Se montó en la furgoneta. Olía a perfume dulce y humo de cigarro. Arranqué y me dirigí a un lugar apartado, que ella me indicó. Pasamos a la parte de atrás de la furgoneta, donde había espacio suficiente para tumbarse (papá la usaba para cargar herramientas, pero los asientos traseros se abatían). Ella se sentó, se abrió el short y sacó la pija. Era buena: mediana, venosa, ya semi-dura. Me arrodillé entre sus piernas, listo para empezar. Pero entonces me acordé de la bolsa de coca que me había ganado en el spa. La saqué de mi bolsillo, abrí un poco el gramo extra y usé mi vieja llave para preparar una raya pequeña. Esnifé. El subidón volvió, fuerte, limpio.Ella me miró, los ojos brillantes. —Oye, invítame —dijo con acento brasileño suave—. Si es buena coca, además de chupada te enculo. G

