6. Hará que mi control se rompa

1901 Words
POV Giovanni Valentinni Ella sería mi tormento… Mi maldita maldición. Nunca había dejado que nada me afectara, y ahí estaba ella siendo la encarnación de mi perdición. Mi lema era claro: Jamás dejar que alguna mujer me afectara. Ni una sola vez había dejado que alguna mujer se acercara a mis barreras. Las usaba. Las desechaba. Me iba. Pero ella, con esos ojos color jade, era un gran problema. Desde que la vi en la playa lo supe… Ella me provocaba un instinto enfermizo que jamás había enfrentado. La notaba aún afectada por el orgasmo. Ella podía hacerse la dura, pero su cuerpo… oh, su cuerpo estaba tan ansioso como el mío. Mandé al mío a calmarse de esta fascinación enfermiza, pues no iba a demostrarle que ella se volvió… mi oscuro anhelo. Su rostro orgásmico era un vicio. Pero no iba a dejar que sus seductores jadeos me enloquecieran. Con fuerza llevé mi dedo pulgar hacia sus labios. Los apreté. Ella intentó controlar un jadeo, pero no pudo. —Esto es solo una muestra, leonessina (leoncita) —apretaba con más fuerza sus labios—. Mientras estés bajo mis términos durante un año, eres mía. ¿Entiendes? Solo mía. Arrastré la voz con peligrosidad. La desataba. Sus muñecas tenían las marcas del cinturón. Demonios. Qué precioso. ¿Cómo se vería con todo el cuerpo marcado por mí? Nadia demostró por qué la consideraba una leona. Con fuerza impactó contra mi mejilla. El sonido seco hizo eco en el baño, cortando el silencio. El picor en mi mejilla era un placer exquisito. Mi rostro se movió con su movimiento. Ella intentaba pelear. Era como una presa que se negaba a ser cazada. Hubo un gran silencio entre nosotros. Era pesado, suficiente para sentirse en la piel. No me moví. Dejé escapar una leve risa. Seca. Sin nada de humor. Lamí con detenimiento mi labio. La cachetada de ella me cortó un poco los labios. Lamí la sangre. Nadie… Absolutamente nadie hacía eso sin un castigo. Con mi lengua pasé por el interior, sintiendo que el golpe de ella me había afectado. Mmm… ella sería interesante… Perfecta para ser una digna reina de mis territorios. Obligué a mi cabeza a descartarlo. Ella solo era una pieza más en mi tablero. Nada más. Giré por fin mi cabeza, dando un paso hacia ella, quitando el poco espacio que teníamos. Mi respiración rozó sus labios. Su mirada era fuerte y, a pesar de todo, pude verla temblar muy en el fondo. Invadí su espacio. Colonice todo de ella. —¿Terminaste? Mi pregunta fue un susurro, casi rozando una advertencia. Oscura. Demoníaca. Ella no habló, pero pude ver ese fuego de no querer someterse a mí. Mejor. Sería más placentero romperla. Con lentitud la tomé del cuello, obligándola a que me mirase. Nuestros labios casi rozándose. —Porque debo advertirte, nadie osa tocarme sin consecuencia. Me incliné juntando nuestros labios. No era un beso, solo una guerra de control donde ninguno de los dos cedimos. Me agaché, tomando su ropa interior junto a su pantalón, subiéndolo de golpe. La levanté un poco, provocando que su lencería rozara su interior. A pesar de que mantuvo un rostro imperturbable se notaba que le había afectado. —Así que no pienses que podrás escaparte de tu castigo —rozaba con mis dedos su espalda por debajo de su blusa, apretando—. Y te advierto que a mí me gusta que todos me obedezcan. —Es una lástima, yo no pienso seguirte. Intentó empujarme. Tomé su mano, llevando una de ellas a mis labios. Mordisqueaba la marca del cinturón, haciendo que ella jalara con rapidez. Le afectaba. No movimos ni un músculo. Era similar a si alguien lo hiciera, perdería. Mi