—Sabes que no puedo —respondió él, aunque su voz sonaba menos segura de lo habitual. Fue entonces que Jessica sonrió, una sonrisa de triunfo y ternura mezcladas, mientras sus palabras cambiaban sus vidas para siempre: —Sí puedes... estoy embarazada. El aire entre ellos se electrificó. Francisco la miró como si estuviera viéndola por primera vez, sus ojos recorriendo su cuerpo como si pudiera detectar el cambio que, hasta ahora, había sido invisible. —¿Estás...? —Sí, papi. Vas a ser abuelo. Algo se rompió en Francisco en ese momento. Todas las barreras, todas las razones por las que se había contenido antes, se desvanecieron. Con un gruñido que venía desde lo más profundo de su ser, la empujó contra el pilar con una fuerza renovada, sus embestidas volviéndose más profundas, más

