3. La mujer del señor Boris.

2014 Words
3. La mujer del señor Boris. Henry. Pocos días después del memorable castigo, llegan visitas a casa. Se trata de una pareja de recién casados. El señor es un amigo de mamá que acaba de casarse; mamá le ha pedido que la visite durante su viaje de bodas y que pasara unos días con nosotros. El señor es un hombre atractivo, alto y de fuerte constitución; el aspecto de su mujer es delicado, aunque tiene un buen cuerpo, los hombros y pechos bien formados, talle pequeño y piernas firmes, brazos esbeltos, manos y pies pequeños, y ojos muy brillantes. Al segundo día de su llegada por la tarde me meto a la recámara de los huéspedes, donde están instalados nuestros invitados. Al estar ahí, los escucho subiendo las escaleras. La mujer entra primero, y me queda apenas poco tiempo para meterme en el placard y de cerrar la puerta, que sin embargo queda ligeramente abierta. Un instante después aparece el señor Boris, quien es el que cierra con suavidad la puerta y la cierra con llave. Su mujer le dice: —Amor mío, en verdad eres un calenturiento, no me dejas descansar un solo momento. Estoy segura que me dirás que no has tenido bastante con lo de anoche y lo de esta mañana. —Claro que no, querida —dice él—. Nunca es suficiente tener de tu delicioso cuerpo pero vayamos a lo nuestro, no podemos entretenernos mucho si no queremos que noten nuestra ausencia. Dicho esto, la agarra por la cintura, le acerca los labios y le da un larguísimo beso sin dejar de estrecharla entre sus brazos. Luego se sienta la alza sobre sus rodillas y desliza sus manos debajo de su vestido, permaneciendo sus bocas pegadas todavía durante un rato. —Tenemos que darnos prisa, cariño —murmura ella. Él se pone de pie y la hace sentarse al borde de la cama, y la hace recostarse, le saca su calzón y luego le separa las piernas con los brazos, la deja totalmente expuesta ante mi vista. La mujer no tiene tanto vello sobre el monte de Venus como Sofía, pero su raja muestra unos labios más urgentes y parece más abierta. Sabes lo excitado que estoy cuando veo al señor Boris desabotonarse los pantalones y sacar una v***a inmensa. ¡Dios mío, es tan larga que abro la boca! Con sus dedos, el señor Boris acomoda la cabeza de su pija entre los labios de la concha de su mujer, y luego, con la ayuda de ambos brazos sujeta sus piernas, y se la mete sin más hasta el fondo. Yo estoy asombrado de que la señora no grite de dolor ante el tamaño del pene de su marido que acaba de introducirle en el vientre. El caso es que no sólo no pega alaridos, sino que además parece disfrutar y mucho. Sus ojos brillan, tiene el rostro encendido y sonríe con la mayor simpatía a su esposo. Ambos parecen embelesados. La larga v***a del señor Boris entra y sale sin ninguna dificultad, y sus manos aprietan las nalgas lisas y anchas, atrayéndolas hacia sí en cada arremetida. Siguen así unos cinco minutos, y luego el señor Boris se detiene en seco; en seguida y mientras la mira de un modo bastante estúpido, tiene un par de sacudidas convulsivas. Por fin, después de permanecer quieto unos instantes, saca la v***a, ahora fláccida y empapada de algo que gotea sobre la alfombra. Coge una toalla y limpia la alfombra, y envuelve la v***a, y se acerca a la ducha para lavarse. La mujer sigue echada unos minutos más, exhibiéndose todo y con la raja más abierta que antes, de la que vi salir un líquido blanca. No puedes imaginar la terrible excitación que esta escena me produce. De pronto tengo la explicación del gran misterio, y mis torpe palo erecto acaba de descubrir su objetivo en la vida. Después de dejarme tiempo suficiente para admirar la hermosura de sus partes íntimas, la mujer del señor Boris se pone de pie, se ajusta la falda, y arregla la cama. Mientras