Estoy tumbado en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío se cuela por la ventana mal cerrada y me eriza la piel, pero su cuerpo me da un calor que me mantiene vivo. Intento no moverme mucho para no despertarla, pero la cabeza no me deja en paz. No puedo dejar de pensar en el primer día de trabajo… y en cómo terminó. Llegamos calados. El sirimiri ese que parece poco pero te empapa hasta los huesos. Habíamos decidido volver andando al ático porque “parecía que llovía poco”, y al final llegamos hechos una sopa, el traje pegado al cuerpo, los zapatos chapoteando. Subimos las escaleras estrechas, abrí la puerta con la llave que aún olía a cerveza de la cervecería de abajo, y el desastre nos cayó encima como un mazazo. La trampilla del techo

