De repente, mamá alargó la mano y me agarró la pija por encima del bóxer. Estaba dura, dolorosamente dura. Me miró con una sonrisa torcida.—¿Llevas ahí una pistola o es que te alegras de verme? —dijo en broma, apretando suave. Me reí en silencio, sin voz, pero no dije nada. La mano se quedó ahí, inmóvil un segundo, luego apretó más fuerte. —Vamos a hablar en serio —dijo, el tono había cambiando—. Sé que cuando estuvisteis en Barcelona tú y tu hermana hicisteis cosas inapropiadas. Una de las razones de la ruina familiar es que tuvimos que pagar a un hacker para que borrara esos vídeos de internet. Me quedé helado. No lo sabía. Nadie me lo había dicho nunca. La miré, los ojos muy abiertos. —¿Qué…? Mamá apretó más fuerte la pija, hasta hacerme daño. El dolor me subió por la columna, pero

