Capítulo 12.

1966 Words
No sé cuánto tiempo realmente estoy sobre la cama, inmóvil, mi mirada fija sobre mi mano derecha esa que en vano tomó su muñeca, sus palabras hacen eco en mi mente atormentándome, miro en dirección a la puerta y siento que me falta el aire, se equivoca, no lo necesito, me cubro el rostro con las manos, respirando fuerte, abrumada salgo de la cama hacia el baño lleno la tina y me sumerjo bajo el agua caliente, aun siento sus manos sobre mi cuerpo, detesto tanto que me toque, Caín me enferma de rabia, me obligo a salir de la tina cuando mis dedos se arrugan como pasas, con la toalla alrededor de mi pecho busco una pijama, rebusco en el armario alguna que no muestre tanta piel, pero nada llega por debajo del muslo, ruedo los ojos, me decido por una pijama de satín morada con encaje, vestida me tiro sobre la cama , caigo sobre mi estómago, maldiciendo lo cómoda que se siente esta pijama, necesito sacarlo de mi cabeza, el dormir siempre ayuda, sigo a mi conciencia cerrando los ojos, caigo en un sueño profundo. *** Me sobresalto, los golpes sobre la puerta dan por terminado mi sueño terapéutico con de la delicadeza de una motosierra, levanto la cabeza de la almohada con los ojos ardiendo, mis parpados tan pesados como dos piedras. —Buenos días, Señorita Cloe—Saluda Cecilia acariciando las palabras con dulzura, al otro lado la puerta—Él Señor Caín ha ordenado que baje a desayunar. —No tengo hambre—Respondo en un grito que resuena en toda la habitación, ese hormigueo en mi estómago cobra vida al escuchar su nombre, aunque me pesa ser grosera con Cecilia, no deseo verlo después del encuentro de anoche. —Me temo que tengo ordenes de hacerla bajar, Señorita Cloe—Me advierte Cecilia golpeando una vez más la puerta, junto las cejas, ese hormigueo incomodo ahora es nerviosismo puro que picha mi tripa—No queremos utilizar la fuerza, abra por favor. —Dile a Caín que no quiero bajar—Pido apresuradamente saliendo de la cama, aun en pijama, camino a la puerta acercando mi oído, me alarma escuchar pasos apresurados. —Apártese de la puerta—Me ordena la voz de ¿Mario? —Espera—Pido abriendo la puerta, encontrándome con Mario poniendo la llave sobre la cerradura mientras Cecilia espera tras de él, ambos me miran con expresión neutra, creo que soy la única que no sabía que había una llave, la cerradura no es mera decoración ¿Por qué no habían hecho eso antes? —El Señor quería respetar su privacidad—Responde Cecilia adivinando mis pensamientos, asiento con la mirada en el piso, siento un gran peso sobre mis hombros, como si todo cayera sobre mí de golpe, esto es una prisión elegante. —¿Privacidad? —Cuestiono luego de un segundo sintiendo la sangre hervir, esto es insultante. —¡Señorita! —Chilla Cecilia cuando salgo disparada pisando fuerte, no puede tratarme como si fuese su mascota, esta vez me escucharía, no me importa su maldito sentimiento de superioridad, bajo las escaleras dando saltos rápidos, cuando llego abajo quiero tomarme un respiro pero luego recuerdo sus palabras y sigo camino al comedor cuando abro las grandes puertas de cristal mi pecho sube y baja con la rabia quemando mi piel, dejo caer los brazos a mis costados, vacío, me acerco a la mesa pero está dispuesta para una sola persona. —¿Qué significa esto? —Cuestiono al aire, se ha burlado de mí, ¿No es capaz de verme a los ojos después de lo que pasó? Me giro cuando alguien abre la puerta tras de mí, con la esperanza pitando, dejo caer los hombros, decepcionada al ver a Cecilia traer el desayuno en una bandeja de plata—¿Dónde está Caín? —Él Señor salió muy temprano está mañana—Me informa con