5. Los placeres de la señora de Boris.

1548 Words
5. Los placeres de la señora de Boris. Henry. Al día siguiente, una llamada inesperada hace que nuestro invitado, el señor Boris tenga que viajar para resolver unos asuntos urgentes, y teme que lo retengan más tiempo de lo que desea, así que deja a su señora con nosotros. El tren que lo busca pasa cerca de la ciudad, y alguien tiene que acompañarlo. —Lo acompañaré yo —le dice mi madre, ya que, desde hace varios días decía que quería ir a la ciudad. Su señora se lamenta por no estar para estos trotes de última hora. —Me agradaría tu compañía —le dice mi madre a la maestra Sofía, y luego mira a mis hermanas que se mueren por volver a salir de estas cuatro paredes—. Podemos ir todas y aprovecharíamos para comprar algunos vestidos para la próxima temporada. Ahora mi madre me mira como quien se da cuenta que existo, y no sabe qué hacer conmigo. —Eres el hombre de la casa y debes quedarte. Pórtate bien con nuestra invitada. Debes hacer lo que te pida. —Está bien, mamá. Antes de que las mujeres de mi casa me abandonaran al aburrimiento, en el pasillo, mientras me dirijo a mi dormitorio, la señora de Boris me encuentra. Mira hacia todas partes de un modo peculiar antes de hablarme: —Voy a necesitarte para que me ayudes a solucionar un asunto que tengo. Henry, así que no desaparezcas; estate listo para cuando los demás se marchen. Luego se retira de mi lado y yo la sigo. Veo que se entra a su recámara, donde casi al mismo tiempo su esposo entra, sospecho que tendrán la misma escena que he presenciado desde el placard, unos días antes. Me quedo inmóvil en la esquina que da hacia las escaleras y calculo que permanecieron cerrados allí una larga media hora. Una hora después, cuando mis hermanas, mi madre, y la maestra Sofía están listas, junto con el señor Boris se marchan de la casa. —Henry —me llama la señora de Boris—. Acércate un momento —me pide, y yo, indudablemente me apresuro a su llamado sin saber lo que me espera. Yo la voy buscando pero no la encuentro, hasta que llego a la sala de estar que da al jardín y sobre el que no da ninguna ventana de la casa. La encuentro sentada sobre una mecedora y con las piernas desnudas y bien abiertas. Sin poder resistir a sus encantos, admiro sus bonitas piernas robustas.No lleva bragas. No he olvidado el día en que, escondido debajo de su cama pude contemplar todas sus partes y constatar su hermosura. Su actitud relajada, aunque está lejos de parecerse a la que ha mostrado aquella vez basta, junto con el recuerdo que aún revolotea en mi mente, para poner toda mi sangre en ebullición. Sus hermosas piernas hacen efecto en mí, siento que la polla se me empina y comienza a vibrar de un modo que no puedo pasar por alto, sobre todo porque, parado enfrente de ella, su cabeza está a la misma altura que esa parte de mi. Sus ojos están fijos sobre esa parte de mi cuerpo, mira en el creciente ensanchamiento de mis pantalones. —Acércate, Henry —me señala donde y mis manos quedan a la altura de la mecedora en la que está sentada. Me paro a centímetros de ella, siento que mi palpitante polla me ensancha los pantalones. En cuanto estira su mano hacia mí, toca el abultamiento de mi v***a, excitándome hasta más no poder. Se me suben los colores a la cara y me pongo a temblar con tal violencia que creo que no tengo más salida que bajarme el pantalón. —Pero, Henry, ¿qué es lo que te hace enrojecer y temblar de ese modo? ¿Es que no te encuentras bien? Incapaz de contestar, me pongo más rojo que nunca. —Henry... ¿Qué es esto que se te mueve en los pantalones? —y, sin más, sus ágiles dedos empiezan a bajarme el pantalón. Liberada de su prisión, mi polla sale como un resorte: dura como el hierro y tan larga como nunca. —¡Dios bendito, vaya pija que tienes! Pero Henry, querido, ¡si eres un hombre hecho y derecho! ¡Qué tamaño, madre mía! —dice y la coge con delicadeza—. ¿La tienes frecuentemente en ese estado? —Sí, señora. —¿Desde cuándo? —Desde la llegada de la maestra Sofía. —¿Y qué tiene que ver la maestra Sofía con esto? —Yo, yo… —Vamos, Henry, sé bueno conmigo. ¿A qué te refieres cuando dices que la maestra