Capítulo 1

2376 Words
Al estar fuera de la oficina, caminó por el pasillo hasta dar con una fila de sillas, doblando el pasillo. Se sentó a su pesar y esperó. No estaba en contra de las relaciones, pero por favor, ¿ser el jefe te daba el derecho a hacer lo que te viniera en gana? Dichoso idiota. Ese era el amigo de su padre. Increíble. Las cualidades citadas de memoria desaparecieron tan rápido que ahora le parecía un total desconocido. Cruzó sus piernas, respiró lentamente, cerró los ojos y se sintió mejor.  Quiso llamar a su padre, solo para que supiera que había ido a la oficina tal y como prometió, pero no lo hizo. Debía tener la entrevista, o su palabra no valdría nada. Miró a los lados y se siguió preguntando dónde estarían todos, ¿acaso había pasado alguna emergencia? ¿O el jefe les había pedido que se fueran para que su encuentro en la bañera fuera secreto? Al pensar eso soltó otro resoplido. Genial, ahora le esperaba una serie de preguntas relacionados a si guardaría el secreto o no. Al pasar unos minutos, de verdad pensaba irse, de hecho se había puesto de pie. Pero la idea de no cumplir su palabra y del enojo de su padre la hicieron cruzar sus brazos y esperar. Diez minutos después escuchó un golpe no lejos de ahí, como si alguien cerrara de un portazo, después el sonido de tacones, alguien gritó una maldición. Se puso de pie de nuevo y miró por el pasillo sin lograr ver al responsable. El ruido de pasos la alertó, aclaró su garganta para enfrentarse a quien fuera la persona que se acercaba. —Creí que te habías marchado. La voz del hombre la hizo hacer una mueca. Miró al mejor amigo de su padre, el hombre que le había dado la peor primer impresión del mundo, acercarse lentamente a ella. Allan lucía sorprendido, ¿y cómo no estarlo? De verdad creía que la hija de Antonio se habría ido al presenciar ese momento. Pero ahí estaba, esperando por él. Suspiró aliviado y sonrió a la chica. —Pese a lo que usted haya pensado, señor Estrada —dijo firmemente— Yo soy una mujer que cumple lo que promete. —No esperaba menos —respondió él. La miró fijamente, una vez más, recorriendo cada centímetro de su figura. Emma se obligó a no decir algo, y esperó. Él venía usando solo un pantalón de mezclilla. —Lamento, de nuevo, que hayas presenciado esa escena —dijo a los segundos— Fue un accidente. —No tiene por qué darme explicaciones —aclaró, sin importarle— No es de mi incumbencia, y no me interesa saberlo. Allan parpadeó, impresionado. —No me esperaba eso —dijo con honestidad— Aun así no justifica el horrible momento que te hice pasar. Emma estaba perdiendo la paciencia, quería terminar con esa desagradable experiencia, lo antes posible. — ¿Acabemos con esto, quiere? —pidió señalando la oficina. Allan volvió a mirarla sorprendido y se limitó a asentir. —Después de ti —dijo sonriente. Emma caminó lentamente a la oficina que tenía las puertas abiertas y no pudo evitar notar que el piso estaba seco.  —Toma asiento —Allan entró tras ella. Emma se sentó en la silla frente al escritorio y miró a Allan presionar una parte del muro al lado de la puerta, de ahí salió una banda de metal con ropa colgando. Él tomó una camisa y se la puso. Miró a Emma de reojo, ella lo observaba y eso le gustó. Abotonó la camisa y caminó hasta llegar a su escritorio, no se sentó, se reclinó en el, frente a Emma, y sonrió. —Comencemos —dijo, contento— Yo también soy un hombre que cumple su palabra. Emma se debatió en su mente si eso había sido sarcasmo o no. Estaba siendo contraproducente, de una manera idiota e irresponsable; pero no dijo nada. — ¿Qué es lo que le gustaría saber? —preguntó ella en tono alto. —Veamos… —Allan tocó su mejilla sintiendo como el vello de su barbilla insistía en salir de nuevo, a pesar de haberse rasurado antes de salir de casa— ¿Qué cosa habrá que no sepa de ti? Emma se tensó a sus palabras y no pudo evitar maldecir a su padre. —Si es algo acerca de mis facultades profesionales, no dude en preguntar —dijo evitando la pregunta de Allan. Él se sorprendió por tercera vez. Había escuchado por Antonio lo especial que era su hija menor, y no se esperaba que fuera tan cierto. La chica estaba calmada, sin signos de alteración alguna, parecía incluso aburrida. — ¿Podrías mostrarme tus papeles? —preguntó sonriente. Emma agradeció su perfeccionismo y sacó de su maletín la carpeta amarilla. La extendió a Allan —que no estaba a más de un metro de ella— y esperó a que lo leyera. —Muy impresionante —dijo a los segundos— Pero no hay nada en este papel que no supiera ya. Emma lo miró, sin saber qué decir. —Cuéntame algo sobre ti —pidió poniendo la hoja en el escritorio— Algo interesante. Emma frunció levemente su ceño. —No estoy de humor para bromas, señor Estrada —lo miró despectivamente— Si no va a tomar la entrevista en serio, me iré.  