—¿Quieres algo? —preguntó Marta, ofreciéndome una cerveza de la nevera que alguien había traído. —No. Tengo que conducir. Ella se encogió de hombros y se quedó callada un rato, mirando cómo las chicas bailaban y reían. Yo no podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar en el spa. El semen del n***o aún dentro de mí, el sabor de la eslava en la boca, la leche del jefe en la cara. Todo mezclado con la coca que todavía me zumbaba en las venas. Estaba cachondo otra vez, y odiaba admitirlo.Pasaron unos minutos. Marta se levantó, fue a la cocina y volvió con dos vasos de ron con cola. —Toma —dijo, sentándose de nuevo—. Solo un trago. No te vas a emborrachar. Lo cogí. Bebí un sorbo. El alcohol bajó caliente, mezclándose con la coca. Me sentí más suelto, más vivo. —Oye —dijo ella en voz b

