Nos desnudamos despacio. Blanca se tumbó en la alfombra mullida, abierta, pasiva, estilo estrella de mar. Tenía un olor maravilloso: mezcla de perfume suave, sudor limpio y piel caliente. Lo mismo que la primera vez, empecé besándola por todas partes: el cuello, los hombros, los pechos grandes y pesados, los pezones oscuros que se endurecían bajo mi lengua. Bajé al vientre, a los muslos, a las axilas saladas, a los pies (los besé uno por uno, lamiendo los dedos). Ella gemía bajito, las manos en mi pelo. Cuando llegué al coño, estaba húmeda pero no mucho. Me esforcé: lengua plana cubriendo todo, luego más rápida en el clítoris, chupando suave, metiendo la punta dentro. Poco a poco empezó a reaccionar: caderas moviéndose, gemidos más altos, manos apretándome la cabeza. Se corrió fuerte, un

