Jessica, aunque exhausta, respondió con una entrega que lo conmovió más de lo que habría admitido. Sus brazos, débiles pero determinados, se enredaron alrededor de su cuello, sus piernas alrededor de su cintura, como si intentara fundirse con él. —Siempre tuya, papi —jadeó, sus palabras un susurro contra su piel. Y así continuaron, en un ritmo que no era tanto sobre el placer—aunque eso llegó, inevitablemente—sino sobre la reafirmación de un vínculo que, aunque retorcido, era inquebrantable. Cuando Francisco finalmente llegó al clímax, fue con un gemido que sonó casi como un lamento, como si incluso él no pudiera creer lo lejos que habían llegado. Se derrumbó sobre ella, pero solo por un momento, antes de rodar a un lado y abrazarla contra su pecho. Jessica, ya al borde del sueño,

