Me puse unos jeans ajustados, una camisa de seda blanca con botones dorados y unos deportivos blancos. Arreglada, pero lista para correr si hace falta, como siempre. Me recogí el cabello en una coleta alta y me puse un poco de brillo en los labios. Cara limpia, actitud armada. Como una puta soldado en falda de Zara. Agarro mi bolso, reviso que esté el iPad, el celular, el estuche de maquillaje, la agenda y el cargador portátil. Todo listo. Salgo de mi habitación sin hacer ruido. Pero al llegar al primer piso… la encuentro. Mi madre. Parada frente a la mesa del comedor, con su taza de café recién servido, esa bata de satén color perla que le hace creer que todavía tiene veinte años, y la misma mirada condescendiente de siempre. —¿No vas a desayunar? —pregunta sin levantar la voz, como

