El latido de los engranajes
El vapor nunca dormía en Valoria.
Desde las altas torres de la Ciudadela de Hierro, donde el Consejo Supremo dictaba el pulso exacto de cada segundo, hasta las húmedas y laberínticas entrañas de los suburbios industriales, la ciudad respiraba a través de válvulas de presión y engranajes colosales. Era un organismo mecánico perfecto, implacable, donde la disidencia no era castigada con la muerte, sino con el olvido administrativo.
En el despacho de mando del Sector Cuatro, el capitán Elden ajustaba los cierres de su peto reglamentario frente al espejo de acero bruñido. Su rostro reflejaba la fatiga de mil guardias nocturnas, pero había algo más en su mirada: una sombra de inquietud que ningún protocolo de lealtad había logrado borrar.
La puerta neumática se deslizó con un silbido siso. Carla entró con paso firme, portando un cilindro de datos codificados bajo el brazo. Su uniforme militar estaba impoluto, pero sus ojos delataban la urgencia de la situación.
Los informes de patrulla del sector fronterizo son irregulares, capitán, dijo Carla, cerrando la puerta con un leve movimiento de muñeca para activar el bloqueador de escucha. Las frecuencias electromagnéticas en el muro exterior fluctúan. No es un fallo mecánico. Alguien u otro algo está intentando cruzar la brecha desde el exterior.
Elden se giró lentamente, apoyando las manos sobre la mesa de mapas tácticos donde los hologramas tridimensionales de Valoria giraban en un bucle azulado.
El Consejo mantiene cerrado el perímetro desde el colapso del año pasado, respondió Elden con voz grave. Nadie entra, y nadie sale. Las leyes de Daniel Danish son absolutas.
Las leyes de Danish sirven para mantener a la ciudad a oscuras sobre lo que hay más allá del hierro, replicó Carla, acercándose y depositando el cilindro sobre el metal. Verónica interceptó una transmisión encriptada en las frecuencias bajas antes de que los firewalls la barrieran. No proviene de nuestros puestos de avanzada. Proviene del dominio prohibido. Proviene de Solaria.
A kilómetros de allí, más allá de la última muralla de vapor y adoquines oscuros, el mundo cambiaba de textura.
En los valles dorados de Solaria, la brisa no olía a carbón quemado ni a aceite de motor, sino a pino fresco, tierra húmeda y al calor vibrante del fuego primordial. Cerca de los sembrados primordiales, Banán recorría los senderos naturales supervisando las cosechas que abastecían a los santuarios, mientras a lo lejos, custodiando el umbral de piedra y llamas, la sacerdotisa Amoleha permanecía inmóvil ante los grandes portales.
Las llamas del gran arco elemental crepitaban con un tono azul profundo mezclado con destellos dorados. El equilibrio milenario se estaba rompiendo. Las corrientes invisibles del tiempo advertían que el momento profetizado había llegado.
El metal de Valoria se acerca al fuego, susurró Amoleha para sí misma, sintiendo en las palmas de sus manos el pulso acelerado de la tierra. La brecha cederá.
De vuelta en el corazón de la distopía, en los talleres subterráneos donde el estruendo de los pistones sacudía los cimientos, Astony melon revisaba los planos de una de las rutas de escape ocultas tras una monumental pared de engranajes. Sus dedos manchados de grafito trazaban líneas precisas sobre el papel pergamino. Sabía que los engranajes de la ciudad estaban a punto de girar en dirección contraria.
Elden tomó el cilindro de datos que Carla le había entregado. Su corazón dio un vuelco extraño, un latido que no figuraba en ningún manual militar de Valoria.
Prepárate, Carla, ordenó el capitán, desabrochando el emblema del Consejo de su hombro. Vamos a comprobar si el mundo del otro lado del deseo es real.