—Menos mal que a los viejos no les importa que fumemos maría —dije, soltando humo. —Pues menos mal. Eso disimulará más tu olor a químico. No respondí. Pensé: “Ahora mismo me está ayudando, porque el terror a que me echen de casa me libra de la tentación… o no del todo”. El miedo era el freno. Pero no del todo. El agua fresca, la marihuana suave, el sol entre las hojas… nos relajamos. Al principio separados. Luego, sin decir nada, más juntos. Un roce de pierna. Un hombro contra hombro. Una mano que quedaba sobre el muslo bajo el agua.La erección no se iba. Estaba dura, tibia bajo el agua. Cada roce me ponía más. Marta no parecía incómoda. Seguíamos fumando, bebiendo, hablando poco. Pero los toques se hicieron más frecuentes. Y yo, cada vez más cachondo. El agua fresca nos envolvía como

