Llegamos a finales de septiembre y el verano se había ido como un suspiro caliente y agotador. En esta comarca, julio y agosto son como una fiebre: los madrileños invaden las segundas residencias, los chalets, las urbanizaciones, los piscinazos con barbacoa y las terrazas de los pueblos. Todo se multiplica: turistas, ruido, dinero… y trabajo. Mucho trabajo. Marta y sus amigas estaban como locas. Turnos dobles en supermercados, bares, chiringuitos de piscina, lo que saliera. El gym, que normalmente era su templo, quedó casi olvidado. Solo Marta se las arreglaba para ir a mediodía, aprovechando que su turno en las piscinas municipales era partido: mañana socorrista (vigilando críos y abuelas) y tarde-noche camarera en un bar de copas del pueblo. Cuando acababa tarde, o liaba a algún conocid

