Él me miró con expresión de “no me juzgues, estoy en peligro”, y se tapó aún más. Ana se carcajeó. —¿Qué hacemos? —preguntó él, desesperado—. ¡Si entran, nos matan a todos! —Primero —le dije mientras me bajaba de la cama—: que no entren. Segundo: ¡Ana, escóndelo! ¡Mételo en el closet, en la ducha, donde sea! ¡Y tú, no te atrevas a respirar fuerte! Me vi a mí misma. Andaba en la camisa de dormir de Viktor, desabotonada hasta el ombligo y con las piernas al aire como una escultura griega sexy y resacada. Perfecto. La prometida modelo… versión cruda. Salí de la habitación caminando con el glamour de una stripper retirada y el terror de una actriz. Al llegar al segundo piso, escuché el eco de voces abajo. Discusión. Regaño. Drama. Bajé las escaleras con cuidado, tratando de parecer tran

