Caco. De niña no sabía decir mi nombre y le salía así: caco. Con los años dejó de usarlo, solo lo sacaba cuando quería ser cariñosa, cuando bajaba todas las defensas. Me llegó directo al pecho, como un abrazo viejo. Tontamente, entre lágrimas y mocos, le respondí lo primero que me salió: —No me dan las manos… Antes de que pudiera decir nada más, le pregunté con voz rota: —¿Tienes más coca… o lo que sea? Marta se acercó despacio y se sentó en el brazo del sofá, a mi lado pero sin tocarme. —Solo marihuana, te lo juro —dijo, con voz suave—. Y perdona por haberte hecho recaer. A veces se me olvida que no tienes límite… que no eres como yo. Me fastidió ese toque de superioridad, ese “no eres como yo”. Pero en el fondo tenía razón. Ella podía parar, podía controlar. Yo nunca había sabido.

