—Hola, chicos —dijo, subiendo atrás—. ¿Cómo ha ido la chapuza? Papá gruñó algo que sonó a “bien”. Yo solo asentí. Con tanto trabajo se nos había pasado la hora de comer. En otros tiempos hubiéramos ido a algún bar o restaurante del pueblo a comer algo decente, un menú del día con tortilla y ensalada, o unas raciones con cerveza. Pero la economía familiar no estaba para esos gastos. Papá conducía en silencio, mamá tarareaba una canción vieja, y yo miraba por la ventanilla, sintiendo el peso de los 200 euros en el bolsillo interior del chándal. Hacía mucho tiempo que no tenía tanto dinero en las manos. Por los pufos que dejé en tarjetas de crédito y bancos, ni siquiera tenía cuenta corriente. Todo lo que entraba iba directo a pagar deudas o a papá y mamá. Llegamos a casa. Mamá entró prime

