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La Heredera Falsa del Imperio Russell

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Blurb

El día de su boda, Filipa Russell es abandonada en el altar frente a toda la élite de Mónaco. Pero la humillación pública es solo el comienzo. Horas después descubre que no es la verdadera heredera del Imperio Russell y que la familia a la que entregó su vida está dispuesta a expulsarla como si nunca hubiera pertenecido a ella.

Sin apellido, sin protección y convertida en el escándalo favorito de la alta sociedad, Filipa acepta la única salida que le queda: casarse con Alex Russell, el hermano frío, peligroso e impenetrable de su ex prometido.

Lo que comienza como un acuerdo para salvar las apariencias pronto se convierte en una guerra por poder, herencia y venganza. Porque Alex no juega para perder, y cuanto más cerca mantiene a Filipa, más difícil resulta saber si la está usando como pieza en su estrategia… o si se está convirtiendo en lo único que no puede permitirse desear.

Entre traiciones familiares, secretos enterrados y una verdad capaz de destruir al Imperio Russell, Filipa tendrá que decidir si quiere recuperar el lugar que le arrebataron… o incendiarlo todo junto al único hombre capaz de arruinarla para siempre.

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El Altar Vacío
El sacerdote llevaba cuatro minutos mirando sus zapatos. Filipa lo notó porque había estado contando. Cuatro minutos desde que el órgano dejó de sonar. Cuatro minutos desde que el murmullo de los doscientos invitados empezó a crecer como agua que sube por las paredes. Cuatro minutos en que nadie de la primera fila había tenido el decoro de mirarla a los ojos. Ella seguía de pie frente al altar. El ramo de peonías blancas le pesaba más que antes. O quizás eran sus manos las que habían dejado de sostener bien las cosas. —Seguramente hay tráfico —dijo alguien detrás de ella. Nadie respondió. El vestido era de Valentino. Tres meses de ajustes, dos viajes a Milán y una discusión con su madre que duró hasta medianoche. Este es el día en que te conviertes en Russell, le había dicho Elena Sullyvan mientras el modisto marcaba el dobladillo con alfileres dorados. Los Sullyvan llevamos veinte años esperando este enlace. Lo había dicho con esa mezcla de orgullo y alivio que Filipa nunca terminó de descifrar. Como si el matrimonio no fuera suyo, sino de la familia entera. Como si Filipa no fuera una hija, sino la última pieza de un trato negociado mucho antes de que aprendiera a firmar su nombre. Ian Russell, su prometido, siempre usaba otras palabras. Contigo por fin todo va a ser nuestro, le había dicho una noche en la terraza de los Russell, cuando aún parecía posible que una promesa privada valiera más que un apellido. Una casa sin horarios heredados. Una mesa en la que nadie decidiera por ella. Una vida en la que Victoria no la mirara como si todavía fuera una invitada tolerada y no la mujer que iba a entrar en la familia. Eso era lo que también se estaba rompiendo aquí: no solo una alianza entre los Sullyvan y los Russell, sino la única versión de futuro que Filipa había aceptado desear sin reservas. Ahora su madre estaba sentada en la primera fila y no se había movido en cuatro minutos. Filipa giró la cabeza. Solo un poco. Lo suficiente para ver la nave lateral de la iglesia: mármol blanco, luz filtrada por vitrales antiguos, ciento noventa y ocho personas con el mismo gesto suspendido entre la compasión y el morbo. Lo suficiente para encontrar los ojos de Lilly Marchetti en el cuarto banco. Lilly no fingía pena. Tenía los labios apenas curvados, el mentón levantado y el teléfono ya en la mano. El estómago de Filipa se contrajo. Por un instante no vio la iglesia. Vio a Ian la noche anterior, en la suite del hotel, quitándole con la punta de los dedos un alfiler suelto del velo y riéndose porque ella había dicho que parecía un mal augurio. Entonces él le besó los nudillos y murmuró, con esa voz baja que usaba cuando quería que el resto del mundo dejara de existir: mañana nadie va a poder apartarte de mí. Filipa había decidido creerle precisamente por la naturalidad con que lo dijo, por la forma en que luego se inclinó para recolocarle el anillo de compromiso, como si los gestos pequeños fueran la prueba más seria del amor. La arcada le subió tan rápido que tuvo que apretar la lengua contra el paladar para no doblarse allí mismo. Las rodillas le fallaron un instante. No llegó a tambalearse, pero sintió con nitidez brutal el momento en que el cuerpo entendió antes que la cabeza que la habían dejado sola. No le des lo que vino a buscar. Se volvió hacia el altar. Respiró. Contó los candelabros: seis. Contó los lirios del arreglo central: once. Contó los segundos hasta que el sacerdote volvió a carraspear con la misma incomodidad de siempre, el hombre incapaz de gestionar lo que estaba ocurriendo en su propia iglesia. —Podríamos... dar unos minutos más —ofreció él, en voz baja, dirigiéndose a ningún lugar en particular. Su madre se puso de pie. El movimiento fue suficiente para que el murmullo se detuviera en seco. Elena Sullyvan de pie significaba que algo había terminado. Todo el mundo en esa iglesia sabía que Elena Sullyvan no se levantaba a medias. Se levantaba para cerrar. —Filipa —dijo su madre, con la misma voz con que firmaba contratos. No dio un paso hacia ella. No levantó una mano. No hizo el menor gesto de cubrirla del espectáculo. Solo pronunció su nombre como si bastara con eso para clausurar la mañana. Filipa bajó el ramo. No lo dejó caer. Lo bajó. Había una diferencia y en ese momento esa diferencia era lo único que podía controlar. Lo apoyó sobre el reclinatorio de madera dorada