su natural sonrisa, colocando todo sobre la mesa con una ejecución magistral, sin mirar realmente lo que hace centra su mirada sobre mí. —¿Por qué me han obligado a bajar entonces? —Cuestiono con la vergüenza pintando mis mejillas de rojo, me ha evadido, seguro tiene cosas más importantes que hacer, me la ha jugado no era necesario sacarme a rastras de la habitación. —No es de su agrado que permanezca encerrada en su habitación—Me explica extendiendo su mano derecha para que tome lugar en la mesa, me dejo caer sobre la silla, le doy un sorbo al batido de frutas, sintiendo un nudo en el estómago, Austin quizás no esté teniendo la misma suerte. —¿Cuál es la diferencia? Está mansión es una prisión—Me quejo abiertamente dejando la comida a un lado, no es justo que yo disfrute de comida caliente mientras mi hermano está desaparecido. —¿Me permite darle un consejo? —Cuestiona con ternura ampliando su sonrisa, asiento intrigada—Acepte la amabilidad del Sr. Caín, ser terca no la llevará a ningún sitio—Ese consejo viciado me revuelve el estómago, ¿Será posible que no sepa porque estoy aquí? No tengo ganas de averiguarlo. —No lo aceptaré—Niego levantándome de la mesa, esta conversación es una pérdida de tiempo, salgo del comedor con la voz de Cecilia a mi espalda, no debería sorprenderme, es su jefe, y yo una desconocida, quizás la desconocida del mes, me doy cuenta que no soy especial para nadie en este lugar. Al volver a mi habitación, pongo seguro a la puerta, inútil, pero me da algo de falsa seguridad, me siento sobre la cama, en pocos minutos mi aburrimiento es absoluto, me lo pienso un poco, salgo de la habitación de vuelta al recibidor, los gorilas de la entrada son de ayuda y me guían a la cocina donde Cecilia tararea una dulce melodía mientras pica una cebolla, aun con el delantal de girasoles puesto su elegancia es indiscutible. —¿Cuándo volverá Caín? —Pregunto llamando su atención, camino hasta que estoy del otro lado de la isla frente a ella. —No lo sé, Señorita—Responde con un tono formal manteniendo su sonrisa de labios sellados, un pichado de culpa me lastima el pecho, Cecilia es la única que me recibió con amabilidad, aun así, no puedo fingir agradecimiento. —¿Puedo ayudarte? —Me atrevo a decir encogiéndome de hombros, ella suelta una risita que le resta tensión al ambiente negando con la cabeza. —Solo lleva un par de días aquí y ya quiere quitarme mi trabajo—Bromea, limpiándose con el dedo una lagrimita rebelde, junto los labios en una línea nostálgica, recuerdo que mi madre hacía lo mismo cada que Austin se hacía el gracioso. —Cecilia ¿Qué sabes de mi hermano? —Dejo salir la pregunta que me carcome por dentro, el golpe del cuchillo sobre la tabla instala un ambiente pesado entre nosotras, siento que mi corazón se estruja, estoy decepcionada, no hay sorpresa en sus ojos, ella lo sabe, aguardo en silencio con la mandíbula tensa—¿Dónde está Austin? Cecilia. —Eso solo Caín puedo responderlo—Se excusa, cierro los puños con fuerza a mis costados, quiero sacarle la verdad, cuando me acerco a ella, Cecilia me muestra la palma de su mano levantando la vista a una de las esquinas de la cocina, pongo mis ojos sobre ese punto donde una cámara diminuta se camufla entre el color marfil de la cocina, él nos está observando. *** Han pasado dos días desde mi descubrimiento, sin señales de Caín, como si se lo hubiera tragado la tierra o el infierno, sin él la mansión es lo más cercano al limbo, silenciosa, inmensa y solitaria, en su ausencia solo puedo bajar al comedor cuando Cecilia me llama a comer, puntual como un reloj suizo, el resto del tiempo me derrito de aburrimiento en mi habitación, Cecilia en vano me convence que no estoy encerrada solo que los guardias en la entrada de cada habitación en el primer piso, las puertas con llaves en el piso de arriba son difíciles de ignorar, Caín me ha castigado de la peor manera, dejándome a solas con mi mente, esa que con el tiempo a su favor a tomado su propia voz robándome el sueño por las noches. 