7.Perséfone

2091 Words
Una habitación tan impecable y exquisita para que cualquier mujer se sintiera que ganó la lotería. La trampa de oro. El cebo perfecto. Toda esta habitación estaba milimétricamente transformada para crear la sensación de una jaula de oro de donde nadie quisiera escapar. Observé levemente detrás de mí, la puerta cerrada. Intenté mover la perilla de la puerta como si quisiera salir. Cerrada. Hice una leve mueca. «Escapar sería una misión imposible» «Demasiado vigilada por esta puerta, me descubrirían en un segundo si saliera» Con calma observé el lugar con detenimiento. Un hermoso candelabro iluminaba la habitación con un color ámbar. La habitación podría equivaler a un pequeño apartamento de algunas personas. Con calma me dirigí hacia la ventana. Barrotes. Toqué los barrotes calientes por el sol. Eran fuertes, si intentara salir por ahí necesitaría una sierra y probablemente se darían cuenta. Había un candado con una combinación. Suspiré riendo de manera amarga. —Esto es una estupidez. Los hombres que vigilaban cerca de la habitación parecieron notar mi presencia. Levantaron de manera leve su rostro para vigilarme. Hice una leve mueca retirándome del lugar, cerrando las ventanas. Todo estaba perfectamente controlado para no poder escapar. Un leve presentimiento comenzó a bombardear mi corazón. Un cosquilleo en mis manos que solo podía sentir cuando había algo fuera de lugar. Giré mi rostro con pausa. Tenía una presión invisible… algo que me acorralaba… Sintiéndome observada. Caminé de manera lenta por la habitación pasando entre los muebles de lujo. Un espejo que daba la impresión de ser bañado en oro. Una cama enorme. Un juego de sala en la habitación. Todo estaba perfecto… Demasiado. Con mis dedos comencé a toquetear debajo de la mesa hasta que llegué a tocar algo cuadrado. Con un poco de fuerza lo retiré. Un micrófono. Le retiré la batería comenzando a buscar. Detrás de cada mueble. Debajo de las patas. Entre los cuadros. Terminé encontrando veinte micrófonos y tres cámaras, las cuales desconecté. De los tres espejos, había uno que tuve que cubrir pues era de doble fondo. Para todos, un espejo normal… para mí, que había sido entrenada, sabía que eso era estar vigilada. Tras una hora revisando, coloqué todas las cámaras en una bolsa de ropa que había en la habitación. Sentada en el mueble, cruzaba mis piernas dejando escapar una risa seca. —Claro, no ibas a dejar a una desconocida entrar sin tenerla controlada. Coloqué el arma que me había entregado en la mesa, revisándola con calma. No había rastreadores y eso solo fue una prueba. Él solo lo hizo de una manera burlesca para decir que no podía escapar aunque estuviera armada. Antes de dispararle, ya tendría a cuarenta hombres liquidándome. Torcí mi labio. Él no era estúpido. No confiaba. No dejaba ningún cabo suelto… con razón había mantenido su imperio sin que nadie supiera quién era. Mi dedo tamborileó en la mesa intentando calcular qué hacer. —Hoy tenía un día, pronto por nuestra condición deberá dejarme irme donde me estoy quedando… tendré que filtrar la información sin que se entere. Mi voz fue un susurro tan bajo que el viento podía escucharse más. Un leve toque en la puerta me hizo mover mis ojos por el rabillo de ellos. No era un toque de pedir permiso, solo de aviso. Entró. Giovanni se adueñó del espacio sin siquiera buscarlo. Me observó sentada en uno de los muebles. Con calma, arregló sus pantalones antes de sentarse. Su mirada dorada buscaba mis ojos donde no cedió hasta que nuestras miradas se encontraron. —¿Qué quieres? —dije desganada. —Solo quería saber si todo estaba a tu gusto en la habitación. Un ligero olor a alcohol se mezcló con su olor corporal y me invadió. Su aroma masculino, con ligero toque de madera, abrazaba el olor a licor, haciendo parecerlo incluso más atractivo. Sus ojos se posaron en mis piernas cruzadas. Subió su vista de manera lenta. Pesada. Mi