—¿Vamos corriendo hasta el pueblo? No me jodas, prefiero quedarme pringado. —Apestas a químico. Me olí el sobaco. Joder, era verdad. Sudor ácido, restos de coca en los poros, alcohol fermentado. Olía a resaca dura. —¿Y cómo volvemos? —pregunté. —Caminando. No está tan lejos. Pensé un segundo. A trote suave, poco más de una hora hasta el pueblo. Ducharnos en las piscinas municipales, y volver caminando o liar a alguien para que nos trajera. Además, en el pueblo los domingos por la mañana la gente se toma un vinito en el bar antes de comer. Para abrir el apetito. Era lo normal por aquí. Me vendría bien un tinto fresco. —Vale —dije—. Me pongo la ropa para correr en cinco minutos y vamos. —Aquí te espero. Subí, me cambié rápido: shorts deportivos viejos, camiseta sin mangas, zapatillas