6:45 pm Salgo de la cama, arreglo el vestido que cae gentilmente sobre mis rodillas, lo sé, me veo ridícula con este vestido blanco floral el escote cuadrado se cierra por debajo del lunar de mi pecho derecho, algo que no termina de gustarme es que sea tan ligero no se siente al caminar, Cecilia lo ha escogido para mi está mañana, ella ha sido mi única compañía, aunque siempre evite mis preguntas, bajo las escaleras lentamente midiendo cada paso, no tengo prisa de volver a mi habitación, cuando bajo el ultimo la puerta principal se abre apartándose para darle espacio, lleva puesto un traje azul rey a la izquierda lleva un pañuelo color vino como su corbata, cuando nuestras miradas se cruzan una media sonrisa dibuja sus labios erizando mi piel, había pensado en tanto para decir que ahora mi labio tiembla incapaz de seguirle el ritmo a mi cerebro. —¡Espera! —Chillo cuando pasa frente a mi ignorándome por completo, corro tras Caín por el pasillo opuesto al comedor ese por donde no se me permitía husmear, lo veo abrir unas grandes puertas de madera cuando intenta cerrar la puerta me interpongo en el medio escabulléndome— ¿Piensas seguir ignorándome? —Pensé que no querías verme, Cloe—Afirma arrogante dándome la espalda camina hasta tomar asiento en uno de los sofás n***o individual recargando su espalda en el respaldo, me muerdo el interior del labio, nerviosa, cuando su mirada baja por todo mi cuerpo. —¿Y por eso desapareciste dos días? —Cuestiono colérica, me acerco a donde está con los puños a los costados, detesto su calma. —Despierta Cloe, mi mundo no gira entorno a ti—Aclara con un tono ronco mirándome directamente a los ojos con ese brillo que me resulta insultante, mis mejillas arden, me siento ridícula, ahora piensa que estuve tan angustiada por su regreso. —¿Crees que el mío sí? —Pregunto con sarcasmo levantando la voz, junta las cejas, irritado, creo que no se esperaba mi reacción. —Creo que eres inteligente Cloe, no me provoques—Responde en un tono oscuro he intimidante poniéndose de pie, obligándome a levantar la mirada para ver sus ojos, no retrocedo, la distancia entre nosotros es cercanamente peligrosa—No te sobrepases. —¿Y qué harás? ¿Encerrarme? ¿Chantajear? ¿Arruinar mi vida? —Interrogo apresuradamente en un tono desafiante, Caín tensa la mandíbula entrecerrando los ojos sobre mí, enfadado—¿Qué más puedes quitarme? —No hables—Me ordena con la voz entrecortada, junto las cejas, llena de rabia cuando su mirada baja a mis labios, Caín me toma por la nuca y mi nariz rosa la suya, jadeo. —¿Qu…—Quiero decir, pero mis palabras se quedan atrapados entre sus labios, abro los ojos como platos, impresionada por la calidez y suavidad de su boca, siento su lengua rosar gentilmente mis labios mientras que con su mano libre acariciar mi trasero, lo empujo apartándolo de un tirón, me limpio con el dorso de mi mano sacudiendo la cabeza cuando lo veo relamerse los labios—Vete al infierno. Corro fuera del despacho escaleras arriba encerrándome en mi habitación, apoyo la espalda contra la puerta deslizándome hasta el suelo abro mis rodillas escondiendo mi rostro entre ellas, con el corazón retumbando en mis oídos. Soy una idiota.
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