Salimos del agua en silencio. El sol ya pegaba fuerte, el aire estaba espeso y olía a tierra caliente y a porro quemado. Marta se subió primero a la piedra plana, el agua resbalándole por la espalda tatuada, gotas brillando en los piercings de los pezones cuando se giró para tenderme la mano. La cogí sin mirarla a los ojos. No podía.Nos vestimos rápido, sin bromas, sin roces. Ella se puso el legging y el top ajustado, yo los pantalones cortos y la camiseta que ya estaba seca por el calor. Recogimos la mochilita, el mechero, la botella medio vacía. Ninguno dijo nada mientras volvíamos por el caminejo agrícola. Solo se oían nuestros pasos en la tierra seca y algún pájaro lejano. Cuando ya llevábamos un rato caminando, Marta rompió el silencio sin mirarme. —¿Sabes qué es lo más gracioso de

