Mamá me miró a los ojos, la mano todavía en mi pija, que palpitaba bajo su agarre. El salón estaba en penumbra, solo la luz de la lámpara de pie iluminando nuestros cuerpos desnudos. El humo del porro flotaba en el aire, denso y dulce, y el silencio de la casa nos envolvía como una manta pesada. No dije nada. Solo la besé de nuevo, profundizando el beso, mi lengua explorando la suya con urgencia. Ella respondió, su mano apretando más, moviéndose despacio arriba y abajo, reviviendo la erección que acababa de descargar. La empujé suave contra la pared, mis manos bajando por sus hombros, por sus tetas pequeñas pero firmes, pellizcando los pezones con los dedos. Ella gimió contra mi boca, arqueando la espalda. Bajé la cabeza y le lamí el cuello, bajando al pecho. Chupé un pezón, lengua girand

