( Enfrentando la cruda realidad el amor había muerto )

848 Words
Antonio, con un gesto cargado de desprecio, solo meneó la cabeza en señal de reproche antes de girarse y marcharse por el pasillo. Marian, incapaz de sostenerle la mirada, bajó la cabeza. Sus manos pálidas temblaban mientras nuevas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Lo sabía, Antonio nunca la perdonaría. El enfermero la condujo hasta el ascensor mientras Luceidy la seguía de cerca. Al verla llorar de nuevo, se inclinó para susurrarle al oído: —Deja de llorar, cuñi. Piensa en el bebé y en los niños. Mientras más rápido te mejores, más pronto nos iremos, ¿ok? Marian asintió en silencio. Inspiró profundamente y trató de recomponerse justo cuando las puertas del ascensor se abrían. Ya en la habitación, después de que el enfermero se retirara, Luceidy comenzó a desempacar la maleta que habían traído para ella. Sacó ropa y productos de limpieza personal, pero sus manos se detuvieron al ver un vestido blanco largo con flores. Sus ojos se llenaron de lágrimas al reconocerlo: aquel vestido era un regalo de su esposo, comprado hacía apenas unos meses en uno de sus viajes. Miró a Marian, quien, al notar su reacción, comenzó a llorar nuevamente. Luceidy se acercó a ella y, con voz suave, le dijo: —Ven, vamos al baño. Después de bañarte te sentirás mejor, como dijo el médico. Marian no se resistió. Dejó que su cuñada la ayudara a desvestirse y a lavarse el cabello. Mientras el agua caía, notó rastros de sangre que se mezclaban con el jabón, pero no se permitió pensar demasiado en ello. Al salir, aunque exhausta, se sintió más ligera. Una vez vestida y recostada en la cama, Marian, con una voz apenas audible, preguntó: —Cuñi, ¿cómo me encontraron anoche? Luceidy se sentó junto a ella, tomó aire, y comenzó a relatar: —Cuñi, llevas aquí tres días. Estabas inconsciente cuando te encontré. Ray me avisó que habías enviado un mensaje extraño, y algo no me cuadraba. Antonio había llegado y estaba encerrado en el cuarto de mamá. No podía quedarme tranquila, así que fui a hablar con él. Le dije que fuéramos a ver qué pasaba y lleváramos a los niños. No me respondió nada, solo se levantó y me siguió. Hizo una pausa para secar sus lágrimas antes de continuar: —Cuando llegamos a tu casa, todo estaba oscuro. Entré a tu cuarto y vi vidrios rotos por todas partes. Fui al baño y... te encontré allí. Creí que estabas muerta, cuñi. Grité y Antonio entró corriendo. Él te sacó del baño. Marian, impactada por el relato, colocó su cabeza en el hombro de Luceidy y, con un hilo de voz, murmuró: —No me va a alcanzar la vida para pedirles perdón. ¿Mi mamá sabe algo de esto? —Claro que sí. Es tu mamá, ¿cómo ocultarle algo así? —¿Y qué dijo? —Se puso como loca, pero Antonio la convenció de que no viniera. Marian asintió en silencio. Aunque lo entendía, sabía que enfrentarse a su madre sería inevitable. Después de unos segundos, añadió: —Es natural que la llamaran. Es mi madre. ¿Sabes? Nunca me había parecido tanto a ella como ahora. Luceidy la miró, desconcertada. Rosa, la madre de Marian, era completamente distinta: una mujer blanca, de ojos color miel, bajita, robusta y de cabello rizado. Marian, en cambio, era alta y delgada, con cabello n***o como la noche que caía hasta su cintura, ojos rasgados y oscuros, y rasgos indígenas heredados de la familia paterna, descendientes de los arawakos del Amazonas venezolano. A pesar de sus diferencias físicas, Marian no se refería al parecido físico, sino a la fuerza con la que ambas enfrentaban las adversidades, aunque ahora se sentía demasiado frágil para demostrarlo. Luceidy tomó un cepillo y comenzó a peinarla mientras hablaba con suavidad, como si temiera que Marian pudiera desmoronarse en cualquier momento. —Mari, no sé por qué dices esas cosas. Ni siquiera entiendo por qué Antonio te está causando este dolor. Solo quiero que estés bien y no hagas más locuras. Voy a llamar a Luz para que me ayude a cuidarte. Juntas saldremos de esto, pero necesitas esforzarte. Piensa en los niños, cuñi. Marian no respondió. Miraba por la ventana, observando a las personas que entraban y salían del hospital. Algunos caminaban con prisa, mientras otros cargaban el peso del dolor de haber perdido a un ser querido. Marian dejó que las palabras de Luceidy se quedaran suspendidas en el aire mientras su mente volvía a Antonio. Él había sido el amor de su vida durante quince años. Era el hombre que le había enseñado el significado del amor, pero también, ahora, el verdadero dolor. Porque amar de verdad a alguien significaba abrirse a una herida que, a veces, nunca lograba sanar. Luceidy terminó de peinarla y arregló la cama para que pudiera recostarse. Sin embargo, Marian permaneció en la ventana, perdida en sus pensamientos, tratando de encontrar fuerzas para continuar por los niños, por ella misma, pero sobre todo, para enfrentar a la vida que todavía tenía por delante.
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