Caminó apresurada hasta entrar al ascensor. Talló su boca con violencia y maldijo a su padre incontables veces. Todo era su culpa, había tenido la peor entrevista de su vida y todo gracias al engaño de su padre, las mentiras de su padre, y su tonta terquedad.
Encerrada en el cubículo de acero, Emma pudo saborear la sangre del idiota de Allan. Sacó un pañuelo de papel de su bolo y tuvo que escupir en el para sacar el residuo rojo. Su ceño estaba tan fruncido que asustó al guardia de la entrada principal quien le abrió la puerta.
Salió al estacionamiento y subió a su auto. No encendió el motor, no hizo nada. Cerró los ojos para calmar su interior y permaneció así hasta que la rabia dejó de bullir. Estaba bien, no era la primera vez que algún idiota se propasaba con ella. Y la única cosa que la detuvo de darle un puntapié en la entrepierna, era que era el jefe de su padre.
Más tranquila, encendió el auto y condujo de vuelta a su departamento, se sentía asqueada, necesitando darse una ducha. Ese hombre había sido un total desgraciado con ella, y necesitaba sacarse esa sensación.
Al entrar a su departamento, inmediatamente se metió a la ducha, enjuagó su boca con rapidez y volvió a maldecir a su padre en su mente. Tendría que explicarle lo idiota que era su tan querido amigo. No iba a permitir que siguiera creyendo que era un gran hombre, porque solo era un cerdo, como la mayoría de los hombres.
Media hora después había recuperado su control. La ira la abandonó por completo y salía de la ducha con una toalla sobre su cabeza, secó su cabello y se sentó en la cama. Hablaría con su padre a la hora de la cena, seguía molesta con él, pero no llegaría gritando, de hecho ella nunca hacía eso, las pocas veces que podía recordar un momento así, fue cuando Antonio comenzó con la bebida. Exactamente la primera vez que llegó completamente ebrio a casa e hizo un alboroto. O la primera vez que la llamaron de un bar al otro lado de la ciudad para que fuera a recogerlo. Esas veces había gritado a los siete vientos a su padre, porque sin duda alguna se lo merecía.
Ella nunca llegaba tarde, nunca. Pero se había quedado dormida después de esa ducha —desinfectante— y cuando abrió los ojos, pasaban de las ocho. Le tomó quince minutos arreglarse y salir del departamento. Usaba un vestido azul oscuro de manga larga a medio muslo, medias negras y zapatillas, cerró los botones de su chaqueta negra y subió a su auto apresurada. Ella nunca llegaba tarde, odiaba hacerlo.
Su desagradable encuentro había sido enviado a alguna parte de su subconsciente, ahora lo único que pensaba era que vería a su hermana, al fin, después de cuatro años. Sonrió con genuina alegría. Silvia era su única hermana, y aunque no se comprendían, ni de cerca, se amaban incondicionalmente.
El corto viaje hasta la casa de su padre la hizo considerar la charla que planeaba tener con su hablador y mentiroso progenitor. Lo haría, definitivamente, pero no sería tan dura. Su padre la amaba con locura, y ella podía perdonar sus imprudencias. Al menos había cumplido con su palabra, así que estaba bien. Vio la casa de ladrillo en la que había crecido y sonrió. Su infancia había sido normal, llena de cariño por parte de sus padres, estaba llena de buenos recuerdos, en su mayoría.
Bajó del auto y caminó por el recorrido de piedras que su padre había puesto hace un par de años, le daba a la casa un aspecto tejano. Abrió con su llave, el lugar olía a comida y no pudo evitar saborearse. Si había algo que su padre sabía hacer muy bien, era cocinar.
— ¡Bienvenida! —escuchó que Antonio decía saliendo a recibirla, la estaba esperando.
Emma sonrió al mirarlo, Antonio tenía sus manos en sus caderas y el gesto serio. Parecía molesto, pero el delantal rosado que llevaba puesto lo hacía lucir inofensivo.
—Siento mucho llegar tarde —dijo apenada, más bien molesta— Me quedé dormida.
—Me extraña de ti —besó su mejilla, su gesto cambió a uno preocupado.
