Seguimos cavando en el sótano, el pico y la pala golpeando la tierra con un ritmo que ya se había vuelto casi automático. El sudor me corría por la cara, por la espalda, mezclándose con el polvo que se levantaba cada vez que clavaba el pico. Seguimos llenando sacos, uno tras otro. Cuando teníamos una pila decente, bajó al sótano el señor mayor, el de los sesenta y tantos, con la camisa de cuadros y la cara de buena persona. Llevaba un cigarro apagado detrás de la oreja. —Hay que hacer otro viaje a la finca —dijo, señalando los sacos—. Llevaremos los que ya están llenos. Me miró un segundo, luego a papá. —Tu hijo va conmigo. Tú quédate llenando más. Papá asintió sin protestar. Yo tragué saliva. Temí que el señor mayor también quisiera algo s****l. Pero no podía negarme. Subí los sacos