y se tomó tres segundos para asegurarse de que los tallos quedaran derechos, como si importara, como si alguien fuera a usar ese altar para algo más después de esta mañana. Como si hubiera una razón para que las flores siguieran en pie aunque ella ya no pudiera estarlo. Luego caminó por el pasillo central. Ciento noventa y ocho personas la vieron avanzar. Nadie habló. Los tacones sonaban sobre el mármol con una precisión que le pareció obscena, demasiado clara, demasiado rítmica para la magnitud del silencio que los rodeaba. Filipa miraba al frente. Las puertas de madera antigua al final del pasillo, la luz de la calle filtrándose por los bordes, la salida como única coordenada posible. Si llegaba a esas puertas sin detenerse, sin tropezar, sin que la voz se le quebrara en un sollozo que no había pedido permiso para subir, entonces algo pequeño seguiría siendo suyo. Pasó junto al cuarto banco. Sintió, más que vio, que Lilly levantaba el teléfono. No aceleró el paso. Las puertas se abrieron solas —algún asistente del evento, algún empleado cumpliendo su función por última vez esa mañana— y Filipa salió a la escalinata de la iglesia sin detenerse. El sol de noviembre golpeó directo. La calle estaba vacía excepto por los coches aparcados en doble fila y un fotógrafo que tardó medio segundo en darse cuenta de lo que estaba fotografiando. La novia. Sola. Sin novio, sin cortejo, sin la sonrisa que habían contratado para ese momento. Se apartó del objetivo antes de que el segundo disparo sonara. Buscó el lateral del edificio, la sombra larga del muro de piedra del jardín contiguo. Se apoyó contra la pared cuando estuvo segura de que nadie podía verla desde la escalinata. La piedra era fría a través de la seda del vestido. El Valentino rozó la superficie sucia y Filipa pensó, con una claridad absurda, que la mancha no saldría. No lloraba. Eso la sorprendió y la humilló un poco. Habría preferido un derrumbe nítido a esa sequedad feroz, porque al menos las lágrimas le habrían dado una forma visible al dolor. Pero lo que sentía no era tristeza. Todavía no. La tristeza requería una versión de los hechos en la que Ian hubiera dudado a último minuto, en la que algo se hubiera roto dentro de él delante del altar. Lo que sentía era más frío y más hondo: la certeza insoportable de que, mientras ella avanzaba hacia el pasillo central creyendo que su vida estaba a punto de consolidarse, Ian ya había elegido no estar. Era el sonido de una estructura que se parte. No el golpe: el crujido lento que viene antes, el que nadie escucha porque todos están mirando hacia otro lado. Ian Russell no había aparecido. Ian no había aparecido. Y Elena Sullyvan había cerrado la ceremonia como si fuera una reunión de directorio que había salido mal por culpa de un proveedor. Desde el interior de la iglesia llegaba ya el rumor reorganizado, el sonido de doscientas personas procesando lo que acababan de presenciar y convirtiendo la experiencia en historia que contarían esa noche. Filipa sabía exactamente cómo circulaba ese tipo de historia. Lo había visto hacer con otras. Nunca había imaginado ser el centro. Sacó el teléfono del pequeño bolso de mano —blanco, de seda, completamente ridículo para la situación— y revisó los mensajes. Nada de Ian. Nada de ningún Russell. Dos llamadas perdidas de la coordinadora del evento. Un mensaje de la florista preguntando si debía recoger los arreglos al terminar la recepción, porque la recepción seguía reservada en el hotel y nadie le había avisado nada todavía. Y un mensaje de texto de un número que no reconocía. Recibido hacía exactamente diecinueve minutos, mientras ella caminaba hacia el altar creyendo que su vida estaba a punto de consolidarse. Lo abrió. No eres quien crees que eres. Filipa leyó el mensaje dos veces. Luego una tercera, más despacio, como si la velocidad de lectura fuera a cambiar lo que decía. El número no tenía nombre guardado. No tenía indicativo de operadora conocida. Era una secuencia de dígitos sin nada detrás. Y, sin embargo, las palabras activaron algo viejo. Un recuerdo sin forma precisa: una vez, a los nueve años, escuchó a dos tías callarse cuando ella entró en una habitación; a los trece, encontró en el estudio de su padre una carpeta con su nombre y la fecha equivocada; a los veinte, Elena dijo delante de un fotógrafo espera a que estemos seguros del ángulo correcto con un tono que no parecía hablar de la luz. Pequeñas rarezas que nunca alcanzaron a convertirse en pregunta. Hasta ahora. Las puertas principales de la iglesia se abrieron de par en par. El murmullo salió a la calle como una presión liberada. Pronto alguien doblaría la esquina del lateral. Su madre, o alguno de los asistentes, o Lilly con el teléfono todavía en la mano buscando el ángulo del después. Filipa no se movió. Releía el mensaje. Diecinueve minutos. Alguien lo había enviado cuando ella ya estaba dentro de la iglesia, ya de pie frente al altar, ya sosteniendo las flores con las manos demasiado quietas. Alguien que sabía dónde estaba. Alguien que había esperado ese momento exacto para decírselo. No para advertirla. Para quebrar el suelo justo cuando no tenía dónde caer sin que todo el mundo la viera. No eres quien crees que eres. Los pasos de su madre sonaron en la escalinata. Filipa cerró la pantalla y guardó el teléfono. Por primera vez desde que el órgano había dejado de sonar entendió que la boda no era lo único que había perdido. Había perdido también la versión más simple de sí misma: la hija correcta, la novia elegida, la mujer a punto de entrar en un futuro reconocible. Lo que venía ahora no era una caída decorosa. Era un suelo que acababa de desaparecer.

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