Un par de lunes papá me llevó a trabajar desde la mañana temprano. “Hoy te necesito, Carlos”, decía, y no había discusión. Eso significaba que no podía estar con mamá. Me jodía, porque esas mañanas eran lo más intenso de la semana, pero también me aliviaba un poco. La culpa me comía vivo después de cada encuentro. Con tanto trabajo, casi no veía a Marta. Llegaba tarde, se duchaba rápido y se metía en la cama. A veces me abrazaba por detrás, desnuda, y se dormía pegada a mí, pero no había tiempo ni energía para nada más. El verano se acababa. Septiembre traía frescor por las noches, menos turistas, menos trabajo. Pero la cabeza me daba vueltas. Entre la mariguana que fumábamos, los lunes con mamá, las citas con Blanca y el silencio de Marta, sentía que algo se estaba rompiendo dentro de m

