Me quedé paralizado. Yo con mi camiseta vieja, pantalón corto sudado y zapatillas rotas. Me sentí ridículo, como un mendigo delante de una reina. Blanca corrió hacia mí con los brazos abiertos, como si fuera a abrazarme, pero cuando estaba a dos pasos se paró en seco, las mejillas se le pusieron rojas y bajó la mirada. Extendió la mano con timidez. —Hola… —dijo bajito. No supe si reírme o llorar. Opté por lo intermedio: le di la mano, la apreté suave y luego me incliné para darle un beso en una mejilla. Luego el otro, pero muy cerca de la boca, rozando apenas la comisura. Ella sonrió como si le hubiera dado el mundo. —Hola —respondí—. Por cierto… ¿cómo te llamas? —Blanca —dijo, quitándose las gafas un segundo para mirarme a los ojos—. Y creo que tú te llamas Carlos. —Sí —dije—. Encan

