el comedor. Miró a su familia y, con tono seco, anunció: —Me voy. Llegaré tarde hoy. Marian, trata de volver temprano a casa. Ella, juguetona, lo pellizcó en el brazo. —¿Y eso? ¿Qué tienes pensado hacer conmigo? Antonio sonrió levemente. —Ya veremos. Chao. Le dio un beso en la frente, bendijo a los niños y se marchó. Para Marian, era un día más. Sin embargo, no podía imaginar que esa noche marcaría un antes y un después en su vida. --- La noche oscura El día transcurrió con la rutina habitual, pero al caer la noche, Marian llegó a casa algo cansada y estresada. Al bajarse del taxi, notó el auto de Antonio estacionado en el patio, algo inusual a esa hora. Al entrar, la casa estaba en penumbra, iluminada apenas por el tenue reflejo de la televisión que se proyectaba bajo la puerta de su habitación. —¿Antonio? —llamó mientras abría la puerta. Lo encontró sentado en la cama, con una expresión sombría que le hizo fruncir el ceño. —Hola, mi chocolate. ¿Cómo estás? Se acercó a él, trepándose a sus piernas y cubriéndolo de besos como era su costumbre. Sin embargo, notó algo extraño. —¿Qué tienes, amor? ¿Hay algún problema en el trabajo? Antonio la miró con ternura, pero en sus ojos se veía un peso que Marian no lograba descifrar. —No, todo está bien. Desvió la mirada por un segundo antes de volver a encontrarla. —Mari, necesito que hablemos de algo importante. Por favor, trata de tomarlo con calma y madurez. Marian sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Qué pasa, amor? Dime. Sabes que puedes contarme lo que sea. Antonio bajó la cabeza, sus manos temblaron, y sus lágrimas comenzaron a fluir sin control. —Ay, mi niña... Lo que voy a decirte cambiará muchas cosas, y no sé cómo empezar. El corazón de Marian se aceleró. —Antonio, dime. Lo resolveremos juntos, como siempre lo hemos hecho. Somos una familia. Antonio la bajó de sus piernas y se levantó, incapaz de mirarla directamente. —Siéntate, por favor. Necesito que me escuches. Solo te pido que me perdones. Marian obedeció, confusa y aterrada. —Mari... conocí a alguien hace dos años. Fue algo casual, no sé cómo pasó, pero empezamos a salir... y ahora ella está embarazada. No quiero dejarla sola. El silencio llenó la habitación. Marian sintió como si el aire desapareciera a su alrededor. Las palabras de Antonio eran dagas que se clavaban profundamente en su pecho. —¿De qué estás hablando? ¿Qué dices, Antonio? Su voz salió quebrada, apenas audible. —La mujer de Farmatodo existe. Y el hijo que espera... es mío. Antonio habló con la mirada fija en el suelo, mientras Marian se hundía en un mar de lágrimas silenciosas. No podía entenderlo. Durante años había construido un hogar, una vida, y en un instante todo se desmoronaba frente a sus ojos. Quedó muda, sin saber si gritar, llorar o simplemente desaparecer.
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