Subimos las escaleras estrechas hasta el ático. Cuando abrimos la puerta, la decepción nos cayó encima como un mazazo. Las fotos mentían. Me limité a dejar la maleta en el suelo y a vestirme a toda prisa con el traje gris que compré en Madrid. Camisa blanca aún como recién planchada (mama tiene sus trucos), zapatos negros, corbata mal puesta. Marta se cambió en dos minutos: traje de chaqueta ajustado, camisa blanca, moño como el de una institutriz del S.XIX. Y obvio sin dejar ver sus tatuajes. Hasta pensó en quitarse los pirsing. Salimos sin desayunar. Esta vez sí pillamos un taxi en la Parte Vieja, pero aun así llegamos casi una hora tarde al Gobierno Civil. El guardia de la entrada nos miró con cara de pocos amigos, nos pasó el arco y nos dijo que subiéramos al tercer piso. Nos recibier