cuerpo reaccionaba a él como si tuviera la llave de mi interior. Un escalofrío que pasó desde la punta de los dedos de mis pies subiendo por mis muslos hasta finalizar en mis pechos. Un cosquilleo que era un placer maldito me recorrió. Su mirada filosa por fin se detuvo en mis ojos. —¿Seguirás jugando? —La mia leoncinа (mi leoncita), debes ser más específico. Tomé la bolsa con las cámaras lanzándola en la mesa. El sonido de los objetos resonó en la madera. Su mirada cazadora siguió la bolsa por unos momentos y tras eso volvió a mirarme a los ojos. —¿Qué es? —Tú más que nadie debes saber, ¿no es así? —con mi cabeza apunté al espejo que había tapado con una manta—. Qué curioso… para ser un hombre que le gusta tomar acción, déjame decirte que te gusta ver lo que no deberías ver. Entendió enseguida. Dejó escapar una risa ronca. Aquello provocó que mi cuerpo vibrase en el interior. Ladeó su cabeza de manera lenta. Llevó sus manos a sus rodillas, acercándose más a mi espacio personal. Su sonrisa se pintó en su rostro con un gesto de alguien que encontró algo interesante. —Eres muy curiosa, Nadia —arrastró mi nombre con su acento italiano. —Giovanni, si tanto quieres verme, solamente tienes que acercarte a mí. Si vamos a hacer eso, tú pones tus reglas y yo también. Él levantó una ceja volviendo a arreglarse. Se irguió en el asiento sin dejar de vislumbrarme. Ahí estaba. Su mirada indagadora. La sensación de serpientes volvió a enredarme. Incómodo. Atrayente. Peligroso. —¿Tú quieres darme reglas? ¿A mí? Su risa fue la de alguien que nunca había tenido que hablar de más para que todos se movieran al ritmo de sus órdenes. —Giovanni, no quiero que mi habitación tenga cámaras, no es negociable. —¿Y si no lo hago? Con calma tomé el arma en la mesa. Él mantuvo una risa juguetona. —Si vas a dispararme, hazlo a la cabeza. El peso del arma se sintió en mi mano. Con una calma casi visceral llevé el arma a mi sien. Pude ver una ligera grieta en su máscara de control quebrarse. —Nadia, baja el arma —su voz se tornó tan oscura como el azabache. Mi dedo estaba en el gatillo. El silencio sórdido fue aplacado por el mínimo sonido de mi dedo acariciando el gatillo. Esa era la última opción. No iba a permitir que él pudiera sacarme algo y si me veía comprometida no dudaría en hacerlo. Nuestros ojos se mantuvieron fijos. Ninguno se movió. Él sabía que el mínimo movimiento de él, por la corta distancia, solo sería un punto muerto. Para cuando me alcanzara, ya me habría disparado. —No te vas a disparar. —Rétame, Giovanni —levanté mi barbilla de manera provocadora. No había ni un solo gesto de temblor en mi mano. Ambos dejamos de respirar. Una pelea de miradas donde no sabíamos quién podría ceder. —No me gustan las amenazas —su tono era lúgubre. —No te amenazo, Giovanni. Si vamos a hacer este estúpido contrato no voy a permitir que juegues conmigo. Primero, me mato. Nuestros ojos fijos. Hubo una sensación extraña entre nosotros, como si algo nos estuviera atando. Un viento recorrió mi cuerpo trayendo un leve olor a un dulzor que nunca experimenté en la vida. Una presión en mi cuerpo indescriptible. No era miedo. No era terror. Algo más que aceleraba mi pulso. Unos latidos que buscaban mi pecho. Giovanni cerró los ojos unos segundos. Su rostro mostró incomodidad y al volver a abrirlos había algo extraño. Sus ojos aún brillaban con ese dorado característico, pero dentro había un resplandor diferente. —Eres una lunática —apenas dijo volviendo a fijar sus ojos en los míos. —Puedo ser más loca si quiero. —Habla. —Nada de cámaras en mi habitación. No quiero una línea insana de personas vigilando mi puerta. Él ladeó su cabeza negando como si no pudiera creer lo que diría: —Bien, no tendrás cámaras en tu habitación. Diez hombres vigilando la puerta. —Dos. —Ocho. —Dos —insistí. —Cuatro y es lo único que vas a tener. Si no aceptas cuatro, yo me encargaré de vigilarte personalmente —su sonrisa mostró sus blancos colmillos—. Y solo diré que si te vigilo… Hizo una leve pausa casi letal. —Estarás amarrada en mi cama en ropa interior, así que tú decides. Con rapidez llevé el arma a su rostro. Él mantuvo un rostro inexpresivo. Disparé. El sonido del proyectil resonó en la habitación haciendo eco. Eso provocó que los hombres que estaban vigilando la puerta entraran. Quince hombres entraron en solo un flash apuntándome a la cabeza. Varios sonidos de armas quitando el seguro. A pesar de ser rodeada, mis ojos solo estaban en los de él. En esa mirada de serpiente que parecía impresionado. Una fina línea de sangre rodaba por su mejilla. Rió de manera seca. Divertido. —Tienes una puntería impecable. —Oops… debí apuntar a la cabeza —fingí inocencia. —Leoncina (leoncita), si hubieras querido matarme, hubieras disparado a mi cabeza. Con un leve movimiento de sus dedos, sus hombres bajaron sus armas. Yo no lo hice. Nuestras miradas no cedían ni un solo segundo. Tras unos segundos, en la habitación entró Enzo, quien observó con detenimiento la escena. A pesar de que intentó mantener un rostro rígido, se notaba algo descolocado. —Giovanni —dijo con voz baja. —Tranquilo. Mi prometida solo me estaba pidiendo algo. Se levantó con una calma sobrehumana. Llevó el arma que aún no bajaba, llevándola a su frente. Él la sostuvo. Sus ojos no dejaban de observarme. Mis piernas quemaban. —Puedo matarte —dije con apenas voz. Él me robaba el aire aunque no quisiera aceptarlo. —Tú no eres una estafadora, ¿no es así? —su voz bajó hasta hacerse peligrosa. —Claro que lo soy —dije apenas. En él parecía haber un detector de mentiras. No dejó de buscar un ápice de temblor en mi interior. —¿A qué familia perteneces? Si me dices, seré amable y dejaré a los miembros de tu familia que tú escojas. —Yo no pertenezco a la mafia —respondí casi enseguida. Con calma, Giovanni movió el arma llevando sus labios a mis muñecas. Aquel lugar que aún estaba sonrojado por el amarre de su correa. La besó. El pequeño gesto provocó una electricidad en todo mi cuerpo. —Ya eres mía, la mia dolce Persefone (mi dulce Perséfone). Si no perteneces a nadie, entonces te reclamo como propiedad de los Valentinni. Su frase provocó que el ambiente en la habitación cambiara. Se sintió pesado, como si hubiera lanzado un conjuro que yo no podía entender. Todos los hombres en la habitación me observaron con detenimiento. —Giovanni… —Enzo habló. Él lo ignoró, levantándose con calma. Se arregló el traje como si nada hubiera pasado. —Enzo, mi prometida desea tener dos hombres que la vigilen. Escoge a los mejores. Giovanni llevó sus dedos a su mejilla, alcanzando una gota de sangre que había comenzado a trazar un camino. Observó sus dedos con detenimiento y tras esto se rió. Una carcajada viva, de un adolescente que parecía fascinado con algo. Lamió la sangre con calma y tras unos momentos volvió a mirarme. —Esta noche vamos a comer juntos. Tienes a tu disposición todo el clóset con ropa a tu medida. Los hombres comenzaron a salir poco a poco. Enzo, por otro lado, observaba en mi mano el arma que tenía. —¿El arma? —Déjasela. Mi prometida tiene ocho balas —sus ojos color oro se posaron en los míos—. Esperemos que sus próximos disparos sean con un buen uso. Me dedicó un guiño que provocó un leve sonrojo en mí. No quería admitirlo, pero ese gesto pícaro me desconcertó. No dijo nada más, saliendo. La habitación se quedó vacía y aún podía sentir su presencia. Su mirada. Sus palabras rozándome. Llevé el arma a mis piernas respirando un poco pesado. —Nunca había sido tan impulsiva… y él me hace serlo. Por primera vez tuve miedo. No por él… sino por en lo que podría convertirme si duraba más tiempo a su lado. No podía hacer esta misión. Tenía que escapar antes de que él me atrapara completamente en sus garras y no tuviera más opción… Que rendirme a su control.
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