Vaya que tiene carácter, pensó Allan sintiendo un extraño y refrescante placer. Era dura e impenetrable; Antonio había dicho toda la verdad sobre ella. Y no era que no creyera en sus palabras, es solo que los padres tienden a exagerar todo cuando hablan de sus hijos. Ahora veía que su amigo no era como la mayoría. —Tienes razón —dijo serio— Discúlpame, por favor. Emma asintió sin darle importancia. — ¿Cuál consideras que es tu mejor cualidad? —preguntó él, completamente interesado en su respuesta. —Mi capacidad para hacer todo a la perfección —respondió ella sin necesidad de pensarlo— Hago las cosas con eficacia. —Y debo agregar, una increíble confianza —Allan cruzó sus brazos, cada vez más sorprendido por la actitud de la hija de Antonio. —La confianza solo es real cuando sabes que puedes hacerlo —dijo ella llena de profesionalismo— Una persona sin confianza no hará nada de lo que se proponga, no importa cuánto desee cumplirlo. —Buen punto —aceptó él— Sin duda alguna eres sorprendente. Emma asintió ante el cumplido. —Antonio estaba en lo correcto cuando dijo lo inteligente que eras —dijo recordando— Me ha hablado de ti por mucho tiempo. Muchos años llenos de historias maravillosas. —Mi padre no tiene idea de lo que significa la palabra prudencia —dijo ella sin sorprenderse. Antonio siempre hablaba de más. —Tienes razón —aceptó— Pero no exagera cuando cuenta algo, puede que sea platicador, y que no sea capaz de guardar un secreto, —recordó divertido— Pero fue honesto al hablar sobre ti. Emma no pudo evitar fruncir el ceño. ¿Qué clase de entrevista era esa? Parecía una charla amistosa, y no quería eso, no conocía a ese sujeto y no quería hacerlo. Si no había nada más por decir, profesionalmente hablando, se iría de inmediato. —Vine aquí a discutir asuntos profesionales —aclaró— No a escuchar las cosas que mi padre contó sobre mí. Allan ignoró sus palabras y continuó hablando. —Me gustaba mucho cuando Antonio contaba las cosas que hacías, y lo mucho que te preocupas por él —sonrió divertido— Fueron muchas cosas, algunas me parecieron interesantes, debo admitir. Emma frunció el ceño, incómoda. —Siempre me dejaba con ganas de conocer a esa chica. ¿Qué pasa aquí? —se preguntó. Esa charla no tenía nada que ver con la entrevista. — ¿Tiene alguna otra pregunta referente a mis cualidades profesionales? —preguntó, tras aclarar su garganta— De eso estamos hablando, si no me equivoco. Allan se sorprendió por el drástico cambio de tema y el tono firme con el que hablaba. No estaba nerviosa o algo parecido, esa chica era completamente diferente a todas las mujeres que había conocido en su vida, no quería que se fuera tan pronto. — ¿Siempre vas directo al grano? —preguntó, realmente divertido. Emma no respondió. Allan sintió su cuerpo estremecerse de alegría y se obligó a no reír. —No tengo dudas acerca de tus capacidades —aclaró— Antonio se encargó muy bien de informarme lo maravillosa que eres, y lo mucho que admira tu inteligencia. Ella siguió sin hablar. — ¿Sabes? —sonrió al recordar todo— No podía creer que alguien como tu existiera de verdad. Emma ahora sí resopló. —Pero aquí estás. Sus ojos la miraron de otra manera, como si admirara algo muy bello y preciado. Emma comenzó a sentir nervios por primera vez en su vida y se puso de pie. — ¿Es todo lo que desea saber, señor Estrada? —su pregunta salió en un tono alto y muy firme— Si es así, me retiro. —Espera —se puso de pie también— Aún no se todo sobre ti. —Ya que no ha preguntado nada referente al trabajo, no veo por qué seguir aquí —aclaró— Estoy segura que es un hombre ocupado. —En este momento soy el hombre más libre del mundo —confesó extendiendo sus manos al aire— Así que tengo tiempo para conocerte. —Lamentablemente yo no cuento con su enorme cantidad de tiempo libre —dijo, reacia a quedarse más tiempo— Tengo cosas que hacer y el tiempo corre rápido. Allan entró en pánico, no quería que se fuera. Aclaró su garganta y dejó de sonreír. —El puesto que estamos ofreciendo es en el departamento de Finanzas —informó— Por ejemplo, estarías a cargo de las inversiones —la miró a los ojos. Emma lo miró unos segundos antes de, lentamente, volver a sentarse. —Muy bien —dijo levantando la barbilla.  —Honestamente no creía necesaria la entrevista —confesó— Quiero que tú ocupes el puesto, pero Antonio insistió en que te conociera primero. —Es la primera vez que estoy de acuerdo con mi padre —aceptó asintiendo. —Me alegra que estés de acuerdo —sonrió. — ¿Alguna otra información? —Me dijo que eres una persona de números —recordó— Así que tu lugar será aquí, conmigo. Emma asintió y lo miró fijamente. ¿Exactamente en qué consistía el trabajo? — ¿A qué se refiere? —preguntó. —El puesto requiere a alguien que cubra mis finanzas —aclaró— Esta será tu oficina, bien, nuestra —sonrió— Mañana quitarán la mesa de billar y pondrán un escritorio para ti. Emma se puso de pie de inmediato al ver lo que pasaba. ¿Qué había dicho su padre? — ¿Por qué habla como si estuviera contratada? —su pregunta salió lenta y en voz grave. — ¿Cómo? —la miró, confundido— Antonio me dijo que vendrías a conocer tu lugar de trabajo hoy, para comenzar mañana. — ¿Qué? —lo miró sin creerlo. —Tengo tu contrato aquí mismo —señaló una carpeta a su izquierda. No pudo evitar sonreír, el rostro de Emma estaba cambiando lentamente, como si una enorme cantidad de emociones pasaran al mismo tiempo, era fascinante. Emma agarró aire, sintiéndose sofocada. No podía creer lo que su padre había hecho, definitivamente lo ahorcaría, ¡demonios, claro que lo haría! — ¿Hay algún problema? —preguntó él. —Sí, lamento decir esto pero mi padre nos ha engañado a los dos —dijo llena de ira. — ¿Qué? —la miró sin comprender. —Me hizo prometer venir a una entrevista con usted el día de hoy —explicó— Sólo eso, para conocer de qué trataba el puesto. Pero veo que a usted le dijo otras cosas. Allan soltó una carcajada y talló su sien. —Ese viejo… —susurró divertido. Típico de Antonio. Emma negó con la cabeza. —Lo siento, señor Estrada —siguió diciendo— Pero siento que he sido engañada, y si conoce a mi padre tanto como yo, sabrá a qué me refiero. —Lo entiendo —aceptó— ¿Pero acaso importa? Este es un gran empleo, es algo que sin duda disfrutas y en lo que eres excelente, ¿tiene importancia que Antonio te mintiera? —La tiene —afirmó— En especial cuando nuestro trato era que solo vendría a la entrevista y me iría con mi palabra cumplida, nada más. — ¿Tan mala impresión te ocasioné? —preguntó apretando los labios. —No diga nada, no puedo quedarme aquí, esto no es lo que quiero —dio un paso atrás— No quería venir en primer lugar… —susurró, enojada. —Este es un gran empleo —volvió a decir— La paga es buena, el ambiente tranquilo. —No quiero ser grosera, señor Estrada —lo miró— Pero la impresión que tengo de usted no es la más favorable en estos momentos. No puede esperar que me quede después de todo. Allan soltó una carcajada. Emma echaba chispas, estaba maravillado, pero sobre todo sentía un deseo irrefrenable de hacerla enojar aún más. —Me disculpé por ese momento, pero si no ha sido suficiente lo volveré a hacer —dijo— Lo siento mucho. —No necesito su disculpa, no quiero trabajar aquí, ¿no lo entiende? —Eso veo —no podía dejar de sonreír— Antonio me aseguró que serías tú quien llevaría mis finanzas, y la verdad esperaba… —A este punto sabe muy bien que mi padre me engañó, así como a usted —aclaró, furiosa— Ahora si me disculpa me retiro. Allan la miró caminar a la salida y algo hirvió en su interior, una sensación cálida que lo hizo moverse inconscientemente, la detuvo, ella lo miró confundida, sus ojos tenían fuego, él sintió su deseo embargarlo y la envolvió con sus brazos, no la dejaría escapar. —Suélteme —exigió con el ceño fruncido— Nada de lo que haga me hará cambiar de parecer. —Acepto el reto, preciosa —susurró acercando su rostro al de la chica, y aprisionó su boca con la suya. Emma permaneció paralizada, ¿por qué demonios la besaba? Intentó alejarlo pero era demasiado fuerte, sentía los labios fríos del hombre y se alejó hacia atrás. Allan la pegó contra su cuerpo, Emma se tensó y sintió su interior arder en furia, ya no le importaron las consecuencias, tenía que apartarlo de alguna forma, logró morder con fuerza el labio inferior del hombre, y pudo alejarse de él. Allan gritó y cubrió su boca, impresionado. Emma respiraba con dificultad, sus labios estaban manchados con sangre del pervertido amigo de su padre. Miró como el hombre lamía su sangre de la boca y salió de allí antes de que otra cosa más pasara. Allan cubrió su herida y no dejaba de sonreír, le ardía el labio pero no le importó, la sensación que embriagaba todo su cuerpo lo había causado ella. No había sentido esa corriente eléctrica al besar a una mujer. Y si pensaba que se libraría de él, estaba equivocada. Él era Allan Estrada, y ninguna mujer se le iba de las manos.
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