teléfono sonó. Fue lo único que pareció romper el encanto que esa hechicera me había puesto. Lo abrí sin revisar. —¿Qué? —Giovanni, ¿dónde está? Enzo. Su voz era fría, por lo que solo significaba una cosa. —Ya regreso. Sin decir nada más, cerré la llamada. Abrí la puerta y, tras esto, tomé su muñeca, llevándola a mi auto. Estaba forcejeando conmigo, pero no me importaba. Ahora mismo solo quería llevarla a mi dominio, donde no pudiera escapar. Mis secuaces no dijeron nada. El rugido del auto era lo único que se escuchaba. Nadia se notaba alerta. Demasiado. Era similar a alguien que no bajara las defensas. Nos detuvimos por fin cerca del mar. Un mar turquesa que competía con una ilusión soñada. El sol calentaba mi piel. Abrieron la puerta del auto y, tras esto, salimos. Una cantidad de hombres alineados casi militarmente mientras caminaba. Arreglaba con calma los puños de mi saco. Nadia no bajó. Su mirada precavida observó la enorme hilera de hombres haciendo dos líneas hasta mi mansión. Dos de mis hombres intentaron tocarla para sacarla. Mi expresión fue suficiente para que se alejaran. Me acerqué a Nadia, llevando mi mano hacia ella. —Vieni qui, leoncellina mia (Ven aquí, mi leoncita). Nadia no escuchó. Sus ojos eran los mismos de una leona en una jaula. Dejé escapar un largo suspiro, sacando mi arma acercándola an ella. —Te la entrego si sales por las buenas. Ella parpadeó con cuidado. —No tiene balas. Alcé una ceja con detenimiento. Quité el seguro, levantando un poco el arma hacia el cielo, lejos de todos, disparando. El sonido del proyectil fue fuerte. Nadie se movió, mis hombres estaban acostumbrados a eso… Y, sorpresivamente… Nadia tampoco. El olor de pólvora invadió el ambiente. Por unos momentos nos encerramos en una extraña aura donde no había nadie. —Me darás un arma a mí —dejó escapar una leve sonrisa—. ¿No temes que te mate? —No le temo a la muerte, leoncellina(leoncita), me temo a mí mismo. Si me matas, vendré desde el abismo a reclamar tu alma —sonreí de manera espectral—. Así que si me disparas, mátame. Asegúrate de que esté muerto, porque si no, no habrá cielo ni infierno que te esconda de mí. Hubo un largo silencio. Tomó el arma con calma. Abrió el tambor, revisando las balas, y tras esto la cerró. Colocó el seguro y, sin decir nada más, tomó mi mano. Ella no era una estafadora. No me tragaba eso. Esa mujer de ojos hipnotizantes tenía un secreto, y me aseguraría de descubrirlo. Caminé junto a ella hacia mi hogar. Una de mis mansiones donde vacacionaba unos días para alejarme del estrés de mi vida. La sangre. La muerte. Tenía planeado quedarme una semana y ahora que estaba Nadia… Tenía planeado llevármela conmigo. La puerta de la mansión se abrió, donde había otra línea de guardias observándonos expectantes. Posaron sus ojos en la pequeña mujer de un metro cincuenta y seis detrás de mí. Ella era delgada. Demasiado. Por eso no podía comprender cómo una mujer con ese cuerpo pudo derribar a un hombre con arma. Llegué a la escalera, donde me detuve. Apenas giré el rostro hacia ella y, tras esto, miré a Ivan, uno de mis hombres de más confianza. —Escúchame bien —mi tono se endureció—. Llévenla a la habitación que pedí preparar para ella. Nadie la deja salir hasta que yo lo ordene. Quiero que la tengan vigilada, que incluso el viento tenga que pasar por ustedes. Silencio. Ivan asintió con calma. —Entendido, señor Valentinni. Nadia caminó por la escalera siendo guiada por alrededor de diez hombres. Observaba todo con detenimiento, pero no intentó nada. Era lo mejor. Mis hombres estaban