( Capítulo 3: Entre sueños y desengaños pero Tomando nuevos rumbos )

893 Words
La última semana de Marian junto a su madre había sido extrañamente diferente. Rosa, acostumbrada a la dureza y el silencio, se había tomado el tiempo para aconsejarla, hablándole de lo que, según ella, debía hacer para ser una buena compañera de vida. En tan solo dos meses, Antonio había convencido a Marian de que él era distinto, que no era como los hombres a los que había visto a lo largo de su vida, especialmente su padre. Marian, con las maletas llenas de sueños y metas, estaba decidida a dejar atrás las sombras de su juventud para construir una vida nueva y brillante. El jueves por la tarde, como estaba previsto, el viaje comenzó. Antonio guardó el equipaje en el auto y, al notar los nervios de Marian, le dedicó una sonrisa cálida. —Desde hoy, te prometo que haré hasta lo imposible por hacerte feliz. Ella lo abrazó con fuerza, sintiendo cómo sus palabras la llenaban de esperanza. —Gracias, Antonio. Te aseguro que no te arrepentirás. Mientras el auto avanzaba por el camino, Marian observaba por la ventana cómo su casa, su pueblo y su madre quedaban atrás. Una mezcla de emociones la invadió. Estaba emocionada, sí, pero también asustada. Nunca había estado lejos de su hogar, de la tierra que la vio nacer. Sin darse cuenta, el vaivén del vehículo la arrulló, y cayó en un sueño profundo. Cuando despertó, sintió besos suaves en su cuello y una voz dulce susurrándole: —Princesa, llegamos. Al abrir los ojos, la recibió la sonrisa radiante de Antonio. Por un momento se sintió desorientada, pero al verlo supo que era real. Estaba lejos, muy lejos del llanto y el dolor que había presenciado en su hogar. Sin embargo, un destello de culpa cruzó su mente al pensar en su madre, pero rápidamente lo desechó. Ella debía construir una vida distinta, algo mejor. Antonio tomó su mano y la condujo hacia una pequeña casa. Sacó las llaves del bolsillo y, mientras abría la puerta, le dijo: —Esta es tu casa, princesa. Mientras estuve en tu pueblo, logré comprarla para ti. Una de mis hermanas me ayudó a equiparla un poco, pero te prometo que te daré todo lo que necesites. Quiero que seas muy feliz aquí. Marian, llena de emoción y lágrimas, se acercó temblorosa para agradecerle con un beso. Ese beso se convirtió en caricias y, en la intimidad de aquella primera noche, Marian entregó lo más preciado que tenía: su inocencia. --- Tres años después Mucho había cambiado en esos tres años. La madre de Marian finalmente dejó a su padre. Aunque Rosa ahora era una mujer libre, su rostro seguía marcado por la tristeza y el desencanto. Había sobrevivido a un infierno de golpes y humillaciones, y aunque no tenía grandes aspiraciones, al menos disfrutaba de la paz que su nueva vida le ofrecía. Iván, por su parte, no había cambiado en lo más mínimo. Seguía siendo el mismo hombre mujeriego y amante de la bebida, indiferente a los estragos que había causado en su familia. Marian, en cambio, estaba cumpliendo casi todas sus promesas. Aunque aún no tenía hijos, se había casado legalmente y había formado un hogar que, a simple vista, parecía lleno de amor y estabilidad. Antonio no la había golpeado ni maltratado jamás. Marian se había convertido en una profesional en belleza y trabajaba como manicurista en Ciudad Ojeda, donde se hizo bastante conocida, especialmente en el año 2010, cuando esta profesión estaba en auge en Venezuela. Con el tiempo, Marian y Antonio tuvieron tres hijos: Franklin, MacGregor y Raimer. Para ella, eran su mayor orgullo y felicidad. Aunque Antonio siempre les dio todo lo que necesitaban, Marian trabajaba arduamente, convencida de que debía forjar su propio camino. Su negocio prosperaba, y su vida parecía perfecta, pero, como dice el dicho, "nada dura para siempre". --- El inicio del desengaño Una tarde, durante el almuerzo con sus compañeros de trabajo, un colega estilista hizo un comentario que cambiaría todo: —Marian, necesito decirte algo, y espero que no lo tomes a mal. Ella lo miró con curiosidad. —Claro, dime. —Mira, frente a donde trabajo hay una tienda donde atienden unas chicas. He visto el auto de tu esposo allí varias veces, y me parece que las chicas se suben y bajan del carro. No sé, tal vez estoy equivocado, pero quería decírtelo. Marian escuchó atentamente, pero sus palabras no la inquietaron. Ella confiaba plenamente en Antonio, quien, según creía, jamás le haría daño. —¿Antonio? No creo que sea él. Seguro te estás confundiendo. Ese hombre es medio aburrido, siempre está entre el trabajo y la casa. Su colega no parecía muy convencido, pero respondió con un encogimiento de hombros: —Bueno, tal vez estoy equivocado. La conversación cambió de tema, y Marian no volvió a pensar en lo que había escuchado. Estaba tan segura de su relación, tan convencida de que su vida era perfecta, que ni por un momento se detuvo a cuestionar si aquello podría ser verdad. Lo que Marian no sabía era que todos, menos ella, conocían la verdad. Antonio le era infiel abiertamente, pero ella había preferido vivir en su burbuja de confianza, ciega ante las señales que comenzaban a aparecer. El destino, sin embargo, pronto le mostraría que la perfección no era más que una ilusión.
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