LOS DIENTES Y LOS HUESOS SON BLANCOS DedosQuería ser novia de Brahms. Que tocáramos juntos muchos acordes y me hablase en mayúscula. Desconfiaba del corazón como oficina de correos, de las cacofónicas caricias. No quise que los días fuesen conejos muertos sacados del sombrero. Conocí a Lucio mientras atravesábamos tres siglos con los dedos. Primero fue Bach, luego Beethoven, Sibelius y Ligeti. Él parecía un centauro, mitad hombre, mitad chelo. Él y yo lo sabíamos; poner los dedos es tirar los dados. Cuando llegamos a su casa, aún olíamos a aplausos. Nos duchamos para partir de cero y acabamos como archipiélago desparramado en la alfombra. No era buen dueño del hogar, Lucio. Todo el suelo con pelusas, involuntarios peluches de tiempo. Haciendo el amor descubrí unos ojos llenos de buenos