—No me siento mal, solo tomé una siesta y no desperté hasta hace media hora —frunció el ceño y miró a su padre.
—No te preocupes tanto —rodeó su hombro con su brazo— Lo bueno es que ya estás aquí.
— ¿Y Silvia? —preguntó— ¿Cómo está?
Antonio apretó los labios y miró hacia la cocina.
— ¿Qué ocurre? —inquirió— ¿Le pasó algo a Silvia?
—No, ella está bien —talló su sien.
— ¿Entonces qué te ocurre?
—No es nada, cariño —sonrió— Te ves hermosa.
—Papá —no le creía.
—Tu hermana está arriba arreglándose, ve a saludarla, no ha dejado de preguntar por ti.
—Hablaré contigo después de la cena —dijo aceptando de momento sus palabras.
Se alejó de su padre y subió las escaleras, deseaba ver a su hermana, saber qué había sido de ella en esos cuatro años. Abrió la puerta del cuarto y la miró de espaldas a ella, se estaba poniendo unos aretes.
—Hola, extraña —dijo acercándose.
Silvia giró, una enorme sonrisa en su rostro, gritó como una niña y corrió a los brazos de Emma.
— ¡Emma! ¡No puedo creerlo, eres tú! —la rodeó con sus brazos haciendo que Emma se tensara.
—Te extrañé tanto —dijo feliz— Por favor no me apartes, sé que no te gusta que te toquen pero esto es especial —pidió.
Emma resopló pero no dijo nada. Silvia se estrujó en ella y Emma comenzó a reír. Sin duda la había extrañado. Al separarse, Silvia la inspeccionó de pies a cabeza.
— ¡Cómo has cambiado! —exclamó sorprendida— La última vez que te vi te rehusabas siquiera a usar maquillaje, y mírate, ¡estás hermosa!
Emma se limitó a sonreír. Nunca supo cómo responder a un cumplido, así que siempre asentía y daba las gracias. Silvia dirigió su mirada al suelo.
—Amo tus zapatillas —dijo con un brillo en sus ojos— Estoy tan orgullosa de ti.
—Exageras —dijo ella— Solo debo vestir bien, soy una mujer graduada, no una niña.
Silvia talló sus ojos con cuidado y asintió a las palabras de Emma. Estaba realmente sorprendida, ver a su hermana menor tan madura y hermosa le provocó muchas ganas de llorar. Y no tardó en hacerlo, después de todo, aún no le decía la verdad a Emma.
—Vamos, no llores —Emma frunció el ceño— Deberías estar feliz, ¿o no?
—Lo estoy —aclaró antes de cubrir su rostro con sus manos.
Emma apretó los labios y tomó un pañuelo de papel que miró al lado del tocador. Se lo extendió a Silvia.
—No llores, arruinarás tu maquillaje —dijo sonriendo.
Silvia soltó una risa irónica y aceptó el gesto. Secó sus ojos con cuidado y miró a Emma, ella estaba tranquila como siempre. Sin duda alguna ese aspecto no había cambiado para nada. Y aunque se sintió feliz por ella, no pudo evitar preguntar lo siguiente.
— ¿Y qué me cuentas, cariño? —dijo, sin rastro alguno de que hubiera llorado— ¿Algún hombre en tu vida?
Emma inclinó su cabeza hacia un lado, como si no pudiera entender la pregunta, su ceño estaba fruncido.
—No —dijo al segundo.
— ¿Me dices que ningún hombre te ha invitado a salir?
—No dije eso —aclaró.
Silvia sonrió con picardía.
— ¡Tienes novio! —exclamó emocionada.
Emma resopló.
— ¿Cómo es posible que traduzcas mi negativa en toda una relación? —su ceja levantada— Sin duda alguna no has cambiado.
—Eres mala —susurró— Creí que al fin tendrías un novio decente.
—No estoy interesada en eso, tengo una carrera que quiero ejercer —aclaró, aburrida— No soy... como la mayoría de las mujeres.
Silvia cruzó sus brazos.
—Más bien, no eres como yo —sonrió negando con la cabeza.