entrenados para acabar con quien sea. Comencé a caminar hacia mi despacho. Mis pasos hicieron eco. Controlado. Como todo lo que tenía en mis tierras… Hasta que llegó ella. Apreté mi mandíbula. Llegué a mi despacho, cerrando la puerta con fuerza. El sonido vibró en toda la habitación. Intentaba que toda la tensión de mi cuerpo se fuera en ese golpe. No pude. —Maldita sea esa mujer. Masticaba cada palabra. Tomé un vaso de cristal, comenzando a verter whisky en él. El líquido color ámbar cayó en el vaso. Lo llevé a mis labios y, tras esto, le di un largo trago. Quemó. No lo suficiente. Ella aún podía afectarme. Tomé toda la botella, llevándola a mis labios. Le di un largo trago. Intentaba callar los gritos de mi cabeza, pero no podía apagarlas. Esa mujer. Con solo una mirada… Su maldita mirada tenía algo que no entendía. Quería hacerla mía. Pero no podía. Ninguna mujer tenía esa capacidad, y ella no sería la excepción… y aun así tenía la sensación y obsesión de que me pertenecía. Dejé de tomar el licor, sintiendo el líquido quemarme el esófago. A pesar de ese largo trago, su coqueto rostro, su expresión en el orgasmo gritando mi nombre, me perseguía. —¡Mierda! Grité con fuerza, lanzando el vaso, el cual salió disparado hacia la pared. Se estrelló con violencia, rompiéndose en mil pedazos… Como mi paciencia. El sonido rompió el silencio de la habitación. Respiraba pesado. Me senté en mi sillón, dándole otro sorbo largo a la botella, mirando al techo. La puerta se abrió. No necesité mover la cabeza para saber quién era. Por su caminar y su olor a sangre sabía que era él. Tras un largo silencio bajé la mirada, pues pensé que había salido, pero no lo hizo. Él evaluó el despacho con calma, pasando sus ojos por el cristal. —Había escuchado que habías enviado a varios a vigilarla. Levantó con calma la suela de su zapato, notando un cristal incrustado. —Esa mujer te está afectando, Giovanni. —No lo hace. Enzo alzó apenas una ceja. Me conocía desde hace tanto tiempo que éramos prácticamente familia. —Giovanni, aunque lo niegues, es evidente. Llevé una mano a mi cabello, peinándolo hacia atrás con fuerza. —Ella es extraña… Murmuré apenas con voz baja, mirando aún al techo. —¿Extraña? —Ella no es como las demás. —¿Qué harás? ¿La reclamarás ante la sociedad? Negué con la cabeza lentamente. No podía hacerle eso. Si la marcaba en ese lugar, significaría que ante todas las mafias ella sería considerada mi mujer. Le daría un poder impresionante y, al mismo tiempo, la mantendría en un peligro constante. —No, sería peligroso. Ella lo es para mí. Para mi control. Para mis dominios. Silencio. Enzo dio un paso hacia mí, el cual seguí. —¿No? Entonces ¿cuál es tu plan, Giovanni? Tu padre querrá que marques a esa estafadora en cuanto se la presentes. —No lo hará. Solo la mostraré como una prometida que aún estoy viendo. La mantendré oculta por un año y solo la sacaré cuando quieran molestarme. —Eso no funcionará. —Tendrá que funcionar. Si no la mantengo encerrada… ella hará que mi control se rompa, y sabes qué hago con lo que rompe mi control. Ambos nos observamos por el rabillo de nuestros ojos. Mi mirada se tornó oscura. —Lo domino hasta que ceda el control. Una sonrisa sutil se dibujó en mi rostro. —O lo rompo. No dejaré que Nadia me haga caer, primero la destrozaré en mil pedazos antes de que pueda respirar. Enzo se mantuvo en silencio, y solo supe una cosa. Esa mujer que estaría encerrada ahora en mi reino… Debería someterla, porque sabía que, por sus ojos… Podría acabar conmigo.
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