tanto su esposo sale de la ducha, se acerca al espejo para arreglarse el cabello. Hecho esto, abre despacio la puerta y sale. La puerta se cierra una vez más, y su mujer va hasta la ducha, y la abre, hasta que se ponga a temperatura, se desnuda y luego se mete de una, se lava las entrepiernas con una esponja y finalmente se seca con una toalla, sin dejar de ofrecerse a mi ardiente mirada. Carajooo. Al terminar viene hacia el placard donde estoy escondido. Entonces abre la puerta y, nada más verme, lanza un grito. Los colores se me suben hasta las orejas. —Disculpe... discul... —y trato de balbucear una disculpa. Ella al principio se queda mirándome con asombro, y luego de unos minutos me dice: —¿Cómo ha llegado hasta aquí, guapo jovencito? —Estaba aquí cuando ustedes entraron. Vine por mi pelota, que guardo en este cuarto y al escucharles llegar no se me ocurrió otra cosa que esconderme aquí. Por unos minutos parece observarme y estudiarme detenidamente. Luego dice: —¿Podrías guardar el secreto, guapo? —Por supuesto, señora. —¿Nunca le contarás a nadie lo que viste? —Nunca se lo contaré a nadie, señora. —Bien, si sabe mantener su promesa veré el modo de recompensarte, hermoso jovencito. Ahora márchate. Me dirijo hasta el aula pero me encuentro agitado, tanto que casi no me doy cuenta de lo que hago. La escena que he presenciado se ha apoderado por completo de mi mente. La práctica explicación de ese misterio ha despertado en mí todos los deseos de un hombre. En lugar de estudiar mis lecciones, no hago más que pensar en la mujer del señor Boris, recostada sobre la cama con sus piernas y muslos estupendos totalmente al descubierto; pienso sobre todo en su rosada abertura, que he visto por unos minutos del todo abierta y chorreando ese juguito tras el encuentro amoroso con su esposo. La mujer del señor Boris parece bastante más desarrollada que la de maestra Sofía. Estoy seguro de que maestra Sofía jamás podría meterse una cosa como la pija tan descomunal del señor Boris y que se lo ha metido a su esposa y eso que aparentemente ha podido entrar y menearse con absoluta facilidad, para gran satisfacción y deleite de ambos, como demuestran sus ardientes abrazos, dulces susurros y voluptuosos movimientos, especialmente los previos al instante en que ambos dejan de moverse. Luego me pongo a pensar en lo delicioso que sería intimar con maestra Sofía de ese modo, y jugar con mi polla dura dentro de su deliciosa concha, que mi imaginación reproduce tal y como la ha visto cuando se desnudó aquél día, para entrar a la ducha, estando yo oculto debajo de la cama. Luego pienso en la rajita, más pequeña pero también muy atractiva de mi hermana Lucy, quiero probar con ella lo que es hacerlo, le diré todo lo que he visto, y le entrará curiosidad, tanta que no dudará en dejar que yo entre en ella, de esta es la forma podré iniciarla en todos los misterios que acabo de descubrir. Lucy asiente con la cabeza y los ojos brillosos ante la curiosidad y me dice: —Tendremos nuestra primera clase al mismo tiempo... La de ella y la mía, en su abultado coñito. Luego el recuerdo de sus labios, hinchados y adoloridos a causa de la terrible flagelación que ha sufrido, recordar aquello comienza a excitarme hasta que mi polla vuelve a ponerse tiesa. La constante excitación de todas estas semanas produce un efecto fantástico en mi pija, que ahora adquiere un tamaño considerablemente mayor en cada erección. Como puedes suponer, esos pensamientos tan calenturientos me impiden estar atento en las clases. Por estos días, por las razones que sea, la maestra Sofía está siempre de mal humor. Esta mañana, más de una vez me llama la atención enfadada por mi evidente distracción. —Acércate. Descubre que no hice casi nada, y me dice: —Bien, Henry, te doy diez minutos para que acabes esas ecuaciones. Si en ese tiempo no la has terminado, te castigaré. Tu comportamiento es francamente reprobable. No sé qué es lo que te pasa, pero si sigues así no voy a tener más remedio que castigarte. La idea de que mi culo desnudo siendo azotado por la hermosa maestra Sofía, lejos de calmar mi excitación, me hace volver con mi obscena mente a las belleza de su cuerpo desnudo, que he contemplado a ocultas, en tantas ocasiones. Falta poco para que sean las cuatro, cuando tenemos una hora libre y podemos salir a caminar al jardín. Aprovecho ese tiempo para comenzar a enseñarle a Lucy los secretos misteriosos de los que acabo de ser testigo. Son las cuatro y yo todavía no he comenzado las ecuaciones. La maestra Sofía parece enojada. —Lucy y Marianne, pueden descansar. Vayan al jardín, y tú, Henry te quedas aquí. Mis hermanas, creen que me manda a quedar para que termine mis deberes, y salen corriendo al jardín. La maestra Sofía cierra la puerta con llave y luego va abrir un armario, del que saca una vara diferente, y especialmente adornada con cintas rojas. Siento que la sangre me hierve y mis dedos comienzan a temblar tanto que apenas puedo sostener el birome. —Deja tu cuaderno, Henry, y acércate. Hago lo que me pide. Me quedo delante de mi hermosa maestra con una extraña mezcla de temor y deseo. —Bájate los pantalones. Empiezo a hacer lo que me ha ordenado, pero tan lentamente que la desespero y es ella la que me termina de bajar el pantalón. Los pantalones resbalan hasta mis pies. —Échate sobre mis rodillas —ordena, y yo, temblando, con la misma mezcla de sentimientos, obedezco. Ella se ha remangado el vestido de seda para evitar que se arrugue; mi piel desnuda apoyada sobre su regazo. Un suave perfume de flores se apodera de mis sentidos. Mientras siento que sus dedos suaves y delicados me levantan la camisa y rozan mi culo, y que el calor de sus formas penetra en mi piel, en ese momento la naturaleza comienza a ejercer su poder, haciendo que mi polla se levante hasta un punto doloroso. Con todo, no ha hecho más que notar cuando mi culo empieza a ser lacerado por una rápida serie de azotes más dolorosos. —¡Ajjj, querida, querida, maestra Sofía! Le prometo que haré todas las ecuaciones que quiera en cuánto me perdone. Ajjj, ajjj, ajjj... Sujetándome con fuerza con su brazo izquierdo, la maestra Sofía continúa pegándome sin piedad. Al comienzo siento un dolor atroz impartido con todas sus fuerzas pero poco a poco el dolor va disminuyendo hasta que siento un cosquilleo de lo más placentero. Su vestido se ha movido y deja ver parte de sus pechos, esa visión, junto con el intenso cosquilleo que siento en el culo y el frotamiento por mi pene contra su regazo, me pone al punto del delirio, en un estado de absoluto frenesí me menea y retuerce sobre sus rodillas, mientras ella no para de descargar azotes sobre mi pobre culo. La vara al fin se quiebra y ella me arroja de sus rodillas. Entonces quedo de pie delante de ella con mis mejillas bañadas en lágrimas y con una erección debajo de mi camisa, por demás inconfundible, mi polla vibra con espasmos convulsivos, que de ningún modo puedo refrenar. La maestra Sofía, claramente se deslumbra por lo que ve, tiene los ojos clavados en mi erección mientras yo me froto el culo dolorido y lloro, sin hacer nada por subirme o cerrarme los pantalones. Ella permanece unos minutos mirando fijamente el objeto de su atracción, con las mejillas sonrojadas, cuando de pronto parece recomponerse, lanza un profundo suspiro, y enseguida sale rápidamente de la habitación. No vuelve a entrar hasta que mis hermanas regresan del jardín, pero todavía parece confundida y evitaba mirarme.
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