Emma no dijo nada, pero sonreía.
—Papá me preocupó un poco cuando llegué —dijo tras agarrar aire— Su rostro de preocupación me hizo pensar que había pasado algo malo, pero estás muy bien.
Silvia dejó de sonreír y apretó los labios.
— ¿Ocurrió algo? —preguntó, preocupada.
—No es algo malo… —susurró nerviosa— No sé cómo lo vayas a tomar.
— ¿Qué cosa? —inquirió dando un paso adelante.
Silvia se asustó y la miró a los ojos. Emma la escudriñó con la mirada y levantó las cejas.
—Dime que no te casaste con el chico Alemán —pidió tallando su sien.
—No.
Emma suspiró. Silvia seguía igual de asustada.
—Dime, por favor —pidió ella— Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea.
— ¿De verdad? —sonrió aliviada.
Emma asintió. Silvia se acercó a ella y levantó los brazos.
— ¿Puedo? —preguntó.
Emma asintió antes de que ella la abrazara, pero volvió a resoplar.
— ¿Entonces qué ocurre? —preguntó cuando Silvia la soltó.
—Ven conmigo —dijo tomando su mano.
Salieron de la habitación rumbo a las escaleras. Silvia no decía nada, y Emma había aprendido a esperar con paciencia cuando su hermana hacía ese tipo de cosas. El comedor estaba vacío. Emma escuchó el suspiro de su hermana.
—Supongo que sigue en la cocina —dijo en voz baja.
—Iré por él —dijo Emma.
Silvia apretó su mano y la miró a los ojos antes de soltarla.
—Ve, yo pondré la mesa.
Emma la miró un segundo antes de caminar a la cocina. Sentía que algo no estaba bien, pero ignoró eso. Abrió la puerta y escuchó a su padre hablar con alguien, se acercó lentamente hasta mirarlo, Antonio estaba de espaldas y contaba un cuento infantil.
—"No me gusta eso” dijo el oso pequeño... —relataba en un tono gracioso.
— ¿Papá? ¿Con quién hablas?
Antonio se giró y miró a su hija, su rostro dejó de sonreír y se puso serio.
— ¿Qué ocurre?
— ¿Silvia no te contó? —preguntó tras unos segundos.
—No —cruzó sus brazos— ¿Todo está bien?
—Tú dime —susurró haciéndose a un lado.
Emma no entendió su comportamiento hasta que sus ojos se posaron sobre un pequeño niño rubio, la miraba fijamente con sus ojos grises y brillantes. Estaba sentado en un banquillo blanco que jamás había visto. Debía tener unos cuatro años.
—Hola —saludó al infante— ¿Quién eres tú?
El niño jugó con sus manos y bajó la mirada.
—Vamos, dile tu nombre —su padre acarició su cabeza.
— ¿Quién es, papá? —inquirió confundida, su padre ignoró su pregunta, tenía toda su atención en el misterioso niño.
—Antonio.
— ¿Qué?
—Me llamo Antonio.
—Ese es el nombre de mi padre —aclaró ella— ¿Cuál es el tuyo?
—Se llama Antonio —su padre respondió.
La miró con la cara pálida, parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.
—Oh, que coincidencia —se acercó a Antonio y lo tomó del brazo— ¿Qué es lo que pasa, papá? ¿Qué hace un niño aquí?
—Vine con mi mamá —el pequeño Antonio habló interrumpiéndola.
No vio la realidad hasta que su padre asintió lentamente. Esa era la noticia que su hermana no se atrevió a contarle hace unos minutos en la habitación: ¡Tenía un hijo!
Miró al pequeño como si fuera un invento de su imaginación, el niño le sostenía la mirada, asustado. Emma caminó los dos pasos que los separaban, y para sorpresa de su padre, abrazó al niño. Ahora entendía todo, Silvia la llamaba tan pocas veces que parecía no tener tiempo para hacerlo, y cuando lograban conversar siempre cortaba de manera extraña, cortante, y con ruidos extraños de fondo. Silvia tenía un hijo, no podía creerlo.
—Hola —dijo al separarse de él.
