Me fuí del patio trasero, el agua fría aún goteando por mi cuerpo, el culo dolorido por el arnés de Marta. El sol ya empezaba a pegar fuerte, convirtiendo el aire en una sopa pegajosa. Entré en la casa, me sequé con una toalla vieja y me puse el bóxer y la camiseta. El salón estaba vacío, pero oí ruido en la cocina: platos, el siseo de la cafetera, el olor a café y a pan tostado. Entré. Mamá y Marta estaban allí, las dos desnudas aún, como si no hubiera pasado nada. Mamá removía huevos en una sartén, el cuerpo delgado moviéndose con gracia, el culo firme tensándose con cada paso. Marta untaba mantequilla en unas tostadas, las tetas operadas balanceándose ligeramente, los piercings brillando bajo la luz de la ventana. Me miraron al entrar y sonrieron, como si fuéramos una familia normal pr

