Marta se metió en mi cama desnuda, colocada aún de la fiesta del fin de semana. El colchón se hundió bajo su peso y, antes de que pudiera reaccionar, sentí su cuerpo pegado al mío por detrás. Sus tetas operadas, calientes, se apretaron contra mi espalda. Los piercings de los pezones, fríos y duros, me rozaron la piel como dos puntas de metal. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. No quería moverme. No quería sentir nada. Pero lo sentía todo. Su aliento olía a alcohol dulce y marihuana. Su mano se posó en mi cadera, los dedos abiertos, sin apretar, pero sin retirarse. Su coño depilado rozó mi culo por encima del bóxer. Noté la humedad, el calor. Mi pija empezó a endurecerse contra mi voluntad. La sangre me subió a la cabeza y a la entrepierna al mismo tiempo. Me odié por eso. Me o

