—Blanca de las pocas cosas que hace mejor que el resto es conducir. Le encanta conducir y correr. A su tío eso le da ternura y cada fin de semana le presta un coche diferente. Para que se divierta, dice. Me quedé mirando al frente, procesando. —¿Nunca le has visto conducir? —preguntó el abuelo. —No —contesté. —Pues te has perdido algo digno de verse. Nos callamos los dos. El abuelo no dijo más. Cuando llegamos a la peluquería de Mari, paró el coche en la puerta. Me dio una palmada en el muslo y se despidió con un “cuídate mucho, chaval. Y suerte en San Sebastián”. Arrancó y se fue sin mirar atrás. Me bajé del coche y entré en la peluquería. El olor a laca y champú me golpeó de inmediato. Mari estaba recogiendo: barría el suelo, guardaba toallas, apagaba luces. Llevaba un vestido larg