Sofía te ha puesto en ese estado? ¿Es que le has enseñado esto, y ella te lo ha cogido? —¡Oh, no! ¡Nunca, nunca! —¿Fueron sus piernas, su rostro, su trasero, lo que te ha cautivado de ella? —Sus pies y tobillos, señora, y sus preciosas piernas, que a veces me enseña sin querer. —¿Y todas las piernas y tobillos de las mujeres te producen el mismo efecto? —¡Oh, sí, señora, siempre que sean bonitas y esbeltas! —¿Y por qué motivo estás ahora tan excitado? —Porque acabo de ver sus hermosas piernas, señora, y por el recuerdo de lo que vi el otro día —balbuceo, enrojeciendo aún más. Mantiene sujeta con su delicada mano mi crecida polla, y ahora comienza a correr suavemente la piel que tapa la inflada cabeza, dejándolo luego volver a su sitio. —Supongo, Henry, que no tienes experiencia en esto... ¿No es así? Es el encierro, cariño. —Sí —contesto con un susurro e inclino mi sonrojada cara. —Nunca se lo has metido a una mujer, ¿verdad? —Oh, no, nunca. —¿Te gustaría hacerlo? Asiento tímidamente con la cabeza. —Bien, mi querido Henry, aquí me tienes, puedes mirarlo, a hacer lo que desees. Pierdo toda mi timidez. La naturaleza me lleva a lanzarme hacia ella, a cumplir un acto que la satisface enormemente. Me pongo de rodillas, pego mis labios a su delicioso tesoro, meto la lengua hasta donde puedo y succiono Lo encuentro bastante pegajoso: estoy seguro de que su esposo la ha jodido dos o tres veces justo antes de irse. Pero a mí eso me da lo mismo. Mis movimientos son inesperados como placenteros para ella. Me toma de la cabeza con ambas manos y aprieta mi cara contra su palpitante coño. Evidentemente está excitadísima, y no sólo por lo que le estoy haciendo en ese momento, sino por la escena, por nuestra charla, y por el previo manoseo de mi polla. No para de agitar nerviosamente el culo. Yo sigo lamiendo encantado su húmedo y jugoso coño. —¡Oh, oh, Henry, cariño, cuánto me haces disfrutar! ¡Oh, oh! Aprieta con más fuerza mi cara contra la abierta concha y, al tiempo que alza el culo, acaba corriéndose en mi boca y sobre mis mejillas, barbilla y cuello. Sus muslos se contraen convulsivamente encima de mi cabeza y luego permanece quieta unos instantes. Yo sigo lamiendo y tragando la deliciosa nata que no dejaba de fluir. —¡Oh, Henry, cariño, levántate, cariño, porque quiero hacerte probar el exquisito placer que acabas de darme. Me pongo de pie y ella me atrae hacia sí para darme un largo beso y lamer sus propios jugos de mis labios y mejillas; en seguida, y enseguida siento su lengua dentro de mi boca, yo hago lo mismo con la lengua y ella comienza a chupármela deliciosamente, mientras con su suave mano y delicados dedos acaricia mi polla erecta. Trae tres almohadones. —Túmbate en el suelo, cariño mío —me pide, y apoyo mi cabeza sobre los almohadones. Ella se despoja de la falda y se monta encima mío dándome la espalda, e inclinándose, toma mi polla erguida con la boca, dejando al mismo tiempo caer sus nalgas hasta que tuve su hermoso coño exactamente sobre mis labios; así, con mi cabeza situada a la altura justa gracias a los almohadones, ahora puedo gozar plenamente del conjunto que tiene plantado de lleno ante mis ojos. En la primera succión mi posición sólo me ha dejado ver la rica mata de pelo que adorna su espléndido monte de Venus, y ahora, al pegar mis labios a esa hendedura deliciosa, descubro unos rizos sedosos que llegan hasta los bordes de su encantador culo rosado, y que luego se pierden en la abertura que divide las nalgas. Yo me pego con furia a la deliciosa raja, lamiendo e introduciendo mi lengua alternadamente. Por las nerviosas sacudidas de sus nalgas y el contoneo de todo el culo, me doy cuenta lo mucho que lo está disfrutando. Yo, a mi vez, también estoy en éxtasis. Una mano acaricia suavemente el lado bajo de mi polla y la otra juguetea con mis huevos, mientras que su boca, lengua y labios chupetean, aprietan y relamen mi excitada polla. Cuanto más furiosamente le chupo el coño, con más fuerza aprieta sus labios la cabeza de mi pija y su lengua intenta penetrar en la uretra, volviéndome loco de placer.
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