Al cruzar la puerta, todo mi cuerpo temblaba; las manos me sudaban y la piel se me erizaba. Papa me sostuvo de las manos y me llevó despacio hasta la cama. Papá, volvió a acercarse y me besó, no dudé en corresponderle, disfrutaba el sabor de sus labios, su lengua tocaba la mía, disfrutaba cada sensación mientras me besaba. Cada segundo que pasaba me gustaba más. Sin dejar de besarme, me rodeo por la cintura, mientras sus manos suavemente subían y bajaban por mi espalda, llegando a dar pequeños roces a mis glúteos. Entrelace mis brazos a su cuello, aunque no tenía ni idea de cuanto tiempo llevábamos así pegados uno al otro. Mientras recordaba todas las atenciones que él había tenido conmigo, los detalles en sus cartas, las cenas, pláticas, risas, los abrazos y sus caricias. El hacerme se

