—No te vayas todavía —dijo, con esa voz baja que usa cuando quiere algo de verdad—. Tengo que hacer un recado. Y necesito que me acompañes. La miré. Ella me miró a mí. Y supe que no iba a ser un recado cualquiera.Marta sacó el móvil, tecleó una dirección en el GPS y lo puso en el salpicadero. —Sigue las indicaciones —dijo—. No preguntes todavía. Arranqué. Madrid se abrió delante de nosotros: luces de neón, tráfico de viernes noche, olor a asfalto caliente y gasolina. El GPS hablaba con voz robótica, guiándonos por calles normales, barrios normales, nada que gritara “esto va a ser raro”. Pero yo ya sabía que lo iba a ser. Aparcamos en un subterráneo discreto, de esos que parecen de un edificio de oficinas o un bloque de pisos corriente. Subimos en ascensor hasta la calle y seguimos cami

