La mujer eslava se acercó primero, se inclinó y esnifó su raya sin pestañear. El n***o hizo lo mismo, el canuto desapareciendo en su nariz enorme. Marta se adelantó sin dudar, se agachó con naturalidad y aspiró la suya en una sola pasada limpia. Luego me miró. La última raya estaba allí, esperándome. Sentí el tirón en el pecho, ese viejo conocido que me decía “solo una, no pasa nada”. Intenté resistir, apreté los puños, miré al suelo. Pero el olor ya estaba en el aire, químico y dulce, y su cuerpo me recordaba demasiado bien lo que venía después. Me acerqué, me incliné y esnifé. La coca entró como un rayo: cabeza clara, corazón acelerado, una ola de energía que me subió desde el estómago hasta la nuca. Era buena, muy buena. Pura. Y estando allí todos desnudos, con la adrenalina del momen

