Llegué antes. Ella ya estaba dentro, apoyada en la pared de azulejos blancos, con el traje de chaqueta ajustado a su cuerpo tonificado, la camisa blanca desabrochada un botón más de lo necesario. De una la metí en un cubículo, cerré la puerta con pestillo y la senté en el inodoro. Me bajé los pantalones del traje, sacando la polla ya dura por la adrenalina y el pánico. —Por favor, haz algo —le rogué, la voz ronca. Marta se rió bajito, esa risa traviesa que me pone a mil, y me miró con esos ojos oscuros que saben todo de mí. Se inclinó hacia delante, me agarró la polla con una mano firme y empezó a chuparla sin preámbulos. La metió entera en la boca, succionando fuerte desde la base hasta la punta, la lengua girando alrededor del c*****o hinchado. Me mordisqueó el tronco suave al principi

