Las horas transcurrieron sin descanso al igual que mi grupo, el amanecer estaba cercano, hacia una hora ya todo habían bajado de sus caballos para dejarlos descansar sin el peso de su jinete arriba, excepto nosotros, no deseaba despertarla ya que dormía profundamente, el viaje seria largo y pesado y no quería que se desgastara tan rápido. Cuando al fin amaneció, los suaves rayos de sol comenzaron a filtrarse entre los árboles, la mañana era cálida, así que decidí retirarle la capa de encima a Ailén, ella aun dormía profundamente haciéndola ver apacible y tranquila, quien la viera así no adivinaría que era una pequeña fierecilla que llevaba recargada sobre mi regazo. A pesar de que hubiese deseado que el momento fuera eterno, ella comenzó a moverse, anunciando su próximo despertar, y así