Lo examinó con cuidado, era un niño precioso, sus ojos tan grises como los suyos, y su cabello rubio y rizado era tan suave.
— Soy tu tía Emma —dijo sonriente— Es un gran placer conocerte.
—Mi mamá me contó de ti —dijo el niño, jugando con sus manos.
— ¿De verdad? —sonrió— ¿Y qué dijo?
—Dijo que si quería abrazarte debía pedir permiso primero.
Antonio soltó una carcajada y Emma no pudo evitar negar con la cabeza. Tenía razón, pero decirle eso al niño, era absurdo. Jamás se negaría a un abrazo de su sobrino. Tenía un sobrino, estaba tan feliz.
—No necesitas hacer eso —dijo abrazándolo de nuevo— Puedes abrazarme cuando quieras.
El niño sonrió contento y hundió su cabeza en el regazo de su nueva tía. Antonio, que seguía sorprendido ante la escena, se acercó a ellos.
—Es lo último que hubiera esperado de ti —confesó— Estaba… no, Silvia y yo estábamos tan preocupados por tu reacción.
Emma frunció el ceño y miró a su padre, ofendida.
— ¿Acaso creías que diría algo malo, papá? —inquirió antes de tomar al niño en sus brazos.
Antonio quedó mudo.
— ¿Cómo te llama tu madre? —preguntó a su sobrino.
—Tony —dijo él mientras tocaba su mejilla.
— ¿Puedo llamarte igual? —sonrió.
Tony asintió siguiendo con su exploración. Emma caminó rumbo al comedor, Silvia esperaba frente a la mesa, la misma expresión de pánico que su padre. Emma evitó sentirse ofendida y se limitó a guardar sus opiniones. Silvia tenía la boca abierta, sin poder creer lo que sus ojos veían.
—Es hermoso —dijo besando la mejilla de Tony.
Silvia salió de su estupor y asintió aún nerviosa.
—No entiendo por qué tú y papá actúan como si yo fuera un tipo de monstruo —frunció el ceño levemente antes de sonreír a su sobrino.
Silvia se sonrojó.
—Lo siento —dijo apretando los labios— Es solo que no sabía cómo reaccionarías al verlo.
— ¿Qué otra cosa puedo hacer más que llenarme de alegría? —preguntó, ahora sí ofendida— ¿Acaso pensaste que no querría verte porque eres madre? ¿Exactamente en qué aspecto me tienes, Silvia?
—En el equivocado —susurró dando un paso adelante— Lo siento, de verdad, pero eres demasiado impredecible, y no te he visto en muchos años, y…
Emma resopló y miró a Tony que observaba la charla con curiosidad.
— ¿Cuántos años tienes? —preguntó al niño.
—Cuatro —levantó sus manos con los dedos alzados.
Emma besó su mejilla y caminó a la mesa. Silvia los miraba en silencio, sin saber qué decir.
—Emma… —llamó insegura— Por favor, no te enojes conmigo, no supe qué hacer cuando me di cuenta y ya estaba en otro país, tuve que quedarme por orden del doctor, me impedían tomar un avión, y cuando nació…
Ella la detuvo.
—Hablaremos después —aclaró sonriendo al niño.
Silvia asintió reprimiendo las lágrimas. Antonio entró al comedor con la silla alta y la puso en la mesa. Dio un beso en la frente de su nieto y regresó a la cocina. Emma sentó a Tony, acarició sus cabellos y comenzó a acomodar los platos en silencio. Silvia le ayudó al instante, el silencio era algo incómodo, pero no se animaba a decir algo.
Antonio volvió a la mesa empujando un carrito donde venía la comida. Emma puso los cuatro platos, pero sobraba uno. Lo tomó y caminó a la cocina.
—No te lleves eso —Antonio la detuvo— Tenemos un invitado.
— ¿Quién? —preguntó regresando al comedor.
—Mi querido amigo, por supuesto.
Lo miró sonreír, pasar a su lado cuando el timbre sonó. La rabia comenzó a inundarla cuando su padre abrió la puerta y miró entrar a ese idiota, la peor persona que había tenido la desgracia de conocer, el jefe de su padre; Allan